El resplandor y las sombras (segunda parte)

Quitarse las pieles

Las desmesuradas calles de Medellín se extendían como serpientes infinitas sobre los ojos de Lía: matriculada en la Escuela Popular de Artes (EPA), el teatro fue la elección, su cuerpo sería el culto a la transformación, su rostro sería muchos rostros pero nunca el de la niña que había dejado sepultada entre las calamidades y los sueños fracasados, las desmesuradas calles de Medellín se extendían como serpientes infinitas, los estruendos y la cegadora luz de la variedad negaban la realidad infantil, y era la amante de los campos traspasada por los dardos de Medellín, la violenta, y era la amante de los campos traspasada por los dardos de Medellín, la voluptuosa, pero fue la EPA la cuna del cataclismo, a sus puertas se presentaron ciento cincuenta aspirantes para teatro y apenas lograron sobreponerse veinte para iniciar la fiesta del cuerpo que no presentían, la alabanza al cuerpo como objeto de toda poesía, como piedra que se exponía a los embates de pesados martillos, de su cuerpo desdeñó la debilidad, el teatro exigía músculos fuertes mientras Lía llevaba la fragilidad de un cuerpo flácido y perezoso que duró meses en aprender a tolerar las abrumadoras rutinas de seis horas donde los cuerpos empezaban a sentir los segundos como taladros sobre los poros, “Quedábamos de cama, de cama parcero”, fue una semana de exámenes teatrales y el último proponía la escena de una mujer desnuda en medio de una circunferencia “al final decían que yo había pasado por mostrar las tetas, tetas o no, pasé”, y pueden imaginar que va Lía desbordando alegría por las calles de Medellín, vivía en casa de su tía con las reglas que ya había aprendido a despreciar desde que las primeras luces de la vida le acariciaron los ojos, “El primer día que nos recibieron a los veinte nos dijeron que nosotros éramos un laboratorio, que el teatrero era un laboratorio, que para poder actuar había que asemejar al teatrero con las cebollas, entonces se pretendía antes de actuar quitarnos las pieles… quitarse las pieles para que no nos envolviéramos en medio de los personajes y termináramos viviendo la vida de los personajes”, para ello la primera búsqueda fue una expresión física que llevaba al alma, “Enraizarse” le llamaban, y consistía en mantenerse de pie, descalzos, en prendas mínimas que mitigaban el calor erigido desde la actividad física, Lía siempre sudaba, mientras los demás compañeros se adecuaban al gran poder del señor cuerpo, Lía se derretía, ella que pocas veces suda, y no quedará duda de que montar tanta bicicleta en su vida pasada la habrá ayudado pero el cuerpo del teatrero es un rigoroso mármol y Lía ya no soportaba, a las quince lagartijas se desmoronaba, la cuenta llegaba a la mitad y se desplomaba: “bueno, por Lía vamos a hacer otras veinte” y la cuenta iniciaba tantas veces que parecía un mantra, los músculos ardían, las miradas asesinas de sus compañeros la buscaban entre la cobertura de sudor que la cubría, desvanecida, el suelo cada vez lo sentía  más doloroso, caía, “bueno, otras cuarenta”, y las miradas pretendían quitarle todas las pieles con desprecio, “entonces empecé a entrenara extra, me encerraba en el pequeño cuarto donde vivía, allá el diálogo era mínimo, era muy conservadora mi tía, entonces sí, me encerraba a hacer lagartijas, a lo último alcancé una resistencia tremenda, tanto que hasta en la cabeza me paraba” las pieles cayeron como en un otoño del espíritu, la droga no cedía terreno, la disociación fue total, el cuerpo de la poesía física seguía siendo el cuerpo del desasosiego, fumaba marihuana antes de clase, después de clase, en los espacios entre clases: “no tuve el valor o la conciencia de descubrir lo que debía conocer debajo de las pieles sino que me empezaron a salir los demonios,  parce”, entonces allí estaba la droga como el canto de una madre que adormece a su hijo, de tal manera, los demonios florecieron en un taller que una profesora italiana había planeado, ella tenía por lo menos siete meses de embarazo pero su elasticidad asombraba a los estudiantes del curso, incluida Lía que