Vincent Van Gogh o por qué seguir

Cuando se ha dicho tanto, cuando parece que cada detalle y matiz de un tema se ha estudiado tan profundamente como lo ha sido la vida y obra de Vincent Van Gogh, resulta difícil ponerse a la tarea de escribir sin pensar que probablemente cualquier cosa sobre la que pretendas hablar ha sido dicha una infinidad de veces y de mejores maneras. De esta forma, la incertidumbre sobre el sentido del esfuerzo se vuelve palpable y como resultado me hallé a mí mismo a lo largo de las semanas mirando casi sonámbulamente la hoja en blanco antes de renunciar a la idea de escribir por otro día. Lo único sensato parecía simplemente dejar la empresa y buscar algo diferente en que invertir el tiempo, algo diferente con qué distraer las horas. Escribir sobre Van Gogh se me presentaba irrealizable.

Pero antes de abandonar por completo aquello que me había propuesto, decidí mirar por última vez algunas de sus obras con la esperanza de encontrar en las imágenes lo que me eludía en las palabras. Primero miré con detenimiento el cuadro del Alción junto al lago y recordé la gran influencia que el arte japonés tuvo en su obra y cómo habló de ésta en sus cartas como una nueva forma de observar el mundo a través de la cual uno no podía más que percibir la realidad con dicha. Luego me detuve sobre El campo de trigo con cuervos; obra de infame reputación, aquel sentimiento aciago y al mismo tiempo bañada por una serenidad incomparable; tan solo recordarla mientras escribo esto me llena de la tranquilidad que acompaña al viento que sopla sobre las praderas de trigo amarillo haciendo traquetear las hojas como cascabeles u olas invisibles, casi invitando al observador a entrar en el cuadro por aquel sendero abierto hacia un sueño profundo.

El campo de trigo con cuervos (1890)

Mirar esta pintura y recordar todas las infortunas que tuvo que enfrentar durante su vida me hizo preguntarme por un instante ¿qué lo hacía seguir? ¿Qué era aquello que encontró en el arte, que incluso después de aceptar con tristeza la idea de que nunca sería reconocido por sus pinturas (algo que hoy sabemos no es cierto, pero de lo que él murió convencido) lo hacía salir todas las mañanas a pintar los arboles; las flores; los campos; el atardecer; las calles? Con esta pregunta en mente me percaté de que no quería tan solo hacer un recuento de la vida de Vincent van Gogh, lo que quería y hasta ahora me había eludido, era entender aquella fuerza de voluntad, la pasión que lo caracteriza en todas las biografías y recuentos de su vida, y con algo de suerte, aprender algo sobre ello. Para esto no quería hacer un relato sobre su infancia, sobre su familia o sobre aquellas historias desafortunadas de su búsqueda fallida por encontrar el amor (incluso si en estas se podía observar vivamente la capacidad de su espíritu para la pasión y el ímpetu) así que decidí comenzar mi pequeño relato en la mitad del viaje de su vida. En Borinage.

Borinage la vida en las minas de carbón

A sus 25 años Van Gogh, lejos de una carrera artística, planeaba su vida alrededor de la idea de convertirse en un pastor de la iglesia. En 1878 viajó a Borinage, un pueblo minero desolado por la pobreza, en el que pretendía profesar la fe y esparcir la palabra de dios como una forma de ayudar a aquellas personas a encontrar consuelo en la vida. Fue contratado por seis meses para realizar aquella labor y en aquel periodo de tiempo vivió de forma abnegada a su labor llevando hasta los extremos su ímpetu por ayudar a los más necesitados. Donó la cabaña que la iglesia le había asignado y usaba todo lo que recibía para ayudar a las familias de aquel lugar. Terminó viviendo en las mismas condiciones precarias que la mayoría de las gentes del pueblo en un intento por ayudarlos.

Fábrica de coque en Berinage (1879)

Si uno se fuera a preguntar las razones de sus actos, el porqué de su ímpetu por rodearse de aquellas situaciones adversas cuando nada se lo exigía, ¿qué podría responderse? Tal vez que su abnegación y fe lo llevaron a los límites de su voluntad por entregarse a otros, ¿pero es eso suficiente? ¿es esa una razón verdadera para elegir la adversidad y la pobreza? ¿Ayudaba en verdad a alguien el que pasara sus días consumiéndose por el hambre? En este punto, no puedo evitar preguntarme si aquel impulso descontrolado por ser útil, por ayudar a otros por sobre sí mismo, no era al mismo tiempo una excusa… para olvidarse de sí.

