Toulouse-Lautrec o sobre aquello que queda

Corre el año 1895 mientras caminas sin destino por la ciudad de París. Las fachadas de los edificios ya no reflejan la tenue luz rojiza del fuego ardiendo en las lámparas de gas, sino la estela uniforme del rayo encapsulado en las bombillas. Repentinamente cada rincón del mundo parece haberse vuelto más brillante y la noche de París ha cedido ante la luz encapsulada por el hombre. Mientras caminas solo te detienes a mirar los reflejos en los vitrales de los edificios y en los rostros petrificados de las personas que pasan a tu lado. Después de caminar al azar entre las ramificadas calles de la ciudad en vela te encuentras en Montmartre, uno de aquellos distritos en donde la música y las risas se escuchan venir desde el otro lado de cada uno de los umbrales. Es ahí donde te encuentras el Moulin Rouge.

Moulin Rouge: La Goulue (1891)

Ya has oído hablar de este lugar y de la gente que lo frecuenta; de los pintores, las bailarinas y las cantantes. Decides entrar y al otro lado del salón reparas en un hombre que parece demasiado bajo para la mesa en la que le sirven otra copa de coñac. Lo reconoces por las historias, su nombre es Henri de Toulouse-Lautrec y desde su asiento dibuja a una mujer a la que llaman La Goulue (la glotona) mientras baila en medio de la multitud con pasos llenos de una energía frenética.

El Baile (1890)

Todos ríen y chillan ante el espectáculo, casi parece vulgar, pero no lo es. Es solo la vida, pateando, bailando, sudando y riendo. Y Aquel hombre en la mesa la captura entera en un pequeño pedazo de papel.

Lautrec no podía unirse al baile, su cuerpo no se lo permitía, pero desde la mesa, rodeado de gente y coñac se le veía disfrutar plenamente la velada. Entre todas esas personas que lo acompañan hay una pelirroja de piel pálida, su nombre es Carmen Gaudin y trabaja a menudo como modelo para él y para otros artistas de la época. Aunque probablemente era más que eso, pero se dice tan poco de esta gente, se recuerda tan poco de ellos… sus vidas se pierden como diluidas en el tiempo y solo quedan como testigos de su paso por el mundo los cuadros, las pinturas, los retratos que algún artista hizo de ellos y a nosotros solo nos queda imaginar quiénes eran. Esto es lo que yo imagino: Carmen Gaudin no solo era una modelo para Lautrec, también era fuente de sus fantasías: la encontraba hermosa y disfrutaba imaginar que la amaba.

La blanchisseuse (1886)

En la pintura La lavandera (La blanchisseuse) en la que la vemos mirando por la ventana, es fácil percibir el estado melancólico en el que se encuentra. Ella parece anhelar algo que la vida ha silenciado, quiere decirlo y, aunque no tenga palabras para hacerlo, le queda como un eco que la envuelve. Me imagino que Lautrec, por su lado, solo deseaba que ella se diera vuelta y lo mirara, él quería sus ojos.

Me gusta imaginar la historia así y aunque Lautrec nunca la hubiera amado, disfruto pensar que lo hizo desde la soledad y la lejanía, creo que por eso pudo entenderla y captar sus emociones de una manera tan sincera. Pero, Lautrec más que amarla a ella, amaba la vida. La amaba sin esperanza, por eso la entendía y era capaz de capturar sus momentos más íntimos, anhelando participar de ellos, pero solo pudiendo mirarlos desde lejos.

Dans le lit (1893)

Lautrec murió en 1901 a los 36 años, era alcohólico y había contraído sífilis un par de años antes; el consuelo que encontró en el arte y la compañía de aquellos que estaban tan perdidos y solos como él, no podía adormecer el dolor de sus huesos deformados y su soledad, de la forma en que lo hacían la absenta y el coñac.

El Molino Rojo, todavía existe. Seguro alguien se sienta en la mesa desde la que dibujó El baile. No he conseguido encontrar nada más sobre Carmen Gaudin, tal vez murió después de la guerra en ese París consumido posterior a la belle époque. Tampoco pude saber mucho más de la mujer del baile, salvo que fue rica y famosa pero que al final murió pobre y olvidada.

Las fachadas de los edificios ya no reflejan la tenue luz rojiza del fuego ardiendo en las lámparas de gas, tampoco a la estela uniforme de las bombillas, sobre el mundo se cierne una nueva luz. Sin embargo, sin importar bajo qué luz se los vea, de todos estos a los que la memoria del mundo ha dejado atrás, siempre quedarán los breves e íntimos momentos que Toulouse-Lautrec tomó e hizo inmortales.

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