recibió el taller con admiración, la veía mientras les enseñaba una respiración adecuada, la italiana propendía a que durante la semana que estaría con el grupo de Lía llevaría la conciencia de los estudiantes a sus vidas en el vientre, a enfocar la percepción sobre las primeras sombras de la vida, todo para los ojos del adulto que en el momento estaba en un salón de clases para teatreros de la EPA;  danzaron, cantaron, dispusieron el cuerpo para comprimir su espíritu, todos los ejercicios se dirigían al despertar de los sentidos hasta que los asistentes por fin comenzaron a sentirse dentro del vientre materno, adquirieron las sensaciones de un feto y se sintieron indefensos, arrojados al mundo, frágiles, mas las lágrimas de todos iban cargadas de felicidad, el calor del vientre de sus madres les invadió la piel, sintieron como si por un momento el mundo y sus sobresaltos se reducieran a la primera morada, sutil y vasta para todos excepto para Lía que descargó su mente sobre las praderas de lo incierto, su piel se heló, el miedo le devoraba el ánimo, hubo oscuridad en sus ojos mientras los demás sentían brillo y felicidad, hubo miedo en el corazón de Lía cuando los otros vivieron la placidez, apenas odio, apenas miedo latía sobre sí en los segundos que perdía sus pocas fuerzas, encontrar el vientre de su madre en aquellas circunstancias no fue tolerable y renunció al ejercicio, tomó una bebida aromática y se preguntó las razones por las cuales  su experiencia del vientre fue opuesta a las de sus compañeros: “ya de ahí lo que hice fue salir para mi casa a indagar qué era lo que había pasado, indagar con mi papá porque a mi mamá ni me le acerqué para eso, entonces me di cuenta de ciertas cosas familiares, como que mi mamá y mi papá durante mi gestación tuvieron muchos problemas, mi papá me contó que pensaba abandonar a mi mamá y que al principio hubo un rechazo hacia mí… pero que las cosas ya cambiaron”, la sanación de  las heridas abiertas en la infancia llegó con el pasar de los días, las clases en la escuela de teatro condujeron la atención de Lía a entender la vida como una ocasión exclusiva del presente, El Ser, para Lía, era una sumatoria de conductos a la percepción donde solo importaba la grandilocuencia de las experiencias explosivas, sentir el hoy desligado de todo pasado y de toda consecuencia de los actos, más allá de toda posibilidad del mal y negando la vanidad que aspira al bien, Lía era una conciencia anclada en el presente porque “el teatro no es para cobardes” le decían, y las fatigosas jornadas que superaban siempre las dos horas de trabajo tenían como propósito el conocimiento de El Ser para no perder los hilos de la vida en las otras vidas que interpretarían, el teatro es una posibilidad para el desconcierto, por eso Lía necesitaba conocerse y despojarse de los lastres de otros tiempos, el cuerpo, el sagrado cuerpo; hubo técnica vocal para los estudiantes de teatro y claro, Lía fue especialmente afortunada en aquellas sesiones, aprendió a bajar su registro y a respirar: “el profesor que nos ponía a voltiar tanto era un señor así chiquito, más bien puesto que un verraco, parecía un bomboncito, un hombre muy respetuoso y con una calidad humana tremenda, un día nos enseñó a hacerle un roto a la pared con la voz, nos ponía a hablar contra la pared para focalizarla”, también veía clases de actuación aunque en la EPA la personificación de personajes solo se realizaba desde el séptimo semestre: “ese man estaba rayado… rayado, rayado parce”, de la clase de actuación los recuerdos llegan como hazañas, y entonces vuelve el día cuando el grupo fue citado a un pequeño salón cuya superficie estaba cubierta por maderas y las paredes por espejos, el profesor ubicó a los estudiantes en uno de los extremos y al adquirir una posición el cometido era alcanzar el otro extremo del salón con movimientos casi imperceptibles, lo más lento posible, como el tiempo lento que deshoja la vida, los estudiantes debían hacerlo conservando la misma posición para dimensionar la pesadez de los cuerpos, el desespero, la presión de mil atmósferas autoinfligida, caminaban como