Acerca del silencio

I

Dicen que Ambrosio de Milán, se cansaba pronto de la voz cuando leía en voz alta. Por eso, tomó el hábito de leer en silencio o en voz muy baja, casi inaudible. Así lo descubrió, desconcertado, Agustín de Hipona una tarde del siglo IV de nuestra era. ¿Por qué leía en silencio el obispo de Milán? Antes de esa tarde toda lectura era un acontecimiento público. Como no había puntuación, se leía en voz alta para atender al sentido del texto. Fue Agustín el que difundió el rumor de la enfermedad. Fue a imitación de Ambrosio que se empezó a leer en silencio. Fue a imitación de un enfermo que aprendimos a callar.

A la imposibilidad de hablar del obispo de Milán, debemos el silencio de la lectura, la soledad del lector y la puntuación del texto.

A la enfermedad, debemos la voz silenciosa del libro, que se dice callada, pero sin callar.

A la debilidad de su aparato fonador, debemos la separación de la comunidad, que se cohesiona gracias al lenguaje. Debemos la negación del vínculo social.

Por eso: lector, mudo o enfermo hacen referencia a un mismo individuo separado. El lector es un enfermo porque ha perdido la capacidad del habla.

Al silencio, debemos el Silencio.

Clarice Lispector lo corrobora: “[…] del silencio ha venido lo que es más precioso de todo: el propio silencio”

II

Epilepsia, viene del griego “Epilepsía”, que quiere decir interrupción brusca. Gadamer define aquello que no podemos nombrar con la expresión griega “átopon”, esto es, ningún lugar. Lo que el lenguaje es incapaz de nombrar, lo inefable, se halla por fuera de él, más allá del límite de lo expresable: en ningún lugar.

Quedarse sin palabras es experimentar esta interrupción súbita. También la muerte, que no guarda relación con el sueño, sino con el desmayo, con la detención de la conciencia. Esa relación la expresó Schopenhauer. Entrar en la muerte, quedar en silencio, sufrir de epilepsia, guardan una vecindad, aunque provengan de raíces distintas.

En su camino a Damasco, Pablo de Tarso sufrió un ataque de Epilepsia. Conoció a Dios. Se quedó sin palabras. La segunda interrupción que sufrió ocurrió en el año 10 d.c. cuando murió.

Silencio viene de la raíz “sei”, que quiere decir soltar. Dejar caer. Silencio en griego se dice σιγή (Sigí). Quien calla, deja caer de sí el lenguaje. Se deja caer en la muerte, sufre un episodio de ausencia, de epilepsia.

III

Hay en la entrada de los antiguos templos romanos, allí donde se celebraban los misterios, pequeñas estatuas de un Dios extranjero, que invita al secreto. Páginas en blanco al principio de los libros, y que son llamadas páginas de respeto. Directores de orquesta que golpean su atril o mantienen uno de sus brazos en vilo. Espejos de agua que anteceden los recintos donde se guardan los libros.

Todos ellos llaman a lo mismo. Todos ellos llaman a callar: el misterio, lo no escrito, el gesto, el espejo, piden el silencio.

No se puede ver a Dios hablando. Asistir al nacimiento de la música o del lenguaje sin escuchar.

No se puede caminar en el ámbito donde reside el silencio sin ser uno mismo silencioso.

Qué toda hoja en blanco sea más que un papel que se desperdicia. Que ninguna página de respeto sea mancillada por una firma.

Sólo ella habla por el libro, sólo ella pide lo que él libro mismo no se atrevería a pedir en palabras, sólo ella nos pide la deferencia callar.

0001
Hammershøi – A Room in the Artist’s Home in Strandgade, Copenhagen, with the Artist’s Wife, 1901

IV

Durante el terremoto de México de 2017, los socorristas levantaban el puño para pedir Silencio. Querían escuchar sí, bajo los escombros, aún había alguien con vida. ¿No es conmovedor, acaso, que sólo en el silencio se pueda escuchar el latido, el aliento, la queja? ¿Que sólo en él la vida pueda ser sentida cómo vida, en su fragilidad, que amenaza con convertirse también en Silencio?

Así, escruta el silencioso la noche. Así, escruta el silencioso el día: buscando la vida.

(Ungaretti fue un paso más allá. En las páginas de “El Dolor” pedía: “Dejad de gritad, si queréis oír a los muertos”. Que es tanto como decir “callaos, si es que queréis escuchar al silencio del muerto, si queréis aprehender la ausencia en que se ha convertido, si queréis acompañar esa transformación”

A la muerte de Bataille, Blanchot manifestó, en un sentido ensayo, esa misma reserva, y se esforzó en hacer comprender que no quería que se pensase que su amigo continuaba vivo, ni siquiera en los textos, por miedo a traicionar su muerte).

V

El Satori para el Zen es un olvido de sí mismo que permite una atención plena sobre el mundo. La consecución del vacío no es, por esa razón, el estadio final, sino la condición previa de toda contemplación. No se puede mirar si se está distraído.

Algo similar ocurre con la experiencia estética, que no sólo es de placer o displacer como quería Kant.

Ella nos abre al vacío, sin la necesidad de meditar. Cualquier obra de arte que merezca ese nombre nos deja en vilo, nos quita las palabras y en esa mudez es que aprendemos el sentido del mundo como inefable. La experiencia estética nos deja en situación de sentirlo todo de una manera distinta. Así también ocurre con el amor.

VI

Algo hablará por nosotros en ausencia del poema. Algo será nosotros, sin que fuera su culpa. Algo hablará cuando ya no estemos. Algo hablará en ausencia incluso de la propia ausencia: cuando nuestro nombre sea borrado del olvido propio o ajeno. Algo será por nosotros. Callará de nosotros. Vivirá sin nosotros. Cerrado o abierto (una pupila que se dilata o retrae).

Algo hablará gracias a la paradoja de su inexistencia.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s