Fragmentos para la salvación

Preludio

Tenía catorce años. Mi profesora de lengua castellana insistió en un libro cuyo autor era desconocido para mí. Poseía entonces cierta aberración por las lecturas que me eran impuestas: había pasado mi infancia entre potreros y libros pero tenía la idea de que la literatura no existía por fuera de la improvisada biblioteca familiar. Compré el libro. La desidia lo mantuvo en la bolsa por varias semanas hasta que un domingo, atrapado por el tedio matinal, me obligué a leerlo. “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el Coronel Aureliano Buendía había de recortar la tarde remota…”. Las frases cayeron contra mí como dentelladas, mis sentidos abstraídos soportaron la desmesura verbal como quien camina a la horca. Leí Cien años de soledad en un trance que aún ahora no he conseguido explicar. La lectura me ocupó un fin de semana, al terminar cada capítulo corría hasta la cama de mi padre, se lo narraba y él afanaba una ligera ilustración de la historia de los Buendía en un papel cualquiera. Supe entonces que no quería -ni podía- tolerar otro rumbo que no fuera la literatura. Leer y escribir ficciones, habitar los mundos posibles de las palabras. Las sendas literarias se tornaron en un acto de amor, el más grande, el más esforzado de todos los destinos que pude intuir para la existencia mía, de un hombre más lleno de soledades y perplejidades que de alegrías y certezas. La literatura, entonces, se levantó como un acto de resistencia frente al mundo, la poesía me ha sostenido en los tiempos que la tierra bajo mis pies se agita para derribarme, las historias literarias fueron la sangre en mis venas pero también mi perdición: la literatura es un amo implacable y una amante dolorosa.

Fue en el año 2011 que tuve la tentativa de fundar una revista con Alejandro Arcila, la intención fracasó y de ello nos quedó apenas un blog, incipiente, coronado con un nombre suntuoso: Oniromántica. En aquellos tiempos, Andrés Álvarez y Sebastián Quintero emprendieron un modesto espacio virtual que pretendía la creación de artículos de opinión cuyo sentido era permitir el ejercicio de la escritura. No tenía pretensiones más trascendentales que cultivar la disciplina del escritor. El blog se llamó Plaza Republicana y después Opinión a la Plaza, vivía en ese nombre la nostalgia de los parques pueblerinos donde los paseantes transcurren las horas debatiendo los temas de actualidad pero también aquellos de inutilidad absurda. Alejandro y yo nos unimos a la tentativa y Oniromántica se transformó en la sección literaria de Opinión a la plaza.

Primer retrato

Alejandro Arcila es un hombre de piel cetrina, habita en una dulce jovialidad que le adelgaza la sonrisa. Puede pasearse entre todas las artes como un viajero tranquilo y sin fatigas: es un estupendo ilustrador, escribe cuentos de espíritu sosegado pero punzante que podrían mover al mundo, tiene una voz que puede hacer que las angustias y alegrías que se agrupan en cada hombre aniden sobre la piel y a veces en las lágrimas. Tiene una nariz que es un monumento a la desmesura y los ojos amarillos como si guardaran un atardecer amazónico. Si lo miras detenidamente podrías suponer que es el fantasma mismo de Roberto Bolaño persiguiendo escritores sin pasión. No es buen bebedor. Prefiere dormir que las fiestas.

Las Fauces

Opinión a la plaza nos enfrentó a la responsabilidad de la palabra. Ninguno de nosotros, antes de la aparición de la revista, había publicado texto alguno. El escritor adquiere un deber estético y ético: el escritor debe luchar y sangrar para que las palabras alcancen el arte supremo. Solo entendimos esto cuando nuestros textos fueron leídos, comentados y compartidos. La revista tuvo diversas etapas, llegaron personas y se fueron personas, empezamos publicando cuatro autores en un blog simple y al día de hoy hemos tenido escritores de amplia trayectoria (Pablo Montoya, Reinaldo Spitaletta, Ricardo Bada…), hemos tenido cuatro plataformas virtuales diferentes y cubierto tantos eventos que la memoria, esforzada, no adivina el número. El crecimiento de Opinión a la plaza no podríamos medirlo en el crecimiento de los lectores ni en los autores que nos acompañan, no podría reducirse a un acto ausente de toda sensibilidad porque Opinión a la plaza ha sido nuestro hogar y su crecimiento lo notamos en la manera descomunal que el amor profesado hacia ella se vuelve casi religioso, casi secreto, casi de niños: la amamos como se ama al hijo desvalido, honestamente y sin esperanzas.

No puedo faltar a la verdad, nos han atormentado las dudas y las disputas interiores ( yo mismo, alguna vez, presenté mi renuncia), también hemos tenido ceses de hasta un año sin publicar una sola entrada. Es cierto que el mundo también cierra sus fauces sobre nosotros y que el deseo profeso por la escritura se destruía en las manos del desasosiego. El mundo cerraba sus fauces sobre nosotros con los afanes de la vida cotidiana y ramplona, con los desgastes de los amores fugaces y de los amores que arden debajo de la piel como un infierno privado, con las farsas de la comodidad y el olvido ante el tedio que se encuentra en el fondo de las botellas. El mundo cerró sus fauces sobre nosotros.

