El resplandor y las sombras (tercera parte)

Querido lector, para acceder a las dos partes anteriores de El resplandor y las sombras, ingrese a los siguientes enlaces:
–Primera parte.
–Segunda parte.

Una temporada en el infierno

A Celeni Castaño y Danilo Garcés, con mi gratitud.

Han transcurrido tres meses desde la noche en que visité a Lía por primera vez. El restaurante ha sido cerrado. Lía no soportó los costos del establecimiento y ahora habita una pequeña casa. Su cama está fijada en la cocina, acomodada acrobáticamente en un leve espacio entre los utensilios de su extinto negocio. Martín y Susana disfrutan de habitaciones personales. La pequeña casa se sumerge en las montañas, la hondonada de Lía es un paraíso precario. Es viernes veintisiete de julio, 2016. Los centros urbanos de Antioquia son templos consagrados a un rito ocioso. Esta noche Atlético Nacional disputa la final de la copa Libertadores ante Independiente del Valle en el estadio Atanasio Girardot. A las afueras de la casa de Lía llegan débiles murmullos humanos y las espaciadas luces pirotécnicas le abren pequeñas heridas a la noche. Los ladridos de los perros atraviesan la hondonada en espirales. Luego de un tiempo los oídos despiertan de la abrumadora rutina que les imponen la vida gregaria, los autos, la ciudad: entonces puede adivinarse el movimiento de las hojas sacudidas por el viento, el curso de los peces en el lago, el resoplido de las vacas y los intentos de Lía para enfriar el café que se ha servido. Es una noche sin luna.

–Finalmente, sí hermano, me quedé como cuatro meses en la residencia esa. Allá conocí a un grupo de manes que estaban involucrados con grupos subversivos, eso colocaban bombas, salían a cazar policías, una vez voltearon una Tanqueta de la Policía afuera de la Universidad Nacional o en la de Antioquia, no me acuerdo bien. El caso es que terminé involucrada con ellos y en una de esas me convencieron para que les ayudara a montar un laboratorio para sus cosas, me fui para un pueblo cerca de Medellín, con una pistola y todo… me fui a vivir a una finca en lo más alto de la montaña, lo más de bonita aunque muy sencilla, parce… vieja, muy vieja, con lo mínimo vivía yo ahí. La cosa se complicó. Tuve una discusión con uno de los manes, pues, y finalmente le dije que se llevara todo y yo quedé ahí.

Estaba sola y tenía la certeza de jamás volver a la casa de su madre. El poco dinero que logró para sustentarse provenía de pintar cerámica, cantar y de la caridad de las amigas que la visitaban. No volvió a tener noticia de los hombres que le habían encargado el cuidado del laboratorio desmontado. Los vendedores de drogas la proveían de la marihuana que distorsionaba casi la totalidad de las horas. La droga le cosechó sus nuevos amigos.

Los vendedores acudían a la casa de Lía como buscando La Tierra Prometida. Aquellas paredes contuvieron los bacanales saturados por las drogas y el licor. Llegaron a reunirse hasta cinco días ininterrumpidos. Fue la época en que la nariz de Lía ya no toleraba la cocaína y expulsaba más sangre que aire. Pero eso no fue un impedimento, Lía, empezaste a construir cigarrillos para no dejar el matrimonio entre la cocaína y tú. Era la época en que la promiscuidad era la forma de asegurarse compañía. Compraban un litro de aguardiente y le mezclaban diez pastillas de rubinol ¿cuántas vidas alternas habrás tenido en aquellos estados interregnos donde tu memoria no tiene cabida? Esos días se dedicaban a eliminar cualquier rastro de conciencia, como la vez que no dudaron en rellenar un tabaco con el opio que los postró tres días. El recreo absoluto. Fue la época en que Lía dormía sobre cartones donde se ajustaban hasta siete personas, fue la época en que conociste a Cristian, Lía. Quizás el más leal. Quizás el más certero: la noche se había descolgado sobre la casa. Adormecida por las drogas, Lía aseguró las puertas y se ocupó algo de las tareas que se acumulaban en su hogar. Notó que una sombra se proyectó en la pared más lejana y en un movimiento turbio atravesó la habitación en donde ella se encontraba. La sombra repitió el movimiento hasta que Lía recuperó la calma. No sabía si eran las drogas, si las fantasías eran otra forma de sustentar una vida vacía, incompleta, sofocada por la aridez. La sombra, en los días venideros, se manifestó con los utensilios de cocina. A veces rompía algún plato y siempre desordenaba las ollas.

