No pongo los codos en la mesa

Andrea Ávila se mueve en el escenario como si deambulara en carbón encendido. Su vientre se dobla en espasmos feroces y adelanta los hombros para golpear el viento que le huye. Arquea la espalda y la ira le inunda el cuerpo. De sus labios, la sangre. Dos líneas finísimas caminan por las comisuras de sus labios hasta descansar en el cuello. Parece que el cuerpo de Andrea hubiese llegado de donde no se vuelve. De sus labios, la sangre. Parece que Andrea fuera otro nombre que se pone en la lista de los muertos. Las luces del escenario dibujan sombras y claridades en su rostro. Apenas parece humana, su poder me invita al temor o a la adoración mística, es La Poseída, la que se muerde la lengua para que brote la sangre, Andrea Ávila y sus piernas cortas que repican como un cuervo sofocado. Es la vocalista de Agressor. 

La banda se fundadó en el año 1985. Su historia en la música puede dar cuenta de una época en el proceso del Metal nacional, y si bien su agrupación ha sido muchas veces trastocada por los cambios, no ha perdido el sendero de la violencia musical, de letras perturbadoras, de las cicatrices que deja en el alma lo vivido, lo sufrido y lo recuperado. No pudo haber sido de otra manera. En la época que la banda fue conformada por Jorge I. Molina vocalista y bajista, Mauricio Montoya baterista y Toño Guerrero como guitarrista, Pablo Escobar llenó de humo negro los cielos, de escombros las calles y de cuerpos los cementerios.  Cantar a la violencia para Agressor no es una apología, ha sido una lugar para la resistencia: repudiar con violencia la violencia, de cubrir la oscuridad con oscuridad. El arte está ahí para sublimar la vida, y cuando escucho la voz de Andrea devorarme las entrañas, me atormentan todos los gritos de las madres que han llorado a sus hijos en este país de pesadumbre. No consigo entender si es paz o temor…o el ron mezclado con cerveza, pero mi memoria apenas atinó a recuperar las palabras de Porfirio mientras Agressor hace la noche más oscura: “tal vez bajo otro cielo la gloria nos sonríe”.

Andrea Ávila es la miembro más joven de la agrupación. Dice que tiene sus veintitantos mientras sus labios se curvan con suavidad, reluce algo parecido a una sonrisa, hay algo de timidez. En la mandíbula y el cuello la sangre ya está seca y cuarteada. 

— Yo también tuve momentos que me marcaron mucho de la violencia, nací en la comuna 13. En la gran parte de mi adolescencia habían balaceras diario. También tuve miedo. Curiosamente la música llegó a mí: el punk el metal, Rodrigo D: No Futuro y quise expresarme. Ahora un poco mayor, encontrarme con esa violencia en Agressor, es encontrarme con mi pasado. mi presente y mi futuro. Para mí la relación entre violencia, sociedad y juventud es eterna. 

Saca de su bolso una botella de agua. Vierte su contenido en un pañuelo y se limpia la sangre del rostro, la mezcla adquiere la viscosidad del pantano y se desliza por su piel. Repite la rutina en varias ocaciones casi como un mantra. Andrea queda sin la máscara que le impone la música, advierto entonces frente a mí a una mujer de rostro suave y redondo, cándido. Sus rasgos pertenecen al campo de la confianza como si hubiera sido construida en un palacio de la repostería en Medellín, el Astor, quizás. Los sonidos guturales que rasguñan la piel se quedaron atrás de los aplausos. Su voz es como de flauta. Aguda. Como de vidrio. Aguda. 

—Tú dices que cuando nos bajamos del escenario somos muy tranquilos- me dice Andrea- es que cuando una persona sufre tanto aprende a apreciar la bondad. 

Pero cuando vemos a Andrea en el escenario asistimos a una metamorfosis, como si le corriera ácido por sangre y una criatura sustentada en todos los fuegos del infierno y en todas las pesadillas imaginables escapara para despegarnos la carne de los huesos. Es la liberación, la violencia cae como una patada en la cara.