Segundo retrato

Una noche en que la fortaleza se sobrepuso a tu tristeza, me diste el mejor consejo que un hombre debe guardar en su corazón para soportar los embates de la vida:

—Julián, uno debe actuar siempre de tal manera que al otro día pueda mirarse al espejo sin resentimientos.

—No siempre lo he logrado, Andrés.

A veces presiento que tus problemas cardíacos son consecuencia directa de tu conducta obsesivo-compulsiva, quizá un psicólogo te pueda servir más que un cardiólogo. Llevas el cabello abundante como una ceiba florecida, y en tus lentes de aumento casi microscópico he creído que puede verse hasta el futuro. Lo hemos vivido y superado todo, nuestra amistad fue fraguada por el dolor pero sustentada en la aventura y la literatura. Eres buen cocinero, pésimo en la paciencia y serás recordado como el más grande poeta de este país de pesadumbres. ¿Entenderás algún día que los cuadros y las rayas no se combinan al vestirse? Quizás sí, eres Andrés Álvarez, uno de los hombres más brillantes que he conocido.

Un escritor se salva

Las fauces del mundo se cerraron sobre nosotros y casi nunca importó. Por creer en la trascendencia de la revista hemos perdido oportunidades, parejas, amistades, en alguna ocasión fui amenazado por un artículo que publiqué en contra de la ritualización de Pablo Escobar y seguimos adelante. Esta es la dualidad en la que ha conseguido sobrevivir Opinión a la plaza: entre el compromiso y el abandono. Incluso así, este renacimiento tiene algo especial para mí, he entendido algo en el último año que puede pensarse como un efecto paraliterario. La literatura no solo crea una realidad que puedo habitar para no cargar con la planicie de una vida mal narrada. El ejercicio de la literatura es la salvación de una vida agobiada. Imaginar ficciones, poetizar realidades, transmutan todos los agobios y las inconsistencias de un espíritu para sublimarlos en la búsqueda de la belleza. La sonrisa del vencido resulta en el lugar que ocupa el artista en el mundo, el ser desajustado que moldea la realidad para explicar sus distancias con todo: la inaprensibilidad, la lejanía, la soledad. En ese punto, la literatura surge como un diálogo que se sostiene consigo mismo y con las preguntas que aparecen en las mentes y los corazones de los lectores y escritores: conocemos la muerte y el oprobio de la guerra en Céline, las profundidades del amor en García Márquez y su amante solitario, el derrumbamiento y la aridez con Faulkner, la amistad con Tom Sawyer… el valor en Svetlana. Las buenas historias y los versos son porciones de realidad que se reacomodan en un lenguaje simbólico para intentar capturar las sustancias de la vida misma. Al tener esa certeza, descubrí que mi orfandad en el mundo tenía una esperanza en la matriz de la literatura. La literatura como salvación. De tal modo este es el fondo de Opinión a la plaza, hacer la vida vivible.

Tercer retrato

Una vez le mordí la mejilla en medio de una fiesta. La ebriedad me empujó contra los bordes de la demencia y la euforia raras veces puede ser controlada por un borracho. Me contaron que en una ocasión asistió a una charla de Ricardo Silva, se acercó a él y le dijo:

—Mis amigos dicen que me parezco a usted

— También escribes, ¿lo dicen por el estilo literario?

— No, es por lo calvos (risas)

— Y para eso no hay cura, ¿cierto?— Respondió tranquilamente Ricardo Silva.

Algunos dicen que Sebastián Quintero es imprudente, yo digo que es libre y que se ha ganado esa libertad con fortaleza. Tiene una alegría que resulta irresistible para todos. ¿se molestará si le digo que ha ganado algo de barriga? muchos creen que el tamaño de la cintura se asocia con la alegría, mi amigo Sebas.

La metáfora gardeliana

Es domingo veinte de enero. Pienso en la canción de Gardel, Volver, en cómo alguna vez Andrés, Alejandro y yo la cantamos en una tienda de esquina, tomando un trago de ron en una noche que el destino nos mordió las manos. Fuimos felices porque estábamos juntos, no importaba nada más, ni la mujer que se fue, ni el estómago vacío, ni los bolsillos llenos de polvo. Fuimos felices porque estábamos juntos. “Siempre se vuelve al primer amor”, cantamos esa noche con la voz herida y con ademanes porteños que unidos al ron nos llevaron a la risa. Hoy estamos aquí, volviendo, uniendo nuestros destinos otra vez con Opinión a la plaza que crece como la mala hierba.

Cuarto retrato

Julián Acosta Gómez: insomne, soñador, turbulento.

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