–Manuel, hermano, qué pasa en esa casa parce, que: o yo estoy muy turra o allá espantan, hermano.

–Vea, Lía, allá como que espantan, si quiere vamos donde una señora que vivió allá para que le cuente.

Lía visitó a la mujer. Ella contó a Lía todos los pormenores de los acontecimientos que la hicieron abandonar la casa años atrás, de cómo llegó a despertar en la madrugada por fuera de su cama, encerrada en el armario con rasguños en su piel, completamente encerrada. Lía optó por consultar con un hombre cuyas experiencias en magia blanca eran conocidas.

–Lía, tienes que hablarle, tienes que decirle que también vas habitar ahí.

Una noche en que la claridad de la luna hacía de la oscuridad una mentira, Lía sintió que la sombra atravesó el corredor y entró a la casa. La mujer tomó valor de alguna región secreta y la siguió.  

–Bueno Cristian, dejá la güevonada pues y te ponés juicioso hermano que yo vivo aquí también.

Nunca supo por qué le llamó Cristian o si la sombra no era un producto de la ficción que enraizó en el delirio, pero cuando se sentía sola y en la tranquilidad de la montaña buscaba su guitarra, llamaba a Cristian para que le hiciera compañía, y él acudía. Lía podía sentir a su lado la presencia intangible, casi esencial. Cuando en las fiestas los hombres se asustaban con la sombra y su presencia, tú les decías: “tranquilos, relájense, ese es Cristian y no hace nada, ¿sí o qué Cristian?

La realidad de los jóvenes en estado de precariedad en Medellín –hacia las últimas dos décadas del siglo XX– parece estar destinada a la búsqueda del delirio entre las drogas y la adrenalina de la violencia porque la realidad no les basta. La estructura social se cierra sobre ellos y las oportunidades de superación o son inocuas o carecen de importancia frente al monstruo del desasosiego. No hay futuro. La ciudad los devora, no tienen futuro. A los que controlan las riquezas no les importan, no tendrán futuro: las milicias urbanas y el narcotráfico se disputaron la ciudad como hienas sobre la carroña. No hay futuro.

Pasaron meses hasta el momento en que Lía lo descubrió. Los hombres que llenaban sus delirios con las drogaba, se dedicaban al hurto de autos que escondían en los bosques para luego desmantelarlos y vender las piezas. Años atrás, cuando Lía inició en el teatro, prefería encarnar los personajes más sórdidos y difíciles: los dilemas callejeros de las prostitutas, los pillos: el personaje tomó su cuerpo, y fue el recreo absoluto, Lía, jugar al pillo de la esquina, saborear los bordes afilados del peligro e irse a la cama con el sabor metálico de la incertidumbre, ¿amanecerá otra vez?, te habrás preguntado: “Esa Costumbre de meter el dedo en la llaga, hermano”, me dice Lía. Manuel (uno de los integrantes de la banda, hijo de un hombre que había teñido con sangre la región de tal modo que al darle caza, los lugareños salieron a las calles aplaudiendo y sonando las ollas) la rescató de las depresiones que la aquejaron en las horas desoladas en la solitaria montaña. Lía había caído en las profundidades del tedio y la realidad se hizo insoportable. En los escasos alimentos que preparaba, mezclaba drogas… en las bebidas: la soledad más cruel se levanta cuando nos resulta abrumadora hasta nuestra propia compañía, y los otros son sombras, Lía, pasan junto a ti pero no te tocan, estás demasiado sola para verlos y ellos demasiado solos para sentirte. La compañía siempre insatisfecha de los distantes, de los derrumbados, de los abatidos. No pudiendo encontrar un asilo en el mundo donde sembrar los pasos, después de tantas lunas de fiestas que le desgastaron el espíritu, Lía se recluyó en la pequeña casa a esperar que la muerte la tomara en sus manos de abuela cándida: “Yo no quería vivir más, hermano, yo quería era una sobredosis, parce, sabe qué, yo era Janis Joplin. Me acuerdo que tenía tres casetes, uno de Pink Floyd, uno de Hendrix y otro de Janis Joplin y era en esas locuras escuchando… yo me quería era morir. Pasé así quince días, eso me dijo Manuel, porque yo no tenía conciencia del tiempo, yo no me enteré de nada”.

