Cómo un feminismo se convirtió en la sirvienta del capitalismo y cómo reclamarlo

Por Nancy Fraser (traducción: Alejandro Arcila Jiménez)

Como feminista siempre asumí que luchando para emancipar a las mujeres estaba construyendo un mundo mejor: más igualitario, justo y libre. Pero últimamente ha empezado a inquietarme el hecho de que las ideas que originalmente promovieron las feministas están sirviendo a fines muy diferentes de los que se proponía el feminismo. Me preocupa, específicamente, que nuestra crítica al sexismo ahora está suministrando la justificación de nuevas formas de desigualdad y explotación.

En un giro cruel del destino, temo que el movimiento por la liberación de las mujeres se haya enredado en una peligrosa ligazón con los esfuerzos neoliberales por construir una sociedad de libre mercado. Eso explicaría por qué las ideas feministas que una vez formaron parte de una cosmovisión radical se están expresando cada vez más en términos individualistas. Donde las feministas una vez criticaron a una sociedad que promovía la competencia, ahora aconsejan a las mujeres a que “Vayamos adelante”*. Un movimiento que una vez priorizó la solidaridad social ahora celebra a las empresarias. Una perspectiva que antes valoraba el “cuidado” y la interdependencia ahora alienta el avance individual y la meritocracia.

*Nota del traductor: la autora pone “Lean in” entre comillas para referirse al texto “Lean In: Women, Work, and the Will to Lead” de Sheryl Sandberg, directora de operaciones de Facebook, cuyo título fue traducido por la fundación Lean In como “Vayamos Adelante”, el texto promueve la competencia individual para alcanzar posiciones empresariales de poder y ha sido criticado por feministas como Susan Faludi, quien afirma que “anima a las mujeres a promocionarse de forma individual como objeto de consumo comercializable”.

Lo que está detrás de esta mutación en el feminismo es un cambio radical en el carácter del capitalismo. El capitalismo dirigido por el Estado en la era de la posguerra ha dado paso a una nueva forma de capitalismo: “desorganizado”, globalizador, neoliberal. El feminismo de la segunda ola surgió como una crítica a ese capitalismo Estatal, pero se ha convertido en la sirvienta del neolibrealismo.

Mirándolo de un modo retrospectivo, podemos ver que el movimiento de liberación femenina apuntaba simultáneamente a dos posibles futuros. En un primer escenario, prefiguraba un mundo en el que la emancipación de género iba de la mano de la democracia participativa y la solidaridad social; en un segundo, prometía una nueva forma de liberalismo, capaz de otorgar a las mujeres como a los hombres los bienes de autonomía individual, mayor elección y avance meritocrático. El feminismo de segunda ola era, en este sentido, ambivalente. Compatible con dos visiones diferentes de la sociedad, era susceptible de tener dos evoluciones históricas diferentes.

En mi opinión, la ambivalencia del feminismo se ha resuelto en los últimos años en favor del segundo escenario liberal-individualista, pero no porque hayamos sido víctimas pasivas de las seducciones neoliberales. Al contrario, nosotras mismos contribuimos con tres ideas importantes para este desarrollo.

Una contribución fue nuestra crítica del “salario familiar”: la idea de una familia compuesta por un ama de casa femenina y un proveedor masculino era fundamental para el capitalismo dirigido por el Estado. La crítica feminista de ese ideal ahora sirve para legitimar el “capitalismo flexible”. Después de todo, esta nueva forma de capitalismo se basa en gran medida en el trabajo asalariado de las mujeres, especialmente el trabajo mal remunerado en servicios y manufacturas, realizado no solo por mujeres solteras jóvenes, sino también por mujeres casadas y mujeres con hijos; realizado no solo por mujeres discriminadas racialmente, sino también por mujeres de todas las nacionalidades y etnias. A medida que las mujeres se han volcado en los mercados laborales de todo el mundo, el ideal del salario familiar del capitalismo estatal está siendo reemplazado por la norma más nueva y más moderna, aparentemente sancionada por el feminismo, de la familia de dos trabajadores asalariados.

No importa que la realidad oculta en el nuevo ideal sea la rebaja de niveles salariales, la reducción de los sistemas de seguridad en el trabajo, el descenso en los niveles de vida y el aumento pronunciado en el número de horas trabajadas por familia, la generalización del doble turno –hoy en día incluso un triple o cuádruple– y el incremento de la pobreza, cada vez más concentrado, en los hogares encabezados por mujeres. El neoliberalismo pretende vestir a la mona de seda mediante la elaboración de una narrativa del empoderamiento femenino. Invocando la crítica feminista del salario familiar para justificar la explotación, aprovecha el sueño de la emancipación de las mujeres para impulsar la acumulación de capital.