anclados a la tierra en una carrera hacia el otro extremo donde el último sería el ganador: “hermano, nada que ver, nada que ver con lo anterior, ni cinco, ni seis horas de trabajo, personalmente… yo sudé, yo era a chorros… a chorros,  hubo tres compañeros que se desmayaron, nos demoramos más de una hora y media para atravesar el salón”, mantener una sola posición del cuerpo, tensionar los músculos para la ejecución de los movimientos, contener, contener la ligereza, expresar la pesadez, fingir la inmovilidad y respirar con tal concentración que: “yo ya era capaz de escucharme el estómago, los pulmones, fue un conocimiento del cuerpo que yo en mi vida…”, la clase de actuación llevaba los sentidos a experiencias límite donde la prioridad era despojar al actor de las restricciones internas, de las cadenas, no había textos, solo exploración mental desde el desarrollo corporal, así llegó el día cuando el profesor solicitó a sus actores una fruta,  solo una, la que más les gustara y para ser llevada a la siguiente sesión, cumplieron el requerimiento del maestro, todos entraron, se dispusieron para la clase y, Buenos días, Buenos días muchachos ¿trajeron la fruta?, Sí, Perfecto, con la fruta que trajeron vamos a hacer el amor, Los estudiantes se miraron, en cada rostro buscaron un asomo que les indicara que era broma, si uno hubiese reído todos lo hubiesen hecho pero el profesor seguía impávido, ¿Ustedes quieren ser actores?, hagan de cuenta que esa fruta es su pareja: “nos puso una música toda romántica, nos puso unas velas y echó una esencia de coco, otras cítricas, hermano, cual prostíbulo”, los aprendices acataron y velados por la vergüenza principiaron el erotismo con las frutas, besos suaves, caricias forzadas, luego la música y los olores sugestivos afilaron sus sentidos, los sonidos de la humedad de los labios contra las pieles de las frutas, el sonido de las pieles humanas contra las pieles vegetales, el sonido del erotismo, que parecía tímido y como escondido, creció, El sonido, también los olores de las frutas que liberaban sus  jugos contra los cuerpos y los cuerpos liberaban sus jugos contra las frutas, Los olores, la timidez primigenia se hizo fuerza, el misterio de lo desconocido se hizo pasión: “fue una oda a los sentidos, parce”, Lía miró la mandarina que había llevado y no encontraba un esfuerzo imaginativo que convirtiera la carnosidad frutal en carnosidad sexual, no hubo necesidad de imaginar, la fruta siguió siendo fruta y Lía se entregó a esa danza mítica a la cual el maestro no tuvo deseos de ausentarse, entró en el estado colectivo que había propiciado, el grupo se liberó de las ropas mientras los olores cítricos les elevaban el deseo, había fresas, bananos, piñas, mangos, limones, maracuyá, Lía comenzó a exprimir la mandarina sobre su pecho y el movimiento del líquido la acariciaba como tersos dedos, también lo hizo entre sus piernas, la experiencia sexual no se dirigía a la fruta sino a ella misma; la intimidad con la fruta se hizo natural, cada cual sentía la ruptura del velo racional, y la danza se  exaltó hasta el punto que los cuerpos de los actores empezaron a moverse poderosamente alcanzando los cuerpos de sus compañeros, el rocé entre los aprendices desató una vibración interna que los comunicó a todos, las frutas habían sido sacrificadas en el altar del cuerpo y sus restos lubricaban las pieles, tensaban el aire entre las muchas fragancias y torturaban el  espíritu porque –pienso mientras recuerdo el relato de Lía— no hay mayor tortura que el deseo, el deseo es la necesidad de llevar la experiencia vital a una aprehensión de la belleza de tal manera que esta se integre al espíritu, y esto es imposible, el deseo es una derrota anticipada, la nostalgia de la soledad futura frente al despertar sensitivo del momento; volvamos: los participantes, sacrificadas las frutas, buscaron consuelo en los brazos de la multitud circundante, los ojos cerrados, Lía había probado su mandarina, la había escurrido en su cuerpo y quería unir sobre ella los otros cuerpos unidos a otras frutas: “yo me quería comer a todos, sentir ese líquido sobre mí, sentir