Estados de la materia

Llega el tren a la estación San Antonio. Se abren las puertas y un joven sale apresurado de él a tomar la conexión de su viaje. Un estremecimiento delataba a través de sus pupilas dilatadas el ingreso a un mundo que no es el nuestro. El compás carnavalesco de sus neuronas avivaba en él un ímpetu extático. Mientras su espíritu se hacía cada vez más ligero e intenso, los nervios excitados de su cuerpo traducían sus pasos con una torpe motricidad. En ese su distraído y descoordinado andar estaba el joven a punto de emprender una travesía que lo llevaría a otro plano. Levanta un pie, y comienza a elevarse. Lanza con atrevimiento el otro un poco más arriba. Y así sube progesivamente, en su aireado vaivén, las escalas. En su inamovible complicidad ofrecen poca resistencia a la aturdida marcha de decenas de pares de pies. Unos tras otros se siguen, evitando el penoso instante de no poder dejar de evadirse. Espontáneo ritual de recíproca indiferencia que le permite a cada uno no cruzarse con otros.

Su convulso andar rompe con el movimiento uniforme de cuerpos ascendentes y choca con una mujer que subió a su lado. A pesar de la colisión, su ensimismamiento era más potente que aquella porción del mundo que queda de su piel hacia afuera. Mientras tanto, ella, con su hombro mallugado, en un harapiento costal casi más grande que su pequeño cuerpo. La suciedad ha reptado desde la basura del costal, pasando por la reseca mano que agarra con firmeza el sustento de su existencia, hasta formar la costra cobriza de su piel envejecida. Un súbito horror estremece su ser que arrastra cuesta arriba. El fuerte tambaleo ocasionado por el empujón desata el horror de sentir en la nuca el helado susurro de la muerte. En menos de un segundo la adrenalina producida por el involuntario deseo de aferrarse a la vida hace hervir su sangre. Un pasamanos contiene la caída y reanuda con ascética resignación la marcha. Adelantada en el tiempo, vive un día de enero la teatral pasión de Cristo que estaba deparada para finales de abril. Sin embargo, su extenuada carne no puede separarse del personaje que ella interpreta. La pesada ficción de su rol terminó por superar la resistencia de su piel. La presión de un mundo absurdo se filtra incontenible entre sus poros y el peso que su reducido cuerpo soporta hace tiempo dejó de ser una metáfora. No cayó, pero el peso de la realidad sigue aplastando día a día su doblegada espalda.

La ciencia nos enseñó que en su danza eléctrica los átomos no se tocan. Mas no sólo de la microfísica es ello una verdad. En la escala de la vida tampoco el roce de la piel que casi hace colapsar el cielo y añadir un nivel más al infierno logra distanciar el gigantesco abismo de dos mundos separados por nuestra forma de vida humana, demasiado humana. Mientras la pequeña anciana continúa subiendo sisíficamente hacia su destino, el joven vuelve a ser un mar delirio tras haberse incorporado por un instante a los límites de la carne. Después de retomar el equilibro, su cerebro puede despreocuparse nuevamente de la tarea de coordinar el mecánico movimiento de sus pies. Así vuelve al compás del baile químico y de la dicha extática que desborda los límites de su yo. Así como ella, él sigue ascendiendo. Pero ahora él vuela a la trastienda del mundo humano, dejando  los seres allí aprisionados en el esplendor de su cotidiana y mísera indiferencia.

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