El principio

Por Marisol Gómez

I.

Hoy me llamaron mediocre. La culpa es de la escritura, los días de escritura de ayer y la no escritura de hoy.  

Afirmo, sonrío. Algo de razón tiene ese amigo (quien se ha excedido en tragos de licor) al decirlo.

Dice, además, que me anulo, me borro, me extingo viendo pasar las hojas en blanco.  Que me niego o elimino porque no he vuelto a intentar decir lo que antes era capaz de decir, por no describir lo que él parecía disfrutar. ¿Por qué dejaste de escribir? ¿Por qué ya no fluye la pluma? –me dice. No tengo nada para decir, no hay nada claro, no respondo.

II.

Ayer recordé a Lispector y sus notas sobre el arte de escribir como esa “maldición que salva”, sobre ese prolongar el tiempo y dejar una especie de constancia de aquello sucedido, sentido, imaginado. Tiene razón Clarice cuando le otorga una especie de don de “salvación” a la escritura, así que acojo lo que dice porque me lleva a pensar en la escena diaria que recreo mientras vivo, esa escena que hace mucho no hago palabra escrita.

Y es que me pasa, algunas veces, que no logro comprender, saborear y sentir al máximo cualquier suceso a menos que lo escriba, que lo vuelva a recrear como algo ya vivido que intento hacer texto para salvar del olvido y el sin sentido, para proyectar un aprendizaje al que quizás luego habría de volver.

Cuando escribía, eso incluía la batalla mental, las manos intentando alguna forma para llamar la palabra precisa, la imagen que aparecía en el proyector interno, la voz que a veces salía como ayuda extra. Incluía, además, el pequeño duelo –duelito- cuando no lograba hallar la palabra necesaria, o cuando aquello que experimentaba no cabía en ninguna letra; en ese momento al menos me permitía probar la sombra que se hacía sentir, el recuerdo que aparecía en tonos pasteles, la sensación indescifrable pero experimentada.

En todo caso, acojo ese apunte de Clarice pensando en que aún estoy a tiempo de salvarme escribiendo, y le agradezco una vez más sus frases hechas oración, las que acompañan algunos estados de mi vida desde hace un tiempo, las que recito como cualquier ritual personal que a nadie más tiene por qué salvar.

Pintura: Jean Baptiste Camille-Corot

III.

Antes de ayer, una mujer de esas que llegan para danzar en la armonía femenina donde nos acompañamos desde el movimiento y el canto del alma, repite en su voz un escrito de un amigo, el amigo que ha parafraseado un escritor periodista, el periodista que seguramente escribió sintiendo esa dualidad que muestra inseparable: amar y padecer el oficio de escribir.

“Escribir jamás fue un oficio placentero (…) escribir ayuda a olvidar, a olvidarse.”

Y ese mensaje que llega, así, en retrospectiva como todo este relato, es el resultado de otras varias conversaciones acerca de la escritura, de los sueños fugaces que en el pasado tomaron la forma de libros propios, de los escritos para permanecer vivos, de lo dicho para pelear con el tiempo y para prolongar la existencia de un amor, de lo registrado para explicarse a sí mismo realidades que sobrepasaron nuestros límites, de lo escrito como intento de conectarse con un universo casi poético, de lo dicho a través del tiempo para ahorrarnos caminos y abrirnos mundos inexplorados.

En fin. Si escribir ha de salvar cualquier vida, en medio del placer y el displacer que cause, que me salve de estos tiempos donde aún no sé qué hacer con los cantos libertarios, las asanas que alivianan y recargan, la respiración que oxigena hasta el espíritu, el oficio que hoy me tiene en movimiento y me consume al mismo tiempo. Que me salve de ese pasado perdido para siempre que a veces se manifiesta en forma de nostalgia, otras de agradecimiento y otras más de adioses totalmente convencida. Que me salve, también, de ese temor al futuro.

Y todas esas conversaciones de hoy en un café, de ayer en un sofá, de anteayer en un bus y de otros días más hacia atrás, en cualquier sitio, bien parecen ser la consecuencia de una necesidad del alma a la que me resisto todavía. Porque algo de premonitorio hay en que todo, últimamente, me lleve a querer escribir, a un reclamo interno por no hacerlo cuando incluso aparecen imágenes mentales que voy dejando pasar sin mayor provecho…

No sé qué estoy llamando ahora que me animé a escribir, no tengo clara la búsqueda y a dónde me llevará y no sé si acaso sí pueda llevarme a todo lugar a cuanto la encomiendo en este relato, pero quizás sí tengo claro el camino que necesito empezar a andar.

Algún principio ha de ser éste. Y como todo principio algo habrá de permitir.

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