el olor de la guayaba, de la naranja, de la piña, de la guanábana, se despertaba uno de una manera muy afrodisiaca”, buscar un olor o la textura de una fruta en específico significaba encontrarla sobre los poros de otra persona, sobre sus lenguas húmedas y de sabores múltiples, cada aprendiz compartía su piel con los otros tal si su cuerpo fuera sagrado y todos debían sucumbir ante él,  cada cuerpo se reconocía en el otro, el suelo estaba pleno de frutas, en los torsos se endurecían los pezones como cerezas, en los vientres se expandían los poros y de los brazos, los vellos se alzaban para recoger las vibraciones armónicas que transitaban entre todos, se soplaron, se acariciaron, posaron sus labios en otros cuerpos y los sabores se mezclaban, las lenguas no sabían definir las presencias líquidas entre las diversas frutas y los hervores corporales: “parecíamos como los gusanos, cuando hay  esos cúmulos de gusanos y son ellos entremetidos y fue muy loco porque éramos en el piso, luego nos parábamos y bailábamos al son de la música… no parce, yo podía tener cuatro o cinco manos encima”, la experiencia despertó un enorme deseo sexual en Lía, todos los día buscaba que sus sentidos explotaran, una, dos, tres, la veces que las horas del día lo permitieran, el grupo se vinculó de otra manera: “ya nos mirábamos con otros ojitos, entre nosotros se despertó una sexualidad, hermano, al final terminamos haciendo….(risas) se despertó ese deseo carnal brutal, y en mí se despertó la locura… yo solo quería follar” y el dios al que le oraba en el campo, la fuerza superior que guiaba su música había sido asesinada, no creía en nada que no tuviera sexo y drogas: “no había un momento de cordura”, el mismo maestro alguna vez les propuso otro ejercicio: ¿Quién quiere salir al frente para un ejercicio? no pregunte, salga, Lía tomó la decisión, se posó en frente de sus compañeros, cerró los ojos como lo indicó el maestro y súbitamente diminutas corrientes de aire impactaron contra su cuerpo, en las piernas, en el abdomen, desde el nacimiento de los glúteos hasta la nuca, ella sudaba, así eran los ejercicios con el profesor de actuación, todos enfocados a la glorificación sensorial: “El primer tabú, muchachos, es la mente, y yo necesito desbloquearlos porque un teatrero con bloqueos no es nada”, y estaba la clase de apreciación musical, era una mujer del pacífico quien presidía, una de las sesiones propuso el enraizamiento, aguantaron durante cincuenta minutos, el ejercicio iba enfocado a la escucha, primero se oían a sí mismos, sus pulmones, corazón, estómago, luego iban a su entorno próximo, luego traspasaban las estructuras sólidas de las habitaciones y escuchaban los corredores, la calle, las tiendas, finalmente, Lía alcanzó a escuchar los rieles de El Metro de Medellín que estaban a una distancia enorme para cualquier oído humano: “es que te cuento y me dan ganas de volver a estudiar teatro, pero te iba a decir, allá cada semestre lo asociaban a un animal, el primero era el gato”, por lo cual Lía y sus compañeros estudiaban el comportamiento felino en las horas que no estaban en clases, la finalidad del estudio recaía sobre el sigilo, debían ser sigilosos como los gatos, así, cada ejercicio en las tablas debía terminar por no escucharse sin importar si saltaban o trotaban, Lía aprendió que las desmesuradas calles de Medellín que se extendían como serpientes infinitas eran cómplices para el deleite, y las calles fueron serpientes amarradas a sus extravagancias, allí seguía a los gatos, seguía la droga y al sexo furtivo, ahora pensemos en los gatos: iba con un amigo a la Universidad de Antioquia, fumaban marihuana y se ejercitaban, fumaban marihuana de nuevo y se entregaban a la cacería de gatos, cada cual tomaba su rumbo tras las huellas de los animales, y en el diario de campo iban consignados los descubrimientos ¿qué hace el gato? ¿Cómo come el gato? ¿Cómo camina el gato? ¿Cómo miraba el gato? “ese día que empezamos con los ojos nos pusieron a mirarnos, entonces éramos haciendo ejercicio, digamos, flexiones, y éramos mirándonos, todo el tiempo, en todas las clases, entonces