El resplandor y las sombras (primera parte)

Aclaración

Los nombres de personas inmersos en la siguiente pieza han sido modificados por petición de los personajes. Por lo demás, los acontecimientos aquí narrados son verídicos.

Justo ahora recuerdo las bellas palabras que Jorge Luis Borges le dedicó a su madre en el prólogo de sus obras completas publicadas por Emecé: “Quiero dejar escrita una confesión,  que a un tiempo será intima y general, ya que las cosas que le ocurren a un hombre les ocurren a todos”. Si confiamos en Borges, la casualidad onomástica carece de importancia para este relato porque lo que ocurre a un hombre, ocurre a todos.

El recreo absoluto

Seguimos a Lía hasta la azotea. La delgada luz no supo revelarnos con certeza las formas de las cosas. Lía caminó hacia uno de los extremos del cuarto y abrió una ventana que dejó entrar el aliento helado de una noche de mayo. Camina sacudiendo los hombros pesadamente y las puntas de los pies señalan siempre hacia afuera. “Ahí perdonan la humildad”, dijo como si le hablara a la guitarra que reposaba en la cama. Laura y yo reconocimos en el ámbito la belleza de lo simple. La cama estaba junto a la ventana, la ropa extendida sobre un cable metálico. Vimos un pequeño anaquel donde reposaban muy variados artilugios femeninos. Y en el centro de la pared más larga, que descansaba en frente de la ventana, se reveló una pieza artesanal que contiene el salmo 91. “¿Quieren Cafesito?” Aceptamos. Oímos que desde la primera planta hubo esmero en la preparación de las bebidas. Laura tomó nota de los objetos y sacó fotografías de algunos espacios que le enseñé. En la primera planta estaba emplazado el restaurante que Lía había inaugurado meses atrás. Su compañera de labores ensayaba una receta para servir al día siguiente y el aroma llegó hasta nosotros como una invitación.  Encaré la artesanía que antes me había interesado y recité: “Tú que habitas al amparo del Altísimo, a la sombra del Todopoderoso/ dile al señor: mi amparo, mi refugio, en ti, mi Dios, yo pongo mi confianza”. No percibí si mis palabras provenían de un remoto recuerdo o si mis ojos al fin se habían adecuado a la frágil luminosidad. Las pequeñas colisiones de los pocillos descubrieron el ascenso de Lía. 

—Yo soy muy escéptica, parce. El cuarto donde usted habita, es solo usted y… los de su corazón y no más (Deja los cafés en nuestras manos acompañados de un postre). Entonces esto es ya una bienvenida…

— Muchas gracias, es una apertura, es una apertura, Lía 

—Cuando escucho que la gente dice que las cosas son sencillas, por lo general, son cosas con mucho valor… un valor sentimental— dice Laura.

Estuvimos sentados en la piecera de la cama. Lía apagó la poca luz desde un interruptor junto a la entrada. Bajo el Salmo 91 encendió una vela blanca que apenas si lograba pintar de ocre las paredes. Se plantó frente a nosotros en una silla que había arrastrado desde una de las esquinas del cuarto. Encendí un cigarrillo, llevé mis labios hasta la ventana para liberar el humo. Pude ver que sus dedos esparcían un cúmulo de marihuana en la oquedad de su pipa. Sus anchos dedos apretaron la hierba. Mi encendedor pasó a sus manos y el olor denso emanó de su boca.

—Ese salmo me recuerda mi infancia—le digo a Lía.

—Se dice que el Salmo 91 es uno de los salmos de la protección, pero yo digo que es uno de los salmos de creerle a Dios, entonces yo lo tengo porque hace que lo tenga presente a Él. Más que el mismo salmo de protección es sentir que verdaderamente creo en El Padre, me ha gustado mucho el 120… ahorita le leo un texto de Gandhi, ¡más bonito, parce!… Bueno vea, volver a la raíz de uno es también sanar y la historia de uno va desde el mismo vientre. Alguna vez me decidí a averiguar por el momento de mi nacimiento porque creo, y más ahora que tengo hijos, que el ser humano se empieza a moldear desde ahí, desde el mismo vientre va gestionando su misión… su labor. Y mi nacimiento me parece muy particular.

