Infancia

Por Hernán Vargascarreño*

Por los solares juegan unos niños
en sus coros de ausencia.
Juegan a que están vivos todavía,
a que nunca se fueron.

Eugenio Montejo

1
Recuerdo cómo jugábamos
a las palabras suicidas
–que de algún modo habitan al niño–
las estallábamos
contra los muros de las noches,
hacíamos un jardín con ellas,
nos lanzábamos a su silencio absurdo
y moríamos abrazados a su dolor.

2
Un día perdimos al tiempo
en los linderos del bosque;
¿podrá algún canto atraerlo
a mi gruta?
Oh la oración infantil
que perturbaba la sangre,
cómo huyó de los labios,
cómo nos liberó de los años…

3
Acudieron a la cita
mis juguetes destrozados
y el pequeño fantasma
abandonado en ellos;
¿dónde las manos que me los ofrecieron?
¿qué de su imperio inaugurando formas?
Esta superficie brillante
que violenta mi garganta
fue alguna vez un sueño para mí;
¿por qué no me reconoce
y aligera esta muerte?

4
Ya se sabía de la luna
y su abusiva permanencia;
ya habíamos entonado
el último canto a los divinos;
¿para qué volver de la muerte
si el aroma de las azucenas
nos esparce por el campo?
–olfatos hay que pasan
y nos acunan en su memoria–

Fotografía: Hernán Vargascarreño.

5
Los niños jugaban a la ronda
en un jardín sin colores ni aromas
–de sus caritas tengo el recuerdo
de sus juegos silenciosos–
Los niños insistían en el martirio;
ya habían olvidado
que eran pequeños muertos.

6
Por agosto
elevábamos cometas
y echábamos al agua
barquitos de papel;
una tarde cómplice
todos nos hundimos en silencio
y ya no hubo más agostos;
¡qué seductor era el estanque!
¡qué solas y tristes
quedaron nuestras madres!

7
En invierno éramos felices;
el río se desbordaba
y los muertos soñaban bajo el agua;
las mamás nos protegían en los altillos
y quemaban ramo santo;
por días teníamos a papá con nosotros
mientras el agua bajaba furiosa
con señales de otros pueblos
que no conocíamos;

–esos inviernos ya no existen
ahora que soñamos bajo flores silvestres–

Aún mamá viene los domingos
a rezar sobre la tumba,
y mientras reza,
sus manos viejas y piadosas
arrancan la maleza que brotamos.

Fotografía: Jorge Idárraga.

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