Alberto Parra solo tenía ganas de hablar

Bajo el influjo de una decepción amorosa, escribí uno de los peores cuentos de todos los tiempos: Alberto Parra no tenía ganas de hablar. En él intenté sublimar una de las sensaciones que me había dejado aquella ruptura, la de haber perdido todos los referentes vitales y –así– la capacidad de entender lo que me estaba ocurriendo. La sensación finalmente duró unos pocos días, pero el cuento todavía me acosa con una trama malograda y un final que echó a perder un inicio interesante. La desfachatez de publicarlo, sin embargo, me dejó un azaroso provecho: un año después encontré en mi bandeja de entrada el mensaje de un hombre que afirmaba haber vivido la historia que yo había relatado en el cuento. Más asombroso era el nombre con el que este hombre firmaba: Luis Alberto González Parra.

Hace poco, en la librería Luvina, en el barrio La Macarena, de Bogotá, por fin conocí en persona a ese hombre inverosímil. A través de la vidriera lo vi llegar con unos sesenta años cargados decorosamente, tenía la cabellera completa y entrecana, el rostro y el cuerpo igualmente apergaminados, y una vestimenta que no le sentaba bien, como si fuera prestada.  

–¿Andrés Álvarez?

–Sí, soy yo. Me alegra encontrarlo.  

Después no de darme sino de triturarme la mano con una fuerza que no alcancé a adivinar en esas manos enjutas, aquel hombre se sentó en la silla de enfrente. Pidió un café y –sin dejar tiempo a que se extendiera nuestra presentación– sacó del bolsillo de su chaqueta un atajo de papeles.

–Usted me contó que estaba haciendo una maestría en literatura, ¿ha escuchado hablar de un escritor llamado José Dávalos?

¡José Dávalos! Escuchar sobre ese autor olvidado me llenó de impresión. Le respondí que sí, que uno de los autores de Opinión a la Plaza había descubierto algunos de sus manuscritos y que me sorprendía que él también lo conociera.

–José era uno de mis mejores amigos, pero ya se murió… Le traje estos textos que él escribió, yo no los voy a volver a leer y a usted le podrían servir para aprender cómo se escribe un buen cuento.

Por la breve correspondencia que habíamos tenido a través del correo electrónico, alcancé a darme cuenta de que el Alberto Parra de la realidad era un hombre letrado. Aunque nunca ejerció se graduó de abogado en la Universidad del Rosario y toda la vida trabajó como profesor de filosofía en uno de los colegios del centro. Sin embargo, no pude sospechar sus maneras en extremo directas, casi ásperas, en el trato.

–Si es una indirecta por el cuento que escribí –le dije fingiendo una sonrisa–, no tengo nada qué objetarle.

–¡Ja ja já! No se asuste, hombre Andrés. Pocas veces se da la oportunidad de que un personaje le dé consejos a su autor.

La puerta de la librería se abrió de golpe. Una mujer joven, casi un adolescente, entró con los labios apretados hacia adelante, señal inequívoca de ofuscación, y varios segundos después, siguiéndola, entró un hombre de mi edad. Cuando por fin encontraron una mesa, los demás clientes nos dimos cuenta de que nos habíamos quedado en silencio para observar la escena. Nos miramos casi con vergüenza y de inmediato cada uno restringió la mirada al ámbito de su propia conversación.  

–No hay forma de saberlo.

–¿Qué cosa? –Inquirió Alberto.

–En qué terminó el personaje.

–¡Ah! ¿Luego usted no es el autor?

–Sí, pero el cuento ya está terminado.

Alberto se rió socarronamente. Luego, me miró con ojos agudos.

–La verdad, hombre Andrés, es que el cuento no le funcionó. Pero no tiene de qué preocuparse, usted todavía es muy joven. Tendrá veintiséis…

–Veintisiete años.

–Ahí está, usted nació ayer. El cuento se malogró por culpa de su inexperiencia.