–Lía, vos no podés seguir así, en serio mujer –le dijo Manuel un día que llegó a casa de Lía y tuvo que forzar la entrada. La encontró al borde del abismo.

–Si quiere se va con nosotros, vamos a arrendar una casita en el centro—. Lía aceptó.

La relación con el hombre no se limitó a los negocios. El apoyo de Manuel se transmutó en los trabajos del amor que entre el pillaje se excedían en los efluvios de los besos, de las caricias con las manos sucias de drogas. Un amor  abrazado en los hervores que han marcado cada día de tu vida, Lía: entre el resplandor y las sombras. Pero aún no lo sabías.

Un día de oficina de Lía puede relatarse con cierta exactitud. Era un trabajo disciplinado y efectivo. Proactivo, dicen los emprendedores. Lía se encargaba de asear y de llevar los registros administrativos. Pero su mayor contribución, su don sobrehumano, consistía en construir más de ciento cincuenta o doscientos cigarrillos de marihuana en el día. En ocasiones también acompañaba a la banda en los hurtos, hasta el aciago día en que las cosas salieron mal. El procedimiento normal consistía en abordar el taxi, incentivar al conductor –delicadamente– con el cañón de un calibre .38 en la nuca a cambiar la ruta, tomar rumbos boscosos, abandonar al taxista vendado, trasladar el taxi y desmantelarlo lo más pronto posible. En una ocasión, uno de los taxistas no quiso entregar de manera fácil lo que había ganado en el día e intentó escaparse. Manuel, habitado por el nerviosismo, hizo arrodillar al hombre para dispararle. A su lado, Lía también se arrodillo para suplicar por la vida del hombre. El debate fue encarnado y el taxista recibió una golpiza que le debió doler hasta a sus nietos.

–Esto no es para nosotros.

–Sí, hermano, esto no es para nosotros.

Dejaron al hombre amarrado y salieron de allí con la plena certeza de que nunca volverían a robar. Solo expenderían drogas.

Eran los dueños de la colina, no había algo que no pudieran hacer, eran felices. Y eran nuestros amantes tomados de las manos en algún lugar perdido de las comunas de Medellín, eran nuestros guerreros de las calles transcurriendo por la plenitud que da el deber cumplido, eran nuestros amantes enfrentados a una pared, blanca, de tapia brumosa en la cual leyeron: “Bienvenidos  AUC”.  Podríamos verlos como a Bonnie y Clyte esperando a que la muerte les toque el hombro, o les invite a una cerveza para preguntarles por una dirección que resulte ser la de ellos mismos. Asombrados, aceleraron el paso hasta la casa. Al amanecer del otro día los muertos se empezaron a contar como las moscas abandonas en las esquinas de las ventanas. La situación social en Medellín estaba al borde del colapso, la misma ciudad que soportó las guerras de los carteles a menos de una década de distancia, ahora soportaba las mandíbulas del paramilitarismo. Manuel y Lía abandonaron toda actividad ilícita, Manuel consiguió un trabajo modesto en el centro de la ciudad. Una tarde, propuso a Lía las compras domésticas y se dieron cita en una tienda cercana, el encuentro se celebraría después del trabajo de Manuel. Se encontraron. Las miradas cerradas. Las respiraciones lentas. La música menguada. Los rostros marmóreos de todos. Las evasivas.