“Echo” de Ellen Thesleff (1981)

El feminismo también ha hecho una segunda contribución al espíritu neoliberal. En la era del capitalismo Estatal, criticamos la visión política restringida que centraba todas sus luchas intensamente en la desigualdad de clase y era miope a la hora de ver las injusticias “no económicas” como la violencia doméstica, la agresión sexual y la opresión reproductiva. Rechazando el “economicismo” y politizando “lo personal”, las feministas ampliaron la agenda política para desafiar las jerarquías de estatus basadas en construcciones culturales de la diferencia de género. El resultado debió haber sido el de expandir la lucha para abarcar tanto los asuntos de la cultura como los de la economía. Pero el resultado real fue un enfoque unilateral en la “identidad de género” a expensas de los problemas del “pan y el queso”. Peor aún, el giro feminista hacia la política de la identidad encajaba perfectamente con un neoliberalismo que estaba interesado en reprimir y hacer olvidar toda lucha por la igualdad social. En efecto, absolutizamos la crítica del sexismo cultural precisamente en el momento en que las circunstancias requerían redoblar la atención a la crítica de la economía política.

Finalmente, el feminismo contribuyó con una tercera idea al neoliberalismo: la crítica del paternalismo del Estado de Bienestar. Era una idea innegablemente progresista en la era del capitalismo organizado por el Estado, sin embargo esa crítica ha convergido desde entonces con la guerra del neoliberalismo contra el “estado niñera” y su reciente apoyo cínico a las ONG. Un ejemplo revelador de este fenómeno es el “microcrédito”, el programa de pequeños préstamos bancarios para mujeres pobres en el sur del planeta. Presentado como empoderamiento, como una forma de poder participar desde abajo sin esperar la acción de la burocracia estatal, se está considerando como el antídoto feminista para la pobreza y el sometimiento de las mujeres. Sin embargo, se ha olvidado una coincidencia inquietante: el microcrédito ha florecido al tiempo que los Estados han abandonado los esfuerzos macroestructurales para luchar contra la pobreza, este es un esfuerzo que los pequeños préstamos no pueden reemplazar. En este caso también una idea feminista ha sido utilizada por el neoliberalismo. Una perspectiva dirigida originalmente a democratizar el poder estatal para empoderar a los ciudadanos y darles herramientas de participación que incidieran en las decisiones del Estado ahora se utiliza para legitimar la mercantilización y la reducción del Estado.

En todos estos casos, la ambivalencia del feminismo se ha resuelto a favor del individualismo (neo)liberal. Pero por otra parte, el escenario solidario todavía podría estar vivo. La crisis actual brinda la oportunidad de retomar el hilo una vez más, reconectando el sueño de la liberación de las mujeres con la visión de una sociedad más justa. Para ello, las feministas debemos romper este peligroso vínculo con el neoliberalismo y reclamar nuestras tres “contribuciones” para nuestros propios fines.

Primero, podríamos romper el falso vínculo entre nuestra crítica del salario familiar y el capitalismo flexible mediante la militancia en pos de una forma de vida que no gire solo en torno al trabajo asalariado y valore también las actividades no remuneradas, incluyendo, junto a otras actividades, la economía del cuidado. Segundo, podríamos interrumpir la relación que hacemos entre nuestra crítica del economicismo y la política de identidad integrando las luchas para transformar un orden de estatus basado en valores culturales machistas con las luchas por la justicia económica. Finalmente, podríamos romper el vínculo falso entre nuestra crítica de la burocracia y el fundamentalismo del libre mercado reivindicando formas de democracia participativa siempre que sean un medio para fortalecer los poderes públicos, necesarios para restringir el capital en favor de la justicia.

*Nancy Fraser (Baltimore20 de mayo de 1947) es una filósofa política, intelectual pública y feminista estadounidense. Ha ejercido como profesora de ciencias políticas y sociales. En la actualidad es profesora de filosofía en The New School en Nueva York​. Es ampliamente conocida por sus críticas y contribuciones teóricas en el ámbito de la filosofía política, especialmente es cuestiones de política de la identidad, sobre el constructo de justicia social y la teoría feminista. El presente artículo se publicó originalmente en inglés en octubre del 2013 en el portal de The Guardian: https://www.theguardian.com/commentisfree/2013/oct/14/feminism-capitalist-handmaiden-neoliberal

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