Los pajaritos del huerto me huyen

Le gustaba detenerse a contemplar a ese ángel de mármol que pedía silencio y que lo obligaba a pensar qué sentido tenía el silencio si allí nadie descansaba ni dormía, como recitaban en el seminario. El límite del pueblo lo imponían ese cementerio y una casona vieja sobre la que le habían advertido cuando niño, de un lado de la calle moría el cuerpo y del otro lado el alma. Tras una colina, a las afueras, quedaba el seminario, de donde iba hasta la iglesia todos los días a servir de sacristán. Deseaba ser como Jesús, aunque siempre que se le aparecía la idea se reprochaba su falta de humildad, nadie puede ser como Jesús, decía, a lo sumo como San Francisco. Se entregaba con amor a su vocación y aspiraba a enseñar con el ejemplo, era gentil y bello, un seminarista como pocos, decían las señoras y él fingía no escuchar, porque el diablo se oculta en el orgullo y los ángeles son humildes, decía monseñor, citando mal a San Agustín. Él recordaba bien la frase y la recitaba para sí “Fue el orgullo que cambió ángeles en demonios…”, pero nunca habría corregido al padre, porque “es la humildad la que hace que los hombres sean como los ángeles”.

Más de una vez se escuchó decir que no parecía de este mundo sino que parecía un dios, era exagerado pero no incomprensible, pues su candidez era tal que cuando trabajaba en el huerto los pájaros se le acercaban muchísimo y a veces incluso comían de sus manos y él parecía poseído por un éxtasis religioso de tan feliz que se le veía: un santo. Tiene buen futuro de obispo, decían los señores. Lástima que vaya a ser cura, decían las muchachas. Sus compañeros en el seminario lo miraban a veces con recelo, las cosas bellas amenazan.

Se detuvo frente al ángel de nuevo, como siempre y lo miró con cariño, a veces casi deseaba saludarlo. Sintió que lo observaban y se giró de pronto, ruborizado, para ver cómo la mujer de la casona se burlaba dulcemente de él imitando el gesto del ángel silencioso, con un dedo sobre los labios gruesos y húmedos. Él lo comprendió de inmediato, su candidez no era ingenuidad, la casa era un prostíbulo pero nunca se imaginó que la prostituta fuera tan bella. Ese pensamiento lo sacudió de pronto, su rubor aumentó y el miedo… no nos dejes caer en la tentación, amén. Ser como Jesús y redimir a la prostituta. Temblando cruzó el camino y se dirigió a ella sonriéndole: buenos días, mujer. Un terror frío le recorrió la espalda cuando ella se irguió para saludarle y sus pechos se asomaron sutilmente por la camisa, amplia, sencilla y generosa que regalaba con toda frescura una idea fiel del cuerpo que se acomodaba debajo de la tela.

–Pase, padre.

–No, no soy sacerdote– dijo titubeando. Era pequeña y en el saludo habían quedado tan cerca que ella tenía que mirar hacia arriba para hablarle, el cuello estirado, el mentón hacia el frente y con una expresión infantil que no se decidía entre la inocencia y la maldad.

–¡Ah!, ¿no?– dijo ella y él se separó aterrado.

–No, todavía no. Seminarista. –Ella dejó escapar una risita.

La inexperiencia del seminarista perdía ante la sabiduría de la prostituta. Intuyó ese genio y se fue directo al grano sin fijarse en si sus fuerzas eran suficientes para derrotar las fuerzas que acompañaban a la muchacha, error de cálculo en el que se cae a veces por miedo y otras veces por exceso de confianza, el asunto es que al final atacar primero no garantiza el triunfo y menos cuando la jugada deja abiertos todos los flancos. De todas las posibilidades combinatorias que ofrece el español, incluso el limitado español de los teólogos, se le ocurrió la peor.

–¿Conoce la historia de María Magdalena?– dijo en tono de sabio el seminarista.

–¿Sabía que en la biblia no dicen en ninguna parte que ella fuera puta?, usted es seminarista ¿sabe por qué dicen eso de ella?

Pero la puta no estaba batallando, solo jugueteaba; por eso ante la mirada helada del seminarista y su silencio, única salida pudorosa ante una respuesta inteligente, la mujer solamente rió inocente, como una niña que logra confundir a un adulto. El gesto del muchacho se fue tornando triste y ella que no quería ser mala con él, intentó solucionarlo siendo dulce.

–Perdóneme, Padre. De verdad quiero escucharlo. La gente dice que usted es muy bueno – y abrió el portón de la casa, como gesto de hospitalidad, pero también como insinuación. El seminarista dio un paso atrás. Ante la duda, la mujer tomó dulce y firme la mano del muchacho y lo arrastró hacia adentro. –No se preocupe, solo quiero ser su amiga.

El seminarista sintió la humedad y la pobreza de la casa, aun sin ver. Las ventanas, condenadas con plástico negro, no dejaban pasar el aire ni la luz. Las manos de la puta lo guiaban hábilmente, escuchó la fricción de la tela contra la tela y luego contra el piso, sintió las manos que ahora lo tomaban firmemente por el tronco. Luego su desnudez contra la desnudez de la mujer y la carne firme de las dos juventudes. Los ojos que al acostumbrarse a la oscuridad pudieron ver de nuevo los labios de ella y el gesto, húmedo y lascivo de este otro ángel que pide silencio, sonriendo. La tensión y la sensación como de un líquido que le llenaba el vientre por dentro y que lo halaba hacia el sexo de la prostituta.

Después de haber satisfecho su deseo se quedaron dormidos. Al despertar el terror lo invadió, se vistió de inmediato y corrió a la calle. Estaba cayendo ya la tarde, decidió no ir a la iglesia y volver directamente al seminario. Al llegar lo encontró desierto, fue al huerto y los pájaros huyeron a su llegada, entonces se puso a llorar amargamente. No pudo conciliar el sueño y a la mañana siguiente el ángel de mármol le pareció solo un pedazo de piedra, quiso pasar rápido por allí, pero sus pies lo llevaron de nuevo a la puerta del prostíbulo. Cuando la vio salir, se puso a llorar de nuevo, ella lo abrazó para consolarlo.

–Los pajaritos del huerto me huyen.

–Tranquilo, mi niño– le dijo mientras besaba sus labios tiernamente –te llevaré a donde los hombres.

San Francisco predicando a los pájaros – Giotto

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