Varias veces había mirado el reloj preguntándome si no había sido un error cumplir esta cita que me pondría en apuros para llegar a tiempo al aeropuerto. Pero finalmente me convencí de que no había que dejar pasar en blanco esta rara jugarreta del azar que había puesto frente a mí a un hombre que decía haber vivido la historia que relaté en un cuento. Le pasó a Julio Cortázar, cuando un tal John Howell, desconocido, le escribió una carta después de que hubiera publicado un cuento titulado Instrucciones para John Howell. Algo parecido le ocurrió a Paul Auster. Y Milan Kundera escribió en la novela La inmortalidad sobre cómo Milan Kundera conoció a Agnes, el personaje de una novela que se titularía La inmortalidad, pero que en todo caso hubiera tenido que recibir el nombre de La insoportable levedad del ser.

Yo no soy Cortázar, ni Auster, ni Kundera. Y por eso, justamente, aquel hombre tenía razón: todavía no era ningún escritor experto, me faltaban aún muchas lecturas y práctica textual.

–No me refiero a eso.

Me dejó frío la interpelación. Sin darme cuenta había pensado en voz alta o él me había adivinado el pensamiento.

–No le entiendo. –Le dije casi sin voz.

–Me refiero a que usted no ha tenido todavía la suficiente experiencia vital sobre los temas que trata en su cuento. Por eso relató mal mi historia.

–Pero es que yo no estaba escribiendo su historia.

El conjunto de coincidencias que hasta ahora había ocurrido ya había situado esta conversación casi en el plano de la ficción. Sin embargo, que este hombre, por lo demás severo y de una cultura extraordinaria, se identificara a tal nivel con un personaje de mi imaginación, me llevó al colmo del desconcierto. Eso solo podía indicar que este Alberto Parra me estaba tomando el pelo. O por lo menos que, desesperado por la soledad, me intentaba impresionar con una historia para mantener una conversación amistosa.

–¿Por qué me mira con desconfianza?

–No, no es eso –Le mentí–. Solo estaba pensando en que debo irme en poco tiempo para tomar el avión.

–No se preocupe, Andrés. Yo lo puedo llevar al aeropuerto.

Al ver mi nueva cara de espanto, el hombre continuó como si no hubiera pasado nada, matizando su afirmación.

–Digamos, pues, que no es la misma historia. Dejemos la cosa en que los hechos que le ocurrieron a Luis Alberto González Parra fueron muy parecidos a los que le ocurrieron a Alberto Parra.

–Eso sí.

–La primera diferencia es que yo no llegué de hacer un doctorado en Europa sino de visitar a unos amigos en Cali.

–Y cuando llegó ya no tenía ganas de hablar porque se sentía derrotado…

–No tenía ganas de hablar, eso es cierto, pero no me sentía derrotado. Lo que pasaba es que me sentía asqueado porque después de varios años de matrimonio había perdido las sensaciones del silencio y de la soledad.

–¿Fue un error, entonces, haberse casado?  

–Mire, usted es joven. Dígame, ¿no le gusta la muchacha que atiende en el bar que usted frecuenta?

–¿Eso qué tiene que ver?

–Que a su edad siente que pronto dejará de ser un hombre deseable y acecha en las mujeres la belleza, casi desesperadamente, aunque ya sabe que la belleza no se puede alcanzar. Ahora lo descorazona la muchacha del bar, poco antes habrá sido una nínfula de dieciséis años, antes, tal vez, una mujer de su edad.

No pude hacer otra cosa que asentir, aunque este hombre, injerto entre filósofo, adivinador y charlatán, no parecía necesitar ninguna comprobación sobre lo que decía. Hablaba de mí como si me conociera desde hacía tiempo, me miraba con ojos profundos.

–Usted –continuó Alberto– convirtió su intuición privada en el destino del personaje: creyó que al haber cumplido los treinta y ocho años, por los que todavía no ha pasado, yo dejaría de ser un hombre deseado y quedaría excluido del amor.