finalmente el ejercicio era cómo dominar al otro con la mirada, cómo guiar al otro no a través del verbo sino con los ojos, dominar al otro, fue un asunto de poderes… era muy teso tener que decir las cosas con los ojos”, Los actores terminaron adoptando la insinuación corporal de los gatos y el deleite sexual de Lía requería de más potencia, no había una preferencia por hombres o mujeres, era el cuerpo, el altar del cuerpo donde se entregaba, sumisa, como una ofrenda: “lo que fuera, lo que tocara, era algo muy corporal, pero ellos buscaban primero empelotarlo a uno por dentro, parce”, los maestros ponían especial atención en las características de cada individuo para destruir cualquier estructura demasiado afincada, para ello, al más escrupuloso le exigían ejercicios sucios, los débiles se ejercitaban hasta la náusea, los delicados debían reflejar aspereza, cargar sillas con personajes encima: “había una nena que tenía porte de modelo, flaca y alta, tenía movimientos muy mecánicos y le dijeron que tenía que hacer de cuenta que era pequeña: usted no es flaca ni larga, es gorda y pequeña, entonces haga movimientos de gorda y pequeña”, otro hombre venía del Ejército, era altivo y portentoso hasta que los maestros irrumpieron en sus maneras esquemáticas y le imponían los ejercicios más delicados y sutiles, Empínate, imagina que tomas una flor con la punta de los dedos y la vas a poner en tu cabello: “nosotros éramos unos títeres para ellos… el hecho es que yo ya ni estudiar quería, ni casa, lo único que quería era consumir marihuana, comerme a todo el que me encontrara y pasear porque ya hasta los hongos me gustaban”, Lía durante el primer semestre bajó nueve kilos de su peso, y muchas de las noches no llegaba a casa de su tía debido a las fiestas que se organizaban después de clases, una después de cada jornada; la tía no soportó los desmanes y prontamente reveló a la Madre la situación, para la época, Lía visitaba la casa de su madre los fines de semana, iba al pueblo “con ganas de drogarme, emborracharme, con ganas de bailar, de parchar” y La Madre terminó por recluirla en la casa debido a las noticias que provenían de Medellín, Y No señora, cómo se le ocurre, usted no puede salir, Lía contaba con dieciocho años de edad cuando en compañía de un amigo del pueblo, tomó la decisión de irse de la casa con él para un pueblo en la costa atlántica del país, abandonar el estudio y trabajar como profesora de teatro y música, también de las artesanías que había aprendido a hacer durante su vida, no dudó mucho para aceptar la propuesta de su amigo, entonces volvió la siguiente semana a Medellín y habló con los profesores de la EPA con la esperanza de encontrar su cupo si en algún momento deseara volver, se despidió de sus amigos y al siguiente fin de semana, en casa de su madre, empacó todo lo necesario, La Madre llegó de trabajar, Lía tenía escondida la maleta bajo la cama, Bueno mamá, muchas gracias por todo lo que me dio, me voy de la casa, Llegaron la discusión y los reclamos, No, yo ya no quiero vivir con usted, mamá, Y Lía logró su cometido, salió de casa y buscó a una amiga que había decidido fugarse también con el hombre y Lía, la mujer decidió no viajar a pocos metros de la casa del hombre, Lía siguió, tocó la puerta, el joven abrió, Bueno Lalito parcero, ¿entonces qué?, ¡vamos!, ¡Uy hermana, imagínese que ayer me cogió El Ejército y me toca ir a prestar servicio militar…, Lía llevaba consigo una guitarra, bolsas de mercado, su morral y una carpa con la que pretendían acampar durante el trayecto, esperarían sacar provecho de la clemencia, subir a cualquier tipo de vehículo privado o público y no pagar transporte, ¿Vos me estás hablando en serio?, no guevón, Yo le estoy hablando enserio, ¡Marica yo ya renuncié a la EPA, me fui de la casa, mirame, vengo  hasta con la cobija! No, hermana, me toca ir y mi mamá tampoco me dejó, Lía liberó la fuerza de su verbo envenenado contra el hombre, los insultos aún deben de estar fijados en su memoria: “le dije hasta por dónde salía el sol a ese hijueputa”, sabía que no volvería a su casa, que deseaba alcanzar su ansiada libertad