La biblioteca de Sarajevo

I

Conozco pocos objetos tan dignos de compasión como los libros. Un libro no puede defenderse. Tampoco puede contestar. Un libro sólo sabe hablar. La mayoría de las veces callar. Pero lo que dice no siempre es del gusto de todos. Tampoco de sus amigos. Guardo un buen recuerdo de los libros. Durante la escuela, leí muchos. Pero en el instituto, tal vez por las chicas, dejé de hacerlo para no parecer un tonto. Después vino la guerra y las armas hicieron las palabras inútiles. Pero me sentí triste el día que ordenaron destruir la biblioteca.

Quien dio la orden fue Koljevic, un antiguo maestro de la universidad.

– ¿Por qué la biblioteca? – pregunté en voz baja.

Por supuesto, nadie me contestó.

Koljevic estaba detrás de nosotros. Pequeño, grueso, irritado. Fumaba un cigarrillo tras otro y estaba muy callado, tenso, entre los soldados de la Srpska. Después, cuando cesamos el bombardeo y el edificio ardía, se acomodó las grandes gafas, afinó su voz y dijo en un tono seco, que desmoralizaba: Señores, es todo. Lo hemos hecho por la patria. Y se subió en el auto que lo esperaba.

Desde la colina, vi a los funcionarios tratando de salvar los libros. Pequeñas figuras desesperadas, que arrojaban los volúmenes desde todas las ventanas. Muchos libros cayeron al río. Otros tantos, a las calles donde la gente los recogía para amontonarlos en la acera. Cuando aceptaron que no podían salvar el edificio, todos huyeron de él y se reunieron en calle con los vecinos para contemplar cómo ardía.

A partir de ese momento, me escabullí.

Me infiltré en la ciudad por el río. Me dejé llevar por sus aguas en completa oscuridad. En la madrugada, llegué a los alrededores de la biblioteca. Me ayudaron a salir. Largas mangueras arrojaban exiguas cantidades de agua sobre el edificio. Montañas de libros se apilaban afuera. Ayudé a acarrearlos hasta los camiones y estuve juntado, hasta las primeras luces, una a una, las hojas de un de un libro de versos que me dio pena abandonar en la calle.

Más tarde, nos encontrábamos sobre el Šeher-Ćehajina descansando, tomando un café oscuro, cuando