–Muchachos, váyanse que los están buscando.

La camioneta 4×4 cruzó hasta el final de la calle. Manuel tomó a Lía de la mano y las compras se desordenaron contra el suelo. Los hombres descendieron de la camioneta y emprendieron la persecución. Primer disparo. Sonido seco. Acaso algún grito. Las calles quedaron desérticas y los hombres retornaron a la camioneta para seguir con la cacería. Manuel, corrió con Lía de la mano y acudió a sus recuerdos de infancia, a su conocimiento de terrenos que solo la aventura infantil abrió para sí en años remotos. Tomó vías estrechas y los hombres se vieron obligados a abandonar la camioneta. Las ráfagas de disparos se unieron a la respiración recortada que la huída les imponía. A un lado del camino las praderas y los potreros se empezaron a dibujar. Lía y Manuel salieron del camino ocultos por la oscuridad vegetativa. sobre ellos, los cazadores se escucharon decir: “Estos hijueputas se nos volaron”. Es viernes 27 de julio, 2016. Lía me habla y yo no he conseguido tocar mi café, azorado por la cantidad de vida y de muerte que puede abultarse en una sola persona, que las vidas más arduas vienen revestidas de una belleza trágica: ellos destinados al reino de las sombras, nosotros a la contemplación silenciosa. Es viernes 27 de julio, 2016. Lía describe la persecución de los hombres y la camioneta, libera sonidos de sus labios que quieren semejar los de las armas de fuego. En ese momento Atlético Nacional marcó el gol que le valió la victoria del campeonato y mientras Lía dice: “Pa-pa-pá”, veo en mi mente a los hombres tras ellos, el cielo sobre nosotros se cubre con un estampido descomunal y el “pa-pa-pá” de Lía fue recrudecido por las malicias del universo, sentimos miedo de la casualidad. Apenas quedan en la oscuridad pequeños lunares rojos como carbones encendidos. Hay pequeñas magias que no afanan la gracia. El ruido de la pirotecnia entró en la narración mientras Lía, Laura y yo nos miramos en silencio.

–¡Qué!… parce, yo de una le dije a Manuel que nos abriéramos de allá, que empacáramos las cosas y nos largáramos. Y el hombre que no y que no y que no. El caso fue que yo le dije que si no me iba con él, me iba sola entonces y llamé a mi papá y a la semana fue por mí. Nos fuimos de la ciudad, parce. A los días me llamó, que no, que sí quería salir de allá y nos fuimos a vivir a una finca, luego a otra. En todo caso, a los días llegaron a la casa de la mamá de Manuel, y a ella y a la hermanita las golpearon intentando sacarles el paradero de nosotros. Eso fue miedoso.

Lía y Manuel se dieron a las tareas del campo. La Madre sugirió a Lía la preparación de arepas para la venta y desde allí comenzó un camino que jamás abandonaría, su relación con el alimento como transformación, como metáfora de la vida misma que se consagra en la ternura del fuego para cambiar la esencia misma de las cosas. Lía, que nunca supo hacer mucho de nada, fue empujada por la necesidad, empezó a cocinar. Un día La Madre le sugirió que en su empresa tendrían un paseo.

–Lía, ¿y vos por qué no haces los tamales y los vendés?

Lía tuvo buenos pensamientos y accedió. La Madre le explicó los métodos para la elaboración y Lía creyó haberlos acatado.