La primera vez que los sentidos de Lía contemplaron el mundo, fue un mueble envuelto en sábanas quien acompañó a La Madre en la tortura que precede a la vida. La Madre y El Padre habían tenido una de las muchas separaciones que fueron normales en su relación. La Madre habitaba una casa que compartía con sus dos primeros hijos. El mayor no alcanzaba a cumplir los dos años y el menor era un niño que aún no daba sus primeros pasos. Las contracciones iniciaron en la madrugada. La casa estaba sola y la empleada doméstica no arribaría hasta las siete de la mañana. La Madre tomó su decisión: cubrió el mueble, hirvió agua, desinfectó las tijeras y parió en soledad. La Madre sacó su propia placenta, La Madre cortó el cordón umbilical y a la llegada de la empleada subió a un taxi con destino al hospital. Antes del nacimiento de Lía no pocas veces la creyeron muerta. Lía no se movía en el vientre; a ello debe que en su nacimiento el rostro resultó aplanado. Aún Lía lleva su oreja malformada como una marca de bienvenida. Las circunstancias de su nacimiento en aquella madrugada de agosto de 1981 abrieron caminos que al momento de florecer de entre las piernas de su madre eran irreconocibles:

—Primero, esa forma peculiar de nacer, digámoslo así, me hizo muy independiente ¿cierto? No depender de todo lo que se necesita para nacer sino nacer así, libre, transparente. También me parece que desde allí venía esa rebeldía, esa inconformidad con el sistema, con el mundo con todo… fue también como si le dijera: “no parcera, es que es ya” y algo que a mí me ha costado en la vida es dejar el acelere, porque siempre he sido muy acelerada… También me vino como la supervivencia, porque he sido una mujer de sobrevivir fuertemente… entonces ese es el vínculo con el que nací o con el que decidí nacer.

Ya en la primaria Lía prefería pasar sus días en la libertad del campo y no en la incómoda silla de un aula de clase. Con sus amigos alcanzaba la cima de una pequeña colina de superficie plana y vegetativa. Hasta allí transportaban los cartones que recogían en el recorrido y que usaban como improvisados trineos montaraces. Subían a ellos al dominar la región más alta del promontorio y se deslizaban por las pendientes a una velocidad que la fuerza del viento sobre los rostros exageraba. Jugueteaban entre el herbaje, ante el anchuroso cielo que ocultaban los salones, entre las risas que prohibían los profesores. Consumían los alimentos que sus madres les preparaban para ser devorados en los recreos de la escuela. Y el recreo era absoluto. De los ríos, pescaban corronchos que terminaban freídos en la cocina de Lía siempre que La Madre estuviera ausente. Las montañas la llamaban y ella acudía. El recreo era absoluto. Lía remonta su conexión con la tierra al origen campesino de sus padres y a que sus primeros recuerdos los ubica entre la vivacidad de las montañas y las fincas. La mayor aventura de  la infancia antioqueña de finales del siglo XX era el descubrimiento de la vida a través de los sentidos: el olor de la montaña, el sudor de las jornadas interminables, el sabor de las moras y las guayabas silvestres. La vida era un vaivén enfocado a la travesura, la del campo, la de mojarse en las quebradas y robar en los maizales.  Por eso Lía se sorprende cuando ve a su hijo Martín alucinado ante las pantallas mientras la vida transcurre afuera.  

 El espíritu rebelde creció con su cuerpo. La Madre no congenió con las travesuras infantiles de Lía y la relación entre ellas se hizo cada vez más difícil. A los doce años sintió deseos enormes de fugarse de su casa motivada por la represión excesiva de La Madre. El mundo de la infancia fue cayendo en desuso y se abrieron ante ella los laberintos de la adolescencia. La tristeza se apoderó de su ánimo: la vida había perdido sentido, era prisionera de sí. Entonces Lía soltó las cadenas y como madame Bovary buscó la liberación del espíritu en la destrucción del cuerpo. Faltaban pocos meses para alcanzar los trece años cuando tomó un tarro de pastillas de su madre que no le bastaron para liberar su espíritu, pero cuando pudo levantarse del baño, atragantada de vómito, algo en ella se había roto para siempre.