Decidí, en un intento por entenderlo, leer las cartas que envió a su hermano en aquel periodo de su vida y encontré esto: “soy un hombre de pasiones, capaz de hacer cosas más o menos insensatas, de lo cual me arrepiento a medias. Me ocurre a menudo que hablo u obro con demasiada precipitación cuando sería mejor esperar con más paciencia” esta fue mi primera pista a la respuesta que buscaba en su historia. Aun así, no lograba justificar sus maneras; de hecho, su razonamiento, sin importar qué tanto intentara justificarlo no era más que el de un loco. Su abnegación al trabajo como pastor reflejaba no un deseo de ayudar a otros, sino el de deshacerse de sí mismo.

Continué leyendo las cartas. No mucho tiempo tras dejar Borinage, Van Gogh escribió a su hermano, hablaba sobre la jaula en la que llevaba viviendo su vida hasta entonces; incapaz de encontrar algo que lo hiciera sentirse útil, algo en lo que encontrara valor, se sentía prisionero de sí mismo. En esas palabras entendí sus actos. Era esa sensación, esa necesidad profunda de ser parte de algo, de dejar de ser el extranjero de la vida que sentía haber sido hasta entonces lo que lo llevó a intentar ayudar por sobre sí mismo a aquellas personas en el pueblo minero, pero nada de eso importó. Al final de los seis meses, fue despedido por deshonrar la sagrada imagen de un servidor de dios al procurarse una vida tan pobre y su carrera como pastor llegó a su fin.

Bakumatsu

Ocho años más tarde, Vincent van Gogh vivía en Arles, una región campestre al sur de Francia. Después de Borinage había decidido convertirse en un pintor y algunas de sus primeras obras, como la de Los comedores de patatas, en la que retrató a una familia sentada a la mesa iluminada por una luz tenue rodeada por una noche negra como el carbón, representaban la vida de los mineros con los que compartió aquel tiempo. Fue en Arles donde desarrolló su vibrante estilo característico y mostró su profunda abnegación al arte. Dejaba su casa cada mañana hasta el atardecer para pintar el pueblo y sus alrededores, y al regresar tan solo continuaba su labor en casa. Aún era pobre y vivía en condiciones precarias, sin embargo, en aquel espacio de su vida la soledad parecía por fin haber hecho las paces dentro de sí y todo se resumía a los colores de las hojas y las luces de la noche iluminando la pequeña ciudad. Esperanza, pensé, tal vez esa fuera la razón que lo llevaba a continuar… pero esta idea pronto se diluyó. Me engañaría a mí mismo si intentara convencerme de que la esperanza era la razón por la que seguía intentando encontrar la combinación adecuada de palabras para describir aquello que me impulsó en primer lugar a intentar hablar sobre Van Gogh, y sé con certeza que no era la esperanza lo que lo despertaba cada mañana y lo impulsaba a seguir pintando cada día. No, no era la esperanza pues la abandonó toda después de Arles; tras la pelea con Gauguin; tras el tiempo que pasó internado en el asilo mental en Saint-Remi…

7
Paisaje al atardecer (1890)

Antonin Artaud, el poeta francés, escribió un ensayo sobre la muerte de Van Gogh en el que describió junto a su propia experiencia de nueve años en un asilo mental, cómo los responsables de la muerte de Van Gogh fueron los médicos y la sociedad que lo rodeó en los últimos años de su vida. Vincent, dice Artaud, es el suicidado por la sociedad, su muerte no fue el momento en que el pintor se perdió a sí mismo, sino el momento en el que el mundo ya no podía soportarlo más. No fue él quien apretó el gatillo, sino el mundo entero que no pudo aguantar el peso de una persona que decidió vivir la vida en sus propios términos. En estas palabras he hayado mi respuesta. No era una esperanza lo que lo llevaba a pintar, fue la libertad que encontró al dejar ir los deseos y las expectativas de lograr algo más allá de la alegría misma de pintar lo que le permitió seguir haciéndolo a pesar de todo. Vincent encontró en sus últimos años el valor de la vida en aquello que la llenaba de sentido y alegría. Para él era la pintura, y había pintado durante años, ahora se sentía cansado y el mundo entero le exigía que se fuera.

Bakumatsu, por cierto, es un término japonés que se refiere al período de guerra y conflicto que transcurrió antes de la apertura comercial de la isla de Japón al resto del mundo. También resulta un buen término para describir la vida de Vincent van Gogh como un período de guerra y conflicto antes de la apertura del mundo a su obra y sus pasiones.

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