–Pues hermano… son los tamales más horribles que se han hecho –me dice mientras me mira con un rostro que no logro diferenciar entre la vergüenza y la jocosidad.– se me olvidó desvenar las hojas, la masa quedó dura, por dentro quedaron crudos, sabían amargos, a tierra… yo pienso en esos pobres que les tocó comerse eso y… (risas) ya luego fui aprendiendo bien cómo era que se hacían. Y ya vendíamos arepas y tamales. Luego llegaron los arequipes, que incluso fue de una forma lo más de particular.

Fotografía: Laura Arroyave.

Antes de empezar con los negocios de alimentos, la situación de Manuel y Lía era cercana a la mendicidad. Martín estaba recién nacido y Manuel tuvo una afección cardiaca que lo mantenía postrado en una silla. Los pocos alimentos que conseguían, Lía tenía que robarlos del supermercado.

–Por eso la cocina es tan mágica para mí, parce, yo no tenía pero ni dónde caerme muerta.

Una tarde, cuando llegaron a su casa, encontraron el corredor salpicado por excremento de vacas. Parecía que en aquel lugar se hubiesen criado, alimentado y sacrificado todas las vacas de la región. En su abatimiento, salieron a buscar a los dueños de las vacas y encontraron que pertenecían a una finca de vecinos. Allí vivían una pareja de mayordomos, un viejo matrimonio, sencillo y apacible. Se hicieron amigos, el matrimonio de mayordomos empezó a comprar tamales y arepas que para ese entonces habían alcanzado cierta fama por su sabor.

–Muchachos, nosotros hacemos unos arequipes, ¿quieren probar? les proponemos algo: ustedes que se mueven tanto y venden tantas cosas. Por qué no nos reciben los arequipes a cierto precio y ustedes ya los venden a otro, nosotros los hacemos y ustedes los mueven.

Al paladar de Lía le costó asimilar el fragmento de divinidad que se deshacía en su boca. El trato se hizo. Los mayordomos, para lograr la preparación de los arequipes, robaban de los tanques cierta cantidad de leche que luego suplían con agua para evitar cualquier sospecha. La receta de los arequipes pertenecía a la propietaria de la finca que los hacía para vender ella y que el matrimonio aprendió para sacar algún provecho en las tristes horas de la senectud. La operación era secreta y requería de suma concentración: el mismo día que los patrones de la finca se retiraban a la ciudad, los mayordomos preparaban el arequipe que Lía y Manuel se encargaban de vender en las calles. Pero Bonnie y Clyte hacen de la oportunidad una pequeña comedia que no para todos es grata.

–Esa cucha nada que nos quería dar la receta, y nada… parce, hasta que un día, Manuel se enteró de la hora en la cual preparaban el arequipe, eso era como a las 4:30 am. Entonces nosotros la pensamos para ir a ofrecerles cualquier cosa. Entonces un día fuimos que para que se comieran las arepas recién hechas, les dijimos y ahí fuimos mirando las cantidades que le echaban de las cosas.

En el primer intento, el arequipe resultó una masa negra e informe que se aferraba a la olla como a una madre. Los vapores apestaban y las formas impenetrables de la masa terminaron por hacer de la olla un pobre pedazo de metal inservible que más tenía que ver con los intentos de alquimia de José Arcadio Buendía que con la sosegada olla de nuestros cocineros. La receta no se resistió por mucho tiempo, Lía y Manuel descubrieron la piedra filosofal que pondría el mundo a sus manos. Los arequipes se vendían más y mejor que los tamales, requerían de menor esfuerzo. La pareja pudo hacerse camino en un mundo que cada vez parecía cercarlos. Fue por los tiempos que Lía pudo conseguir un trabajo en una fábrica de textiles cuando el temperamento de Manuel se enturbió. Era oscuro, huraño y se había revestido con una carga de celos que, acompañados de las largas horas de soledad, mientras Lía trabajaba, se transformaron en resentimiento. Manuel evitaba el trabajo y la relación se hizo insoportable hasta el punto en que Lía, antes de salir del trabajo, lloraba con amargura por el solo hecho de tener que llegar a su casa para ver a Manuel, para oler a Manuel… Manuel. Lía y el hombre se separaron. Es poco lo que supe de él en sus años venideros. Sé que estuvo un tiempo en la cárcel y que Martín no lo supo.