–Se refiere al personaje, ¿no?

–Sea como sea, lo que digo es que uno nunca deja de desear ni de ser objeto de deseo. El corazón humano adolece de arbitrariedad: es puro capricho. ¿Me permite una pequeña disertación?

–Claro, por favor.

–Me parece que el capricho tiene dos elementos: el azar y el placer. El objeto de deseo no llega sino fortuitamente a nuestro encuentro, uno nunca decide cuál es. Se muestra y, tan pronto, vuelve a ocultarse. Es una casualidad fugaz como fugaz la belleza que lo integra. Y el breve encuentro de ese objeto de deseo produce un placer desbordado que lo consume todo como un fuego letal: azar, deseo, placer se extinguen en ese solo instante. Justo ahí llega el capricho a su etapa final, el desencanto. El capricho es más potente en la medida en que más se oculte o más se aplace el objeto de deseo, pero inevitablemente llegará el desencanto.

Alberto Parra hablaba como si sus palabras se estuvieran escribiendo en un diario o como si estuviera repitiendo una lección, aprendida muchos años atrás, entre las cuatro paredes de un salón de clase.

–No creo que esto que le estoy diciendo sea nuevo para usted, pero hay una diferencia de la que no se ha percatado: los jóvenes le tienen miedo a esto. ¿Vio cómo entró a la librería la pareja que está sentada en la mesa de allá? –dijo en un tono muy bajo, casi imperceptible– Ese muchacho tiene miedo a perder la última oportunidad de tocar la belleza con sus manos, está aterrorizado, ha perdido el gobierno de sí mismo. Él se hubiera acercado a la casa de su antigua mujer a tocar el timbre… pero Alberto Parra no.

–Le entiendo, le entiendo. Lo que quiere decir es que ese miedo nunca se va a materializar.

–Todo lo contrario, mi amigo. Se materializa una y otra vez, hasta que de tanto volverse realidad…

–A uno ya no le da miedo.

–¡Eso mismo! Yo estaba desencantado, había encontrado la etapa final del capricho después de casado. Hasta mis amigos se alegraron, no por mí sino por ella. Ella se liberó de mi capricho, de mi egoísmo, de mi neurosis, de mi vileza, de mis ganas de buscar afuera. –Soltó una risa.– Pero yo también tuve una ganancia importante con la ruptura: ahora puedo ser caprichoso, egoísta, neurótico, vil, en mi intimidad, sin afectar a otro. El capricho había comenzado un nuevo ciclo, me podía solazar en él. Yo guardé silencio y caminé por la veintiséis por mero capricho.

Cuando la mesera se acercó a preguntarnos si tomaríamos algo más, pedí la cuenta, era el momento para desembarazarme de la conversación.

–Yo creo, hombre Alberto, que usted se está justificando. No sé a que viene todo lo que me cuenta.

–Solo piense qué pasaría si usted, con la experiencia vital que le estoy narrando, modifica la trama.

–Lo mismo –Le tendí la mano sin dejarlo replicar–. Se malograría el cuento.

El taxi ya se acercaba al aeropuerto por la veintiséis. Al mirar en mis manos el atajo de los cuentos de José Dávalos, sentí que había sido profundamente desagradecido: Alberto Parra solo tenía ganas de hablar. Por otra parte, al ver a los hombres de su edad caminando por la banqueta, me di cuenta de que no me podía imaginar al Alberto Parra del cuento sino con los sesenta años cargados decorosamente, la cabellera completa y entrecana, el rostro y el cuerpo igualmente apergaminados, y la vestimenta que no le sentaba bien, como si fuera prestada, de este Alberto Parra de la realidad.

En contra de mi costumbre, me quedé dormido en la mitad del vuelo. Desde que el avión tocó la pista y el breve golpe me despertó de la primera siesta que hacía en muchos años, yo no dejé de sentir la boca seca como si hubiera dormido varios siglos o como si un desierto me hubiera nacido bajo la lengua.

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