—Yo en mi cotidianidad veo, leo, vivo, estudio, tengo sensaciones adversas y eso me va llenando, me va llenando, me va llenando, me entero de las noticias de lo que pasa en nuestra sociedad y eso me va llenando, me va llenando de esa pasión, de esa hambre y cuando me monto en el escenario ya estalla lo que alguna vez sentí.

Vuelve a su bolso. Busca en él con sus manos de gorrión. Descubre el maquillaje y lo abre como un regalo. Impregna la esponja y con lentos círculos se unge el rostro. Lleva un pantalón camuflado que admite usar con temor cuando sale a caminar por las calles de su barrio; “una mujer poniéndose camuflados ¿será una paraca, miliciana, guerrillera, una satánica?”, dice. La Poseída, como la llaman por la estrepitosa voz que arde en su boca, se está acicalando el cabello con un cepillo.

—A veces creen que uno no es tan femenino y en este momento me estoy maquillando y peinando porque soy una mujer. Si tú me preguntas cómo me considero, yo te diré que me considero una dama.

La Poseída, la dama, una mujer que ha sabido hacer con los esquemas lo que el puño con el vidrio, da una última mirada a su espejo de bolsillo antes de guardarlo. Se ve tranquila aunque para Andrea encontrar los portentosos guturales fue una ardua tarea que le llevó años. Nadie le enseñó. Le costó las lágrimas que en otros tiempos derramaban las madres de los muertos, los ríos de sangre que hacen arroyo en las cunetas de las comunas y el trabajo que termina por ser lo que edifica la reconstrucción social. Así terminó cantando con ira de una sociedad de la ira: para repudiarla.

Fotografía: Daniel Galeano.

— A mí me dicen que yo tengo voz de muñequita, es que escúcheme hablar y yo sé que la voz de una mujer tiende a los rasgados y me gusta mucho transgredir. No creo que abandone nunca lo femenino pero sí transgredo lo que la gente cree que debe ser.

— Si tuviera que elegir una palabra para designar la actualidad de lo femenino, es la transgresión, pienso mientras vuelvo a escuchar las palabras de Andrea que ahora se han inmortalizado en mi grabadora.

 Le gusta que la traten bien, le gusta ser cortés. Es locuaz y no le gusta poner los codos sobre la mesa. La música le ha dado el signo para descifrar la emoción que lo gobierna todo y lo recorre todo. Porque las sonrisas no pueden abrigar los ardores que produce una ciudad enmarañada en el llanto, porque en la ciudad de la Eterna Primavera, los ofendidos crecen  entre la sequía. El metal abrió las tierras para que el agua suavizara la aridez que nos quedó de las balas. Lo que une a Agressor con el público es el sentir: la frustración y la alegría, no buscan las manos tersas o las gruesas, no sabe de mujeres ni de hombres, esas categorías nos las ha impuesto el pensamiento y la historia del opresor. El amor no sabe si es un corazón virgen o añoso.

—Yo cuando me monto a un escenario lo que en realidad hago es sacar a flote mis sentimientos, porque estoy siendo sincera y la gente se conecta no porque sea mujer o hombre… porque para mí los sentimientos no tienen género.

La mujer que caminaba por carbón encendido se aleja de mí como si recogiera flores en un canasto, parece flotar.  Veo cómo en ella se agolpan los sentimientos de lucha de todas las generaciones, que su voz femenina se une al ardor de la tierra para proclamar el descontento, que sus hermanas en la tierra no están solas, que sus hermanos en la tierra no están solos. Hoy he encontrado la esperanza en la ira,  por que el fuego transforma. El fuego. La mujer que caminaba sobre carbón encendido subió a la tarima para destapar los oídos de los indolentes. hágase el fuego en tu boca, Andrea.

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