Tiene sonrisa de sacristán. Las palabras le salen ingrávidas y como si las respirara. Martín parece tener el signo de la rebeldía de su madre pero está dotado de cierta candidez que revela una pugna que a su breve edad no sabría decantar. Lía lo observa y parece que lo arropara con la mirada.

–Yo conocí a mis hijos en sueños. Los he visto por medio de los sueños antes de que nacieran, antes de que supiera su género yo conocí a mis hijos. En sueños les vi el rostro y supe cómo se iban a llamar. Con Martín, por ejemplo, Manuel me decía que iba a ser niña y que se iba a llamar Sara, como la abuela. Yo peleé porque me vi caminando por una vereda con Martín y él me miró. Me dijo que se llamaba Martín y que era mi hijo. En el sueño tenía por ahí cuatro años y al verlo a esa edad  fue impresionante, era el mismo. Yo conocí a mis hijos en mis sueños. Con Susana fue igual, le vi la carita toda pulida, ella siempre ha sido muy pulida, incluso cuando nació mi mamá le reconoció mucho eso.

En los dos nacimientos que ha propiciado Lía, La Madre asistió los partos. La mujer férrea fue descubierta por Lía como una mujer enternecida con cada nacimiento. Sus ojos se llenaban de esperanza y se acumulaban en las comisuras de los labios todas las sonrisas que se había guardado. Entonces Lía entendió que La Madre había sido fuerte por ella y sus hermanos, que las enfermedades no hacían ningún estrago en su cuerpo porque tenía que trabajar para ellos, que prefirió ceder los goces del amor para no faltar el respeto a sus hijos. Lía y La Madre, cuando Martín –y luego Susana– florecieron en el mundo, entendieron que los desgastes del amor filial es mejor llevarlos con pasos apacibles. En los tiempos que Lía cursaba décimo grado tuvo un deber escolar que se enfocaba en la brujería. La Madre descubrió las revistas y las dejó con el resto de la basura.


–Lía, yo le boté esas porquerías de revistas que tenía.

–Pero mamá, eran para una tarea, ¡ni siquiera eran mías!

La Madre golpeó a Lía y entraron en una pelea como si se quisieran sacar el alma. La Madre se incorporó en un momento y empezó a rociar sobre Lía agua bendita.

–¡Usted está poseída, usted tiene el demonio!

Esas historias aún aparecen en los labios de Lía como si fueran ácido. Pero lo que no puede negarse al recuerdo resurgió como una posibilidad para el presente. Ahora Lía pasea con su madre entre los campos, van a comer juntas y hasta alguna vez han rentado una barca en un lago. La Madre recibió a Martín y a Susana, y dejó de lado la emoción infinita para revisar que estuvieran sanos y completos. Es un vínculo de vitalidad que te llevó a iniciar tus estudios de culinaria y a retomar la música. Y volvieron los bares a resonar con la guitarra y la voz afilada, y de las manos comenzaron a brotar las delicias con las cuales yo pude conocerte, Lía. Fue La Madre quien limpió tus heridas cuando el padre de Susana, artista talentoso pero violento, te atacó en las calles por un ataque de celos, dices que ese día viste un ángel que te tomaba de la mano y te mantenía en el terreno de los vivos, dices que no sabes ni cómo ni porque lograste salvarte de la golpiza en la cual tu única defensa fue orinarte por el miedo y el dolor. Y ahora me encuentro en la hondonada brillante, donde una circunferencia de guaduas densas protegen un lago que lleva sobre sí centenares de nenúfares como otra piel. Vas sonriendo, me muestras los lugares que en la noche del partido de fútbol eran imposibles de reconocer. Cantas, me cuentas de las dificultades que tuviste con el restaurante y cantas. De cómo no te angustias porque las delicias que preparas te han abierto todos los caminos desde que viviste una temporada en el infierno. La tarde comienza a enfriar, entramos a tu pequeña casa que parece una de muñecas. Vuelvo a ver la cama en la cocina, en cómo las cosas apenas logran ajustarse a los espacios. Cantas. Me siento en el mueble y lo encuentro agradable. Recuerdo la hazaña de La Madre en tu parto.

