Suspiro precario

Por Judith Ponce Ruelas

El mundo escribe incesantemente. En la prensa miles de palabras revelan el caos que acontece en la gran metrópolis, extraño lugar del cual somos objeto dialógico los amantes de la nada, entre ellos yo. Sitio donde habitan los sujetos de agonías impregnadas en el desprecio incesante, producto de la cólera irreversible del ser, entre ellos él.  

Días amargos, paralelismos contradictorios y mareas súbitas de agonía proliferante. Entre un surco de ideas y el abrumo de opulencias folclóricas, descansa lo que hoy reconozco como el pedazo de dignidad que le queda al vacío de mi existencia.

Mastretta sufre de ataques epilépticos, me lo dijo el diario de un martes cinco de marzo, inmediatamente pensé en mi recurrente agonía, tomé un trozo de servilleta y recité en mente y puño lo que sería mi indubitable despedida:

“Querido tú, o ya no sé si tan querido. Permaneces en mis pensamientos con la misma extrañeza con la que abracé nuestro primer encuentro, aquél esporádico y precario instante en el que nuestras miradas evidenciaron nuestra existencia. Te escribo, ya no en tiempo, tampoco en forma, la verdad es que ni siquiera sé si tenga algún sentido hacerlo, pues la existencia misma es incorregible, los nuevos trayectos pueden ser mejores, pero no puede anularse el daño involuntario emanado de las incuestionables razones que albergan nuestras almas. Llegaste a mi vida, tú ya sabes cómo, el “cuando” representa el dilema, éste se aclaró con el tiempo, no obstante, tarde entendimos que esa situación fue la más adversa de nuestro querer.

Tras dudas y arrebatos te pedí una señal, instauraste la caballerosidad y una tremenda incertidumbre, lograste despojarme de mis miedos, y una vez estando lista, vacilaste nuevamente conmigo. Me dejaste deseosa, ansiosa y predispuesta, te burlaste de mi pueril forma de pedirte perdón, desde entonces no descansan mis ganas, no he podido encontrarme nuevamente en ti.

Me he repetido veintitrés veces que, no hay nada más interesante que intentarlo y fenecer, a vivir con la amarga incertidumbre de lo que hubiera sido nuestro. Hay días que te sueño bailando conmigo, mirándome a los ojos, sonriendo y cantando al unísono la pieza que ejecutamos juntos, en un suspiro precario logro coordinar los latidos de nuestros cuerpos, y en un despliegue de mis lamentos vuelvo inmediatamente a mi áspera realidad.

¿Cómo decirle al mundo las ganas inefables que tengo de tomarte de la mano, caminar contigo o simplemente burlarme de tus manías? ¿Cómo hacer algo que no consienten tus ganas? ¿Cómo hacer para apaciguar las mías?

Me he cansado, no de ti, sino de lo que una vez fueron genuinos arrebatos y ahora una consciente y total indiferencia. Ya no sé si mi amor persista o se haya convertido en un capricho, pero te juro que te amé, que te procuré respeto, admiración y un insaciable deseo, pero no podía brindar mi cariño simultáneamente a dos infantes y necios corazones.

Tarde comprendí que es tarde, cedí sin cederme completamente y aunque hayas prometido nunca irte, entiendo que haya promesas que se tengan que incumplir”.

Tomé el trozo de servilleta, lo estrujé violentamente contra mi pecho, y después de dos segundos lo vertí en mis deseos de olvido y en los impulsos naturales que reclamaban una segunda oportunidad. Abandoné junto a la taza vacía de lo que fue un amargo expreso, el último pensamiento que tuve de su persona.

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