Elogio de los oficios inútiles (primera parte)

Ver: Elogio de los oficios inútiles (segunda parte)

“¡Coja oficio!”, le diría cualquiera de mis coterráneos antioqueños a ese bello personaje de Julio Cortázar que “para luchar contra el pragmatismo y la horrible tendencia a la consecución de fines útiles”, decidió arrojar por el lavabo un cabello arrancado de su propia cabeza, asumiendo luego la incierta empresa de recuperarlo. Porque la historia ha demostrado, con una innumerable lista de acontecimientos tristes y personajes de cuyos nombres no quiero acordarme, que los antioqueños hemos sido más amigos del dinero que del trabajo. Pero no solo los antioqueños, también los demás colombianos. Y no solo los colombianos… En fin. El lector ya habrá intuido adonde quiero llegar: a que por cuenta de entender la utilidad (económica, por supuesto) como el principal criterio de valoración, muchas de las acciones y las creaciones humanas cayeron en el descrédito. ¡Esos oficios inútiles a los que no se puede dedicar sino una caterva de vagos!

Lo cierto es que entre esa caterva de vagos están las personas a quienes he admirado siempre. Los juristas que felizmente se han dedicado a reflexionar sobre la justicia. Los activistas y líderes comunitarios que trabajan por una sociedad más amable aun sin saber que su ejercicio también hace parte de esa pequeña política que es la verdadera política. Los astrónomos. Los filósofos. Los artistas. Y los admiro sobre todo porque en una época de productores y consumidores los oficios inútiles son en sí mismos actos de resistencia: si son inútiles es porque –al menos en principio– escapan a las lógicas de instrumentalización económica y se afincan en otros valores humanos, menos rentables, pero que dicen más a la conciencia. Incluso en una época así podemos tener por gran virtud a la pereza que “agiliza, apresta, aguza”, como diría León de Greiff; porque la pereza creativa es la madre de todos los oficios que apelan al enriquecimiento del espíritu, y como sigue el poema, “es el blasón soberbio de mi escudo/ que en un campo de lutos y de hielos/ se erige como un loto vago y mudo.” Sin embargo, elaborar la pereza de tal manera que devenga en alguno de los oficios inútiles exige de valentía y trabajo. Mucho trabajo. Pues paradójicamente mis vagos, mis queridos vagos, no son tan vagos. 

En este punto se hace necesario señalar concretamente a algunos de los oficios a los que nos hemos estado refiriendo, y me parece que hay que empezar por el más ocioso de todos: el oficio del pensamiento. Concretamente me refiero al pensamiento reflexivo, constante y –si se quiere– sistemático; al pensamiento de los pensadores. Una de cuyas expresiones es la filosofía. Recuerdo que en una especie de chanza, uno de mis amigos del colegio definía a la filosofía como “aquello con lo cual, o sin lo cual, todo sigue igual”. Todavía tengo grabadas las expresiones de desconsuelos de algunos de mis profesores al escuchar la consigna; también los gestos de aprobación de otros profesores, menos amigos de los oficios inútiles. 

Pero, ¿es cierto que con la filosofía o sin ella todo sigue igual, y que por tanto es una disciplina prescindible para el ser humano? Karl Jaspers puso de presente que los orígenes de la filosofía se asientan en tres motivos. El primero de ellos es el asombro; los seres humanos asistimos al gran espectáculo del mundo, somos testigos de la naturaleza, de nosotros mismos, y ese encanto nos impulsa al conocimiento. El segundo motivo es la duda, referida precisamente a ese conocimiento al que nos ha impulsado la curiosidad, y que necesita un examen crítico (Descartes situaba el lugar preciso de la duda donde tenemos más convicciones y seguridades). El tercer motivo es, una vez satisfechos el asombro y la duda, el percatarse de nuestra propia debilidad e impotencia; en este momento somos conscientes de nuestra (precaria) condición humana, de nuestra condición de seres falibles, finitos e indefensos frente a una realidad que nos excede. La filosofía está –entonces– ligada a nuestra propia humanidad; es una consecuencia lógica de ser lo que somos, como individuos y sobre todo como especie. 

En cuanto al impacto práctico de la filosofía, este se comprueba si indagamos un poco en la historia. Pongamos solo un ejemplo. Un acontecimiento que es generalmente conocido y que todavía nos habla mucho sobre nuestras formas políticas, sobre sus alcances y sus problemas. Hablo de la Revolución Francesa, un conflicto social que no surgió por generación espontánea sino que fue en gran medida la materialización de una nueva forma de entender el mundo, gestada en el pensamiento de una legión de filósofos. José Pablo Feinmann dice que las ideas de Descartes cortaron la cabeza de Luis XVI ¡Aún cuando Descartes había muerto más de un siglo antes de la caída del monarca! Pero si uno ahonda en la afirmación entiende por qué no es descabellada: en el pensamiento cartesiano aparece la pregunta del hombre por la realidad, una pregunta que siempre había encontrado respuesta en la idea de Dios; sin embargo, esta vez la respuesta se empezaba a situar en la esfera del hombre, en el sujeto como aquello que subyace a todo lo que existe. La expresión “Pienso, entonces existo” parte de poner al ser humano en la centralidad, y de desplazar el paradigma teocéntrico en la dotación de sentido del destino humano. 