    (Lía toma un cigarrillo de mi cajetilla. Los recuerdos se liberan con el humo.)

—Llegaron unas amigas que si íbamos a fumar, y yo con ese miedo a estar sola, yo tenía que ser la más verraca, entonces me fumé como siete uno tras otro… no se imaginan la enfermedad tan hijueputa, eso vomité hasta las tripas. Era la que más fumara… hasta que me desplomé: “no es que yo soy más verraca, yo tengo que ser más verraca”. Pero era eso, la desazón tan verraca… yo no quería vivir, yo no quería vivir. 

»No habíamos cumplido los trece y arrancamos a beber y a fumar. Lo que hacíamos era que comprábamos media de brandy y la echábamos en una cantimplora de scout de mi hermano… incluso para el colegio y para todos lados, parce… después llegaron las ruedas… el rubinol. A esa edad empecé a parchar. Ya viendo las loqueras en las que yo llegaba y las depresiones, mi mamá… es que yo a los catorce años cuando mi mamá me pegaba esas pelas tan hijueputas yo ya me iba, me iba y me metía en cambuches con parceros a fumar hierba toda la noche con tal de no ir a la casa… entonces al ver eso, me mandaron al psicólogo.

El grupo de apoyo al cual perteneció estaba integrado por adolecentes de diversas edades que tenían problemas con las drogas. En uno de los campamentos planeados Lía terminó intoxicada: Érase una vez una joven de catorce años que temía a los tampones y tenía el periodo menstrual. Érase una vez una joven que no temía a las drogas. Lía tomó pastillas con el fin de suspender el ciclo natural de su cuerpo y no soportar durante el campamento ni el sangrado ni los dolores. Érase una vez una joven que antes de iniciar el camino hasta el lugar concertado, compró con otros de sus compañeros una cantidad de licor que al mezclarse con las pastillas hizo del mundo sombras y en las sombras naufragó. Érase una vez una joven desbordada por la ebriedad en un campamento de prevención contra los narcóticos.

Fotografía: Laura Arroyave.

La psicóloga encargada conoció la desazón que atormentaba a Lía. Supo de las inmensas dificultades con su madre, con sus hermanos, de su depresión, de la desesperanza por la cual transitaba, de la soledad interior que ya no apaciguaban las peregrinaciones al campo. Lía había quedado varada en sus tormentas interiores. Los diluvios de alcohol, el rubinol y la marihuana abrían las puertas del paraíso perdido. Despojada de toda conciencia encontraba la placidez, el recreo absoluto. Lía contó a la psicóloga todo lo que sentía, sus problemas familiares y el intento de suicidio de años atrás. La mujer, azorada, decidió avisar a La Madre de la situación, la información incluía su reciente intoxicación en el campamento: Érase una vez una mujer enterada de que su hija sufría de tristeza, que no soportaba más las represiones de su casa, que se había intentado suicidar con unas pastillas tiempo atrás y que en el campamento del grupo de apoyo había padecido una feroz sobredosis. Érase una vez una psicóloga que usó la palabra “sobredosis” en el informe que rindió a La Madre cuando se refirió al suceso del campamento. Érase una vez una mujer que desesperada llegó a casa y golpeó a su hija hasta la fatiga. Érase una vez una mujer que culpó a su hija de su tristeza. Érase una vez una mujer que comenzó a ser odiada.

La familia de Lía tomó la decisión de internarla en un centro especial para la atención de niños y jóvenes en situación de riesgo en la ciudad de Medellín. Cuando la llevaron, Lía afirmó que consumía pegante, cocaína, marihuana, bazuco, todo tipo de pastillas… una hipérbole magistral. La mentira pretendía que en efecto la admitieran en el centro para evitar vivir con La Madre. Lía ansiaba dejar su casa y su madre le había negado la posibilidad de vivir con El Padre quien por esa época ya coexistía con otra mujer. Lía fingió un prontuario que aún no poseía, sus gustos se limitaban  al licor, el cigarrillo, las pastillas y en menor medida a la marihuana. El resentimiento le inflamó el espíritu, sentía que en algún momento mataría a su madre.