y entre sus ocurrencias contempló dedicar su vida a los campamentos, esa noche se encontró con una amiga con quién acampó, ¿Sabés qué, Lía? yo tengo una prima que vive en unas residencias cerca de la Universidad Nacional de Medellín, y ellos tienen la autorización de hospedar a alguien durante quince días, si quiere, yo hablo con ella y se queda allá, en esos quince días ponete las pilas y conseguí trabajo, metete a bares que vos tocás guitarra y te dan trabajo de una, Hágale pues, Si quiere se queda hoy en mi casa y arrancamos para Medellín, Lía permaneció tres días en casa de su amiga hasta que acudió a las residencias, las salvadoras, las redentoras, a dos cuadras antes de “El parque del periodista” donde pensaba pasar quince días pero a los cinco meses aún la habitaba debido a la solidaridad de los demás inquilinos, Lía fue alegre y colaboradora, pronto se hizo conocer entre todos y pasó temporadas de quince días en las habitaciones de sus amigos: “como yo cocinaba, les pagaba cocinándoles, pasaba los quince días y me llevaban para otra de las piezas para que cocinara, la poquita plata que me conseguía me la gastaba en “El parque del periodista”, vivía entre borracha y drogada, en esa residencia era sexo, drogas y rock and roll, literal, una degradación total”, Lía buscó trabajo como mesera en diversas ocasiones pero todos eran en prostíbulos lo cual nunca fue de su agrado, excepto en una ocasión, Principio de escena: Lía visitó varios establecimientos de la zona para trabajar como mesera y todas las vacantes eran para “acompañante”, en las puertas estaban los edecanes amparados por las mujeres adiestradas en las artes amatorias que exhibían sus pieles como el pavo real cuando corteja, Lía llamó, pidió una cita y a las cinco y media de la tarde acudió al establecimiento, vestía botas Bhrama, jeans, camiseta y una boina que había tejido, con Lía arribó una bella joven, delgada, ambas entraron: las mesas estaban dispuestas frente al escenario, habían espejos bordeándolas, decoración pornográfica y una barra metálica se erguían en el centro del escenario, en la primera planta estaba el bar, en la segunda estaban el baño, la habitación para el servicio sexual y la oficina, las atendió el hijo del dueño, un hombre jovial, Ve, ¿qué más, vos sos estudiante de la Universidad de Antioquia?, Lía llevaba collares, manillas, odiaba los escotes y claro… las botas, No, yo hago teatro y música, hace poco salí de la casa y estoy buscando trabajo, Mire mujer, como puede ver, esto es un prostíbulo, acá hay varios camellos, nosotros ya tenemos las prostitutas, usted, si quiere, si le sirve, acá se le llama acompañante de honor, entonces, se les da un ficho por licor que consuma el man, ¿cierto?, usted no tiene que acostare con ellos porque ya están las nenas que camellan eso,  pero si usted por ejemplo lo hace tomar una cerveza, le damos mil pesos, por un ron o un aguardiente, dos mil, por un tequila, tres mil y por un whisky cinco mil, o si quiere hacer striptease, se le paga a treinta la bailada, El joven sacó un cigarro de marihuana, Parce, me va a dar, ¿A usted también le gusta la Marihuana?, Sisas, Vamos a trabarnos, Armaron tres cigarrros de marihuana más, eran las seis de la tarde y el joven entrevistó a la otra mujer, la joven delgada que había entrado con Lía era soltera, no tenía trabajo y tenía un hijo, Vea hermana yo no tengo con qué llevarle comida hoy a mi hijo, yo me voy a quedar, ¿nos vamos a quedar o qué?, no nos prostituimos, solo tomamos, El joven asentía, Sí muchachas, aquí llega mucha gente, hablan un poco, se toman unos tragos y ahí ganan algo, Decidieron quedarse, a las seis y media de la tarde las prostitutas de las más variadas figuras desfilaron frente a sus ojos, la primera en entrar fue una mujer de cuarenta años, robusta, con mirada turbia, se había prostituido desde los quince años: “también entró una caleña con la que me pasé la noche hablando, una mujer con la que una modelo no tiene nada que ver, una caleña hermosa, con un cabello hermoso, un cuerpo despampanante, eran unas diez o doce mujeres, quince minutos después se cerraban las puertas