Hopper

I.

Supongamos que un hombre sale de su casa. Tiene el rostro severo que da la introspección. Supongamos que habla sólo lo estrictamente necesario. Y lo necesario es, a veces, una sola palabra. Supongamos que el hombre camina, agradablemente, en una mañana de frío. Los árboles están perdiendo sus hojas, las fachadas parecen más solas que nunca. Le alegra la soledad de la calle. Le alegra no encontrarse con los vecinos. Nunca ha visto un perro deambulando por el vecindario, pero sí algunos gatos dormidos en los porches de las casas. Lo lamenta. Los perros son agradables. Casi nunca están tristes si salen a la calle.

Supongamos que tal hombre espía la luz, pero sin motivo. Que la sigue con el rabillo del ojo por donde quiera que pasa. Algo de ella le agrada sin saber por qué. Supongamos que, tras doblar una esquina, ve a un hombre solo sentado en una silla de jardín delante de un prado o que, en lo alto de una azotea, ha divisado una silla similar, pero vacía. Sufre una conmoción. ¿Qué ha pasado? Nuestro hombre, ha vivido hasta anularse. Está tan vacío, que reconoce esa falta de contenido en los demás. Un instinto de desintegración lo guía.

Ese hombre que pasea, sea quien sea, esté donde esté, será siempre Edward Hopper.

II.

Supongamos que una mujer ha llegado a casa después del trabajo. Supongamos que no tiene amigos, que sube las escalas hasta llegar al cuarto piso. Es media tarde todavía y los sonidos del mundo se han acallado. Cualquiera diría que es domingo. Supongamos que ha soportado una larga temporada de tristeza. No importa por qué. No tiene deseos de escuchar música, de usar el teléfono o mirar el televisor. Ha renunciado a preparar el almuerzo. Se desnuda mecánicamente con el deseo de recogerse en la cama. Supongamos que, en lugar de dormir, permanece sentada, ausente es la palabra. Atrapada en una contemplación vacía, en un limbo inmaterial, que ni siquiera es una forma de pensamiento, ni sensación.

Anulada.

Esa mujer, sea quien sea, es una pintura de Edward Hopper.

Edward Hopper – Morning sun, 1952.

III.

Supongamos que es una tarde soleada, pero fría, como corresponde a finales del otoño, en Washington Square. Hay pocas personas caminando en la calle. En el aire se extiende un rumor sordo, que algunos llaman silencio. La luz cae a esa hora, casi de manera horizontal, contra la fachada del edificio Miller. Aceptemos que la luz no necesita pedir permiso para entrar. Supongamos que tras alguna ventana hay un cuarto solitario. Una mesa revuelta de papeles, y alguna fotografía que ya nadie verá. Supongamos que es la casa de  un muerto. Aceptemos que nada necesita de nosotros para ocurrir. Que la luz entra, late, despojada de cualquier sentido. Supongamos que tal vez haya ciertos lugares, tal vez haya ciertos objetos en el catálogo de lo visible, transformados por la presencia de la luz. No es este el caso, ya que nadie mira esta escena.

Esa luz, esté donde esté, recuerda nuestra propia nada.

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Edward Hopper – Habitaciones junto al mar, 1951

VI.

Se equivoca quien vea en el tema de la soledad un propósito. Lo que pinto, no depende de mí. La soledad, una vez hecha consciente, empieza a verse en todas partes. Hubiera querido pintar, como Hammershøi o Vermeer, sencillos interiores bañados por la luz melancólica de algún atardecer del Norte, pero, en cambio, no dejé de reconocer la nada de nuestra vida.

También se equivoca si ve en la luz un sentido metafísico. No soy inmune a la metafísica, pero tampoco la cultivo. Sólo soy consciente de la soledad. Y es muy grande. Tan grande que ha engullido mi vida. ¿Se ha demorado a contemplar la luz, una mañana cualquiera, en Washington Square? Bien, sabrá que no difiere en nada de la de mis cuadros. Le estoy revelando un secreto. Sólo quise pintarla, tal y como la veía en la vida real. Aunque estoy dispuesto a reconocer, sin demasiado aspaviento, que la luz es un objeto extraño, que inhibe el pensamiento hasta averiarlo, que es el elemento en el que se diluye la conciencia.

La opresión que dice sentir en mis cuadros, viene de la falta de necesidad de la escena, no de la luz. Los personajes no hacen nada, no se dirigen a ninguna parte y, aunque no lo reconozca, hacemos parte de una sociedad industrial en la que la gente tiene un propósito. Imagine que hace un alto. Quiere pensar y se da cuenta de que no hay nada en su interior de lo que pueda ocuparse. La soledad está completa.

¿En qué piensan mis personajes? En nada. Se encuentran como yo, muy cansados para pensar. Han recorrido y refutado todas las teorías filosóficas sin saberlo. Se hallan en ese momento en que la mente entorpecida está en blanco, abatida por su nulidad y solamente se mira los pies. No importa si tienen historia. Tampoco piensan en la muerte. Sólo piensan quienes creen en la profundidad, quienes no han desembocado en la nada. Y la nada es una superficie. Yo sólo acumulo los días. Me hallo delante de la nimiedad de la vida, sin la apacible actitud de los budistas.

¿Ha leído Bartleby? Es increíble lo que hizo Herman Melville hace ya casi un siglo. Piense en que, a través de su ventana, había un muro iluminado por el sol a ciertas horas del día. Sólo eso. No se puede pensar delante de un muro, no se puede amar tampoco. El muro no es ni siquiera un reflejo. Y, sin embargo, no se cansaba de mirar.

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Edward Hopper – Autorretrato, 1925-1930

V.

Supongamos que un hombre interroga a Edward Hopper. Supongamos que Hopper contesta con algo más que un gruñido.

2 comentarios sobre “Hopper

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