Álbum familiar (primera parte)

I. El reloj de pared

Mamá Solina –mi bisabuela– se había empeñado, durante las últimas noches, en perturbar el sueño de una sobrina suya que la cuidaba. La anciana le preguntaba: Teresa, ¿qué hora es? Y la sobrina, sobresaltada, miraba su reloj de pulsera y cada vez le respondía: la una y treinta… las dos y quince… las cuatro y cinco, Mamá Solina. Pero en esas horas de insomnio, al menos en las de la última noche, la sobrina había alcanzado a maquinar una solución ingeniosa y a la mañana siguiente había hecho traer a la casa de Mamá Solina un colosal reloj de pared que le permitiera a la anciana, medio ciega, ver por sus propios medios la hora. La sobrina, satisfecha de sí misma, se acomodó entre las sábanas y se dispuso a dormir –por fin– plácidamente.

Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que Mamá Solina la volviera a despertar de un grito.

–¡Teresa! En mi reloj son las doce y cinco, ¿en el suyo qué hora es?

Ilustración: María Clara Álvarez A.

II. El padre Cirilo y el Diablo.

Entre las curiosidades de mi familia paterna está el que seamos descendientes de un sacerdote católico. La razón es esta: Cirilo Montoya nació promediando el siglo XIX, en El Carmen de Viboral, al igual que sus padres y los padres de sus padres, con el perdón de Whitman. Aquel hombre –bichozno o tatarachozno mío– se casó, engendró varios hijos y vivió una vida sin pena ni gloria, acaso con más penas que con glorias; entre otras cosas,  esto último lo digo porque en circunstancias que no alcancé a precisar, Cirilo enfermó gravemente y tuvo que recibir, de urgencia, el sacramento de la extremaunción. Sobrevivió. El caso es que la vida de este hombre no tuvo casi nada digno de ser contado hasta el día en que murió su mujer: en ese momento, a pesar de su edad, tomó la decisión de irse al Seminario y hacerse sacerdote. Con este último sacramento, el padre Cirilo había completado los siete previstos en la tradición católica y tal condición le dio la terrible facultad de ver al Diablo.

Ilustración: María Clara Álvarez A.

Un día estaba el padre Cirilo oficiando la misa de doce, cuando, al levantar los ojos del santoral, vio al Diablo apostado junto a la pila de agua bendita. Aunque era la primera vez que lo veía, inmediatamente lo reconoció. El padre Cirilo dejó el santoral sobre el altar y se precipitó con furia sobre la aparición, caminando entre las dos filas de asientos del templo, ante el desconcierto de los feligreses.

–¡Qué estás haciendo aquí, maldito!

El diablo, esbozando una sonrisa siniestra, le respondió:

–Vine a ver cómo la gente se unta la mano de agua y se hace garabatos.

El padre Cirilo, iracundo, batió contra la aparición la punta de su estola. Las dos alas de la puertas del templo se abrieron con violencia, imprimiendo las marcas de sus fierros en los muros de tapia, y donde estaba el Diablo se formó un remolino de viento que en su huida frenética arruinó todos los cultivos del pueblo.

III. El regalo de navidad.

Ilustración: María Clara Álvarez Arboleda.

A finales de la década de los treinta, dos niños esperaban impacientes la nochebuena en una misma calle de mi pueblo: uno de ellos era mi abuelo. Los dos se habían puesto de acuerdo en pedirle al Niño Dios un triciclo nuevo como regalo de navidad, lo que, en esas aldeas frías del oriente antioqueño, en plena época de carestía, era casi una excentricidad. Para muestra, en casa de mi abuelo la comida debía rendir para catorce personas y solo había dos fechas al año en las que un miembro de la familia podía comerse al desayuno un huevo entero –el día del cumpleaños y nochebuena–, los demás días con unos pocos huevos hacían sopa de tortilla. Lo mismo en casi todas las casas del pueblo.

Pero al amigo de mi abuelo no le faltó ningún día en la mesa un huevo entero. En otras palabras, su familia era acomodada. Así, cuando por fin llegó la hora del traído mi abuelo escuchó en la casa vecina un grito de contento: su amigo había encontrado el triciclo junto a la cama.

Mi abuelo recorrió las habitaciones de su casa en vano. El Niño Dios no le había traído el triciclo que él esperaba fervorosamente, sino un caballito de loza que apenas le cabía en la mano. No lloró. Ni siquiera se le escapó un suspiro porque a esa edad ya había tenido que mirar de frente a la vida y a la muerte, y tenía el espíritu templado por la dificultad. Solo atinó a mirar a Mamá Toñita –María Antonia, mi bisabuela– y preguntarle por qué a su amigo sí, aunque era más travieso, y a él, no. Ella, con un rostro entonces joven y hermoso y altivo, le respondió:

–Es que al Niño Dios le da pena salirle a los ricos con cualquier bobada.

*****
Nota. Estos tres relatos son los primeros de una serie de textos breves que busca fijar, en la escritura, la tradición oral de mi familia. El primero se lo he escuchado desde pequeño a mi padre y a mis tíos paternos; los otros dos, a mi abuelo materno. Sótero Baena, el abuelo materno de mi abuelo materno, conoció al padre Cirilo y le contó a éste su historia.

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