Imaginemos que han pasado once días y Lía está en casa de El Padre. Al ser admitida uno de los requisitos primordiales de El Centro implicaba la total sinceridad de los internos. No debían poseer narcóticos ni otros elementos que  arriesgaran el proceso de la comunidad. Rápidamente se congració con uno de los seis niños que habían recogido de las calles de Medellín. Seis años. Las pecas se apiñaban en su cara. En cierta ocasión el lugar fue custodiado por apenas  dos enfermeros debido a que el fin de semana era seguido por un lunes festivo. Lía alcanzó a filtrar algunas monedas al momento de su ingreso.

—Estiven… Yo tengo unas monedas. Andá y subite esa hijueputa reja y traé cigarros.

—¡Ah! Hágale pues.

Lía sacó las monedas y las entregó al niño. Estiven tenía ya identificada una fisura en las rejas que aprovechaba desde antes para salir a fumar bazuco. No transcurrió mucho tiempo hasta su arribo con los cigarrillos. Fueron descubiertos. Al otro día llamaron a La Madre y Lía fue suspendida por dos meses. Lía buscó a la psicóloga y le dijo: “si yo me devuelvo para donde mi mamá, me voy del todo de la casa”. El Padre convenció a La Madre y Lía fue a vivir con él. Había cumplido quince años.

Lía inició décimo grado en el colegio donde El Padre era profesor de matemáticas. Sus días transcurrían entre dos puntos invariables: iba de la casa al colegio y del colegio a la casa. El Padre así lo exigía de manera preventiva. No importó. El demiurgo determinó que Lía estudiara con “El Tato” quien comenzó a llenar los bolsillos de Lía con marihuana que terminaba por fumarse en el pequeño patio de la casa de su padre. Hasta ese momento era Lía del alcohol y Lía de las “ruedas”, pero al salir del centro de apoyo en Medellín se prometió cumplir todas las mentiras que había dicho para entrar al lugar y escapar de La Madre:

 —Toda la droga que dije que me metí me la voy a meter— Y así fue.

Posé las manos en la cama y sentí que mis dedos rozaron una lámina de madera que esparció las vibraciones del contacto en una oquedad sorda. Vibraron las cuerdas.  Me asaltó una pregunta que de alguna manera me avergonzó. Lía hablaba de la monotonía y el desespero, del recreo absoluto en el patio de su padre y yo solo me preguntaba por la música, por la guitarra que estaba a mis espaldas. Hizo una pausa para encender otro cigarrillo. Liberé la pregunta antes de que me rompiera los dientes y los labios y saliera sola.

Fotografía: Laura Arroyave.

(Sonríe. se arrellana en la silla. Limpia su frente de un mechón que le irrita los ojos. Enciende el cigarrillo. El mechón vuelve a caer.)

— Hermano, yo creo que yo canté desde el vientre.  La música es parte de mi sangre, mi papá es músico, desde chiquita crecí con las cuerdas de mi papá. Crecí con la zamba, el bolero, el bambuco… él nos enseñó a cantar a los cinco hermanos. Hermano, desde que yo tengo uso de la razón, parce, yo canto… pero realmente la música ya como tal llegó de una manera muy bella. El amigo con el que mi papá tocaba guitarra llegó con un casete: “mirá Lía, yo creo que a vos te puede gustar este intérprete, se llama Silvio Rodríguez”. Y me enamoré, me enamoré profundamente de Silvio Rodríguez y ahí fue que empecé a tocar guitarra. En medio de ese resto de año en la casa me la pasé fumando marihuana y tocando guitarra. Le dije a mi papá que me enseñara a tocar “y nada más” fue la canción que más me gustó. Entonces mi papá… como Silvio Rodríguez no utiliza el círculo armónico clásico… mi papá es más empírico… aunque él estudió en Bellas Artes, no quiso seguir partituras ni el estilo que le habían enseñado, sabiéndolo, él lo que quiso fue seguir como él había aprendido en un principio, a oído. Entonces como él no entendía muy bien a Silvio me metió a clases a un colectivo cultural y ahí empecé a conocer a los de teatro y la poesía… El maestro de guitarra era muy apasionado, le gustaba mucho la canción social. Y yo tocaba diario la guitarra cuatro o cinco horas. Siempre he tenido complicaciones para entender el lenguaje de la música y desde siempre fue algo muy pasional, un amor muy visceral, de los estados de ánimo. Aprendí muy rápido, a los seis meses ya tenía diez, doce canciones montadas.