El jardín de las delicias – El Bosco

¿Cómo justificar ahora la existencia de un poder monárquico que apelaba a la idea según la cual el Rey es un elegido de Dios para gobernar a los hombres? La monarquía absoluta tuvo que buscar otras fuentes de legitimación (pensemos en Hobbes), las cuales no lograrían sostenerse ante la poderosa burguesía y el descontento general del pueblo francés que desembocarían en los hechos bien conocidos de 1789. Aquí la aplicación de René Descartes a un oficio que no representaba ninguna utilidad para el sistema capitalista que comenzaba a gestarse en el siglo XVII, iría elaborándose con el pasar de todo un siglo hasta finalmente influir sobre La Revolución; cuyos efectos celebramos y lamentamos tan arduamente en la actualidad.

Las ciencias también deben ser contadas entre el inútil oficio del pensamiento; las que no han sido instrumentalizadas, cabe anotar, por los grandes aparatos de producción ni por la industria militar. Sino las ciencias que todavía nos hablan sobre el origen y el devenir del cosmos en el que estamos inmersos, sobre la naturaleza y sobre la humanidad. ¿Qué le dirían algunos de nuestros coterráneos antioqueños, a un hijo que quisiera estudiar astronomía en la universidad? ¿Qué le diría uno de los adeptos a los discursos de la innovación y el emprendimiento que vienen inundando estos valles? Probablemente le dirían que es mejor mantener los pies sobre la tierra, donde al menos se pueden extraer más fácilmente los metales preciosos y los hidrocarburos. Imagínese. Si aún entre los científicos es difícil justificar la posibilidad de utilizar la tecnología y la técnica en beneficio del espíritu. Pero en este campo tampoco han faltado las mentes inquietas. Carl Sagan, el conocido divulgador científico, creía que la ciencia no cumplía una función exclusivamente instrumental sino que en ella afloraban valores éticos y estéticos. 

Tal vez Sagan nunca lo expresó con estas palabras, sin embargo sus principales luchas científicas dejaron mensajes muy claros. Uno de sus logros más recordados fue el de hacer fotografiar la tierra desde la sonda espacial Voyager 1, a más de 6.000 millones de kilómetros de distancia y muy cerca de la órbita de Plutón. La idea no fue acogida cuando fue propuesta, en 1980: esa foto no servía para nada, no aportaba nuevos datos científicos, no era un avance que pudiera hacer gala de la supremacía aeroespacial de los Estados Unidos sobre la Unión Soviética en el marco de la Guerra Fría. Carl Sagan insistió. Insistió durante una década entera hasta que decidieron asumir los riesgos e invertir los recursos necesarios para girar la sonda espacial hacia la tierra, el 14 de febrero de 1990. ¿Qué retrataba la foto? Un punto azul pálido, del tamaño de un píxel, suspendido sobre un haz de luz. Más allá de cualquier utilidad inmediata, la fotografía dejó una reflexión a la humanidad; en palabras del científico: “nuestras posturas, nuestra importancia imaginaria, la ilusión de que ocupamos una posición privilegiada en el Universo… Todo eso es desafiado por este punto de luz pálida. Nuestro planeta es un solitario grano en la gran y envolvente penumbra cósmica. En nuestra oscuridad —en toda esta vastedad—, no hay ni un indicio de que vaya a llegar ayuda desde algún otro lugar para salvarnos de nosotros mismos.” Aquí hay un aviso urgente y una lección de humildad. 

Los oficios inútiles son, a fin de cuentas, la posibilidad de volver sobre nosotros mismos: un llamado a la pausa, la observación y la imaginación. Sobre todo los oficios inútiles nos llevan a pensar que el valor de las conductas y las elaboraciones humanas tienen poco que ver con su rentabilidad. El lector sabrá perdonar los saltos temáticos y la arbitrariedad de los ejemplos utilizados hasta aquí; correlativamente está la intención de ofrecer una mirada panorámica. Un collage. Un collage por lo demás inconcluso; la segunda parte de este elogio intentará reflexionar sobre la creación artística como el más radical de los oficios inútiles. Si además el lector juzga este texto como una pérdida de tiempo y –como el tiempo es oro– una pérdida de dinero, me doy por bien servido. Habré puesto un mínimo aporte, con menos talento y eficacia que la caterva de vagos a la que tanto le debemos, en expresar que no todo se justifica en el contenido del bolsillo; o como diría otra vez León de Greiff, “en menjurjes bursátiles y en un mayor volumen de la panza.” 

Ver: Elogio de los oficios inútiles (segunda parte)

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