El problema de la pobreza

El modo en que políticamente se comprende la pobreza es determinante en la elaboración de las estrategias políticas que han de enfrentarla. A continuación haré alusión a dos ideas que yacen al imaginario social y político sobre la misma y que explican en gran medida su persistencia.

Estamos habituados a escuchar acerca del “problema de la pobreza”. Sin embargo, esto constituye un serio equívoco porque desvía la mirada de lo que debería ser el foco de atención. Por el contrario, Atilio Borón sostiene que nuestro verdadero «problema» no es la pobreza sino la riqueza. No obstante, y contrario al sentido inmediato de su expresión, lo que pretende el autor no es que nos concentremos simplemente en la otra cara del fenómeno, sino en lo que está en su base. Es decir, que la comprensión del mismo ha de atender no sólo a la pobreza y a la riqueza en tanto efectos o estados de cosas, sino especialmente a las causas o mecanismos que producen la desigualdad social. Justamente la tendencia a individualizar la pobreza, a considerarla como un asunto individual, es el primer rasgo sobre el que hay que hacer énfasis en el modo en que suele representarse políticamente la misma. Y no por casualidad existe una vasta producción teórica, “científica”, sobre la que se legitiman las políticas gubernamentales para «atacar la pobreza». Para la muestra, un fragmento de The News Politics of Poverty (La nueva política de la pobreza) del estadounidense Lawrence Mead: “La política social abandonó progresivamente la meta de reformar la sociedad y ahora se preocupa por supervisar la vida de los pobres (…) Si la pobreza se debe principalmente al comportamiento de los pobres y no a las barreras sociales, lo que hay que cambiar es entonces ese comportamiento, y no la sociedad. Y, ante todo, es preciso desalentar los embarazos ilegítimos y elevar el trabajo (…) Ninguna reforma estructural puede modificar esas identidades, porque en la nueva política de hoy en día la cualidad decisiva de una persona es la personalidad y no el ingreso o la clase. La gran fractura de nuestra sociedad no es la que separa a los ricos de los menos ricos, sino a quienes son capaces y quienes no son capaces de ser responsables de sí mismos”.

En consecuencia, y en segundo lugar, tras ser individualizada y al ser desligada la explicación de la pobreza de la estructura social, la gestión se convierte en el tratamiento institucional por excelencia de la misma. La implicación de esto es que la pobreza deja de ser considerada políticamente como un problema estructural y se torna meramente en un problema estadístico. De ahí que el verdadero desafío para los gobiernos de turnos sea, antes que eliminar toda forma de pobreza, evitar que las cifras comparativas desciendan y que se empeore la imagen pública de la administración. Por esta razón, políticas relacionadas con la distribución de la riqueza para superar la desigualdad, con la implementación de derechos socio-económicos, e incluso, con una transformación más profunda de la división del trabajo y del mercado como mecanismo de distribución de la riqueza social, brillan por su ausencia.

Así pues, la consideración de la pobreza como un simple “estado de cosas”, como un “hecho social”, elimina la relación que hay entre la estructura social y las dinámicas y condiciones que de ella se derivan. Esto, claro está, es sumamente problemático debido a que al no aparecer como algo producido por la misma organización social, la pobreza deja de representar un desafío a su legitimidad. Ya no podría hablarse por tanto de que el orden social existente es injusto, sino tan sólo de que hay algunos problemas que hay que “ajustar”. De ahí la importancia de hacer conscientes las formas en que los discursos científicos y políticos se representa la realidad social. Pues una repetición de esas representaciones silencia la posibilidad y la necesidad de la crítica social, conduce a que las personas introyecten la culpa absoluta de su situación y a la larga, bien sea por costumbre o por resignación, terminen por creerlo.

Pintura: Jean Pierre Alexandre (1849)

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