Abandonó las clases de guitarra. La teoría musical resulta imposible a su entendimiento. La música en Lía nace desde una catarsis sensitiva que se ha conservado siempre. Sin embargo, siguió estudiando de una manera que significó menor compromiso pero mayor goce artístico: con los amigos en la calle, en las pequeñas presentaciones que hacía en los bares, con El Padre que, si bien se preocupaba por los intereses musicales de Lía, rara vez se inmiscuía de manera pedagógica. Aunque hubo noches en que nuestra aprendiz de músico se engarzaba en dificultades propias de la ejecución de la guitarra o de la interpretación en el canto. Entonces El Padre, que permanecía mimetizado en las sombras tras  la puerta, emergía.

—¿Le ayudo madre? mire, ahí tiene que bajar. Tiene que aprender a sentir la canción, madre. Aprenda a escuchar. El sentido de la música es escuchar, madre. Escuche el instrumento y váyase con él. Quizá con esta posición de las manos le de para cambiar más fácil la nota ¿sí ve, madre?                                                                                                                                                               

El primer gran concierto de Lía fue un fracaso. La ocasión fue propiciada por un evento de la municipalidad donde se presentarían solo mujeres artistas. Lía fue invitada. El teatro tenía lleno total. Miró la primera fila y vio el rostro del alcalde. Atrás, los rostros se desdibujaban en una masa informe. Hasta el día anterior, era cantante de los mismos bares frente a los mismos ebrios. Esa noche era una estrella. Tomó la guitarra y apresuró la primera nota, sus dedos estaban inmóviles y su memoria no alcazaba las palabras que componían la canción. Al frente, los ojos de El Padre la interrogaban y el rostro de una amiga se transformó en una mueca desesperada.

—Qué pena con ustedes, tengo tanto susto que se me olvidó la canción.– Del público nació un amasijo disonante de risas.

—Voy a cantar otra:

El derrumbe de un sueño 
Algo hallado pasando resultas ser tú 
una esponja sin dueño 
un silbido buscando 
resulta ser yo 
cuando se hayan dos balas sobre un campo de guerra 
algo debe ocurrir 
que prediga el amor 
de cabeza hacia el suelo…..

Del repertorio de Lía “La familia, la propiedad privada y el amor” de Silvio Rodríguez era la canción más exigente. Ante la vergüenza se prometió  jamás volver a cantar. Una promesa que no ha sabido respetar. Cuando era niña, su más grande sueño era ser una cantante famosa. Se ponía de pie frente al espejo y fingía un cabello largo que pudiera mover con sensualidad al amarrar toallas o camisas a su cabeza. Siempre llevaba el cabello corto, La Madre así lo disponía para evitar los piojos.

La Bohemia, la filosofía hippie, la canción social, el arte y las drogas delimitaron los últimos dos años colegiales de Lía. Compraba una botella de vino, una caja de cigarrillos y se internaba sola en el monte a tocar y cantar. El recreo absoluto. Monte, música, licor y soledad. A veces llevaba un libro y una libreta para escribir pero siempre estaban la botella de vino, la caja de cigarrillos, la guitarra y la soledad. El Padre propició cierto ambiente de confianza y permitió que su hija llegara a las diez de la noche. De dos de la tarde a nueve de la noche, Lía llevaba al interior de su cuerpo el ardoroso adormecimiento de cualquier droga y las copas siempre quedaban vacías entre sus manos.     

Haber estudiado guitarra significó para Lía un acontecimiento que definió su rumbo. Perteneció a diferentes colectivos teatrales y lentamente se dejó seducir por las artes escénicas al punto que la música quedó relegada a un segundo orden.  

Lía estaba finalizando su bachillerato cuando La Madre la escuchó cantar con absoluta atención por primera vez. Antes, La Madre tuvo una posición desdeñosa ante el talento de Lía para la música: había una comparación explícita con la hermana menor que desde pequeña cantaba en el coro de la iglesia. “Lía, qué es eso tan feo, dejá de tocar”.  Para aquel tiempo Lía ya vivía en casa de El Padre desde hacía más de un año pero pasaba pequeñas temporadas en la casa de La Madre. En aquella casa evitaba practicar música.  

En una reunión familiar que nadie recuerda exactamente, El Padre estaba cantando. Al finalizar una de sus intervenciones invitó a Lía a lo mismo. Ella tomó la guitarra. Teje la melodía de “Alfonsina y el mar”. La canción se la enseñó El Padre. A él le satisfacía que la voz de Lía alcanzara las notas más altas. El aprendizaje de “Alfonsina y el mar” les demandó un periodo de cinco meses. Fue la primera canción que le enseñó El Padre. Lía fue invadida por el miedo al sentir sobre su piel los ojos inquisidores de la familia:

Sabe Dios qué angustia 
te acompañó 
qué dolores viejos 
calló tu voz 
para recostarte 
arrullada en el canto 
de las caracolas marinas 
la canción que canta 
en el fondo oscuro del mar 
la caracola. 
Te vas Alfonsina 
con tu soledad 
¿qué poemas nuevos 
fuiste a buscar?

Se dice que los ojos de La Madre se dejaron ahogar por el mar. Que en el fondo oscuro de su mirada se podía ver el reflejo de Lía liberando su poderosa música. Que la palabra de Lía no calló ningún viejo dolor. Que en la caracola que hizo eco de su voz se fundieron Mercedes Sosa, Lía y la imagen de Alfonsina Storni perdida entre las olas. La Madre se acercó a su hija turbada por el descubrimiento con sus ojos aún azotados por las olas saladas del remordimiento

—Lía,  si quiere estudiar música, yo le pago la carrera en  La fundación de Bellas Artes, en Medellín— dice La Madre limpiándose las lágrimas.

— No,  yo quiero estudiar teatro.

Lía lleva  la marca de la rebeldía: nada en contra de la corriente como en un acto suicida. Bajamos de la azotea. La compañera de Lía estaba aseando la cocina. Martín y Susana, los hijos de Lía, se preparaban para dormir en una pequeña habitación al lado de las escaleras por donde descendimos.

—Muchas cosas de las que hablemos luego no las debería contar parce porque son muy ásperas… cuando estudié teatro, después cuando delinquí, todo lo que pasó en las calles… O no escriba con mi nombre.

— Y ¿cómo te gustaría llamarte?

— Me quiero llamar Lía, por la canción.

Laura y yo bordeamos las mesas y salimos. El restaurante y su casa son uno y el mismo. Afuera, la neblina enturbia los contornos de los árboles y las casas como en los sueños.

—Esa es una canción muy bonita— dice Laura. La tararea.

Mientras escribo sobre la primera visita ante Lía y su historia escucho la canción:

Lía con tu pelo,
Un edredón de terciopelo
Que me pueda guarecer
Si me encuentra en cueros el amanecer.
Lía entre tus labios a los míos
Respirando en el vacío aprenderé
Como por la boca muere y mata el pez.

Pienso que has tenido razón al cambiar tu nombre. Lía, tú que has cortado tu cabello por piojos, por rebeldía contra La Madre y hasta una vez te lo tumbó una maldición, nunca has tejido con los despojos un edredón que te calentara a ti o a tus hijos en las aciagas noches donde escaseaba el alimento y el consuelo.  Lía,  tú que has liberado tu historia desde tus labios para que yo la cuente con los míos, has tenido razón: es mejor ocultar el nombre porque en los terrenos de lo impropio “por la boca muere y mata el pez”.

Querido lector, espere el viernes 25 de enero, en Opinión a la plaza, la segunda entrega de El Resplandor y las sombras.  

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s