–Parce, es pequeño pero aquí es muy bonito y lo que importa es que los niños estén cómodos. Vea, cuando yo los iba a tener, siempre me iba a orar, les prendía una velita blanca y les decía que los amaba mucho y que siempre iba a estar a su lado. Siempre.

Lía ha quedado sin ingresos estables y debe un mes de arrendamiento en la nueva finca. Me despido. Tomo el camino que intuyo con dificultad, Martín me guía. Me doy media vuelta y Lía me mira a la distancia apretando un pequeño saco con las dos manos contra su pecho. No veo su rostro.

Cuánta vida y cuánta muerte puede ocultarse en un rostro que la tarde me niega, que en su vida ha habitado en más de ochenta casas. Asegura que en una ocasión le hicieron un hechizo que le tumbó el cabello y que en otra pudo sostener sexo desde un plano astral con un hombre que se encontraba a más de 60 kilómetros de distancia. Cuánta vida y cuánta muerte en las manos de una mujer desbordada en el arte y en el amar, en a la guerra y en el delirio, en el ensueño y en el hambre. ¡Cuánta vida y cuánta muerte!… la pregunta, y tu vida misma, se encuentran en el espiral de tensiones que componen toda experiencia humana, en los bellos y trabajosos días de las tragedias y las sonrisas, porque la condición de todo ser que haya soportado la conciencia no puede escapar al terrible privilegio de habitar entre el resplandor y las sombras.

Una canción solitaria

En los últimos días de noviembre del año 2018, un amigo músico me invitó a la ciudad de Medellín para presenciar una manifestación por las mujeres asesinadas en lo que corría del año. Yo me encontraba en la tarima, cerca de mi amigo. A la distancia vi que llegabas con el cabello largo que se movía con el viento como una cascada. Ya no necesitas las toallas, Lía. La piel tersa y la camisa ancha. Debías tener seis meses de embarazo.

–¿Qué más Juli, cuánto hacía, hermano?

–¿Qué más pues? Bien y vos. Hacía mucho. Estás muy bonita.

–Es que cuando las mujeres están embarazadas se ponen más bonitas.

–Me alegro mucho por vos, Lía.

Esa noche iba a cantar en ese mismo escenario. Me contó rápidamente que había iniciado a estudiar música pero se detuvo por el embarazo, que desde los tiempos en que visité sus hogares, no había tocado en público. Allí estaba, con Susana. Me retiré del escenario y las gentes empezaron a reunirse para escuchar a los grupos. Canciones y discursos se desenfrenaron por los parlantes de la tarima. Había un público tumultuoso. Cuando mi amigo terminó su concierto, la preparación debía ser inmediata. Lía tomó el micrófono y empezó su concierto. Me quedé un rato, me sorprendí por el poder de su voz. Cuando partí hacia el transporte la vi, en medio de ese escenario triste y solitario. Las personas se habían dispersado, se ausentaron a la música como a las palabras de un mendigo, todos en el parque alejados de la mujer embarazada que les susurraba melodías. Parecían sordos, o Lía un fantasma: ella cantaba para los espacios vacíos que se abrían entre los arboles. Quizás Cristian haya sido un mejor compañero, Lía.

Enero, 2018

.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s