y no volvía a salir puta alguna hasta las tres de la mañana”, ¿Ustedes son las nuevas? Bienvenidas mijas, tranquilas, eso es muy duro al principio pero después qué va ni qué hijueputas, relájense, pero venga, tome pepas porque eso así en sano juicio no, Las mujeres abrieron los paquetes de cocaína, la acabaron y se dispusieron para esperar a los hombres, el primer espectáculo fue de la mujer de cuarenta años,  en la primera canción, la mujer quedó en prendas interiores, en la segunda bailó un ritmo fiestero donde los movimientos de aquella mujer causaban aullidos entre los asistentes, en la última canción, una balada, la mujer se desnudó por completo y posó sus dedos en la flor de su sexo como si dibujara pequeños círculos en la arena, la mujer desapareció: “cuando va saliendo una monota… hermano, pobres manes, bueno, finalmente salían las otras peladas iban y se les sentaban a los manes, se tomaban los tragos con ellos… cuando empieza el estruendo ahí arriba”, el joven se le acercó a Lía, ¿cómo ve el parche?, No… esto no es lo mío, está muy agreste, Un mesero se acercó y le dio un trago de ron al joven jefe, los hombres ya alargaban una fila frente a la habitación, las mujeres no demoraban más de cinco minutos con uno de ellos, el servicio sexual en aquel lugar valía cincuenta mil pesos, antes de entrar a la habitación, las mujeres se dirigían a un empleado quien las dotaba con papel higiénico y dos condones, el empleado llevaba las cuentas de los servicios íntimos que ofrecía cada prostituta: “yo que he sido bien voyerista me quedaba escuchando en las puertas y de una empezaban los gemidos… esos manes no duraban cinco minutos”, los hombres salían de las habitaciones desmadejados, alimentados apenas por el recuerdo de los cinco minutos más felices de sus vidas, en alguno de los intervalos de la noche, la caleña se acercó a Lía, Yo busqué trabajo en todo lo que pude y lo único que encontré fue esto, llegué a Medellín por sugerencia de un tío, yo estaba en embarazo, luego tuve algunas dificultades con él y me sacó de la casa… yo en embarazo, así que conseguí esto, ¿Cómo así?, entonces usted empezó a tener relaciones… La caleña trabajó en el prostíbulo hasta cumplir los siete meses de embarazó, guardó reposo y parió, entró a un gimnasio para recomponer su figura en dos meses y volvió al prostíbulo, Lía se llenó del valor de la caleña, la siguió a una de las mesas donde había tres hombres: un profesor de la Universidad de Antioquia, un escritor y un cirujano, Lía se quedó al lado del cirujano mientras la caleña y otra mujer acompañaron a los otros dos hombres, ¿Qué van a tomar?, la caleña susurró a Lía, No te vas a pedir una cerveza, pedí un ron que para eso está la cocaína, Deme un roncito, Entre ellos hablaban, las otras dos parejas entablaron un juego de seducción que a todas luces dejaba ver el pacto implícito que marcaba el dinero, Lía al lado del cirujano no sabía que decir, ¿Pero vos no sos prostituta o sí?, No, es que acabo de salir de casa y no tengo nada, el hombre se dio a un discurso completo durante toda la noche, la invitó a comida y confesó cierto desdén a esos espacios que solo visitaba por sus amigos, No, pero no se vaya a prostituir, estudie, busque otro trabajo: “fue como si me hubiera encontrado un papá ahí, a las tres de la mañana abandonamos el prostíbulo y el cirujano me dejó el teléfono”, Lía salió para la casa de una amiga que había ofrecido su apartamento para que Lía descansara luego de trabajar, Lía llegó al apartamento en un taxi que pagó el cirujano, su amiga no logró despertar y Lía quedó a la intemperie, “lo primero que se me ocurrió fue llamar al cirujano, el tipo me invitó a su casa, me dijo que pagaba el taxi”, Lía esa noche durmió en casa del cirujano, y aunque hicieron el amor con esfuerzo ardoroso y sin trato monetario alguno, la mujer despertó con un fajo de billetes en una de sus manos. Telón.

octubre, 2016

Fotografía: Laura Arroyave.

Querido lector, espere el domingo edición de Opinión a la plaza la tercera parte, inédita hasta ahora, de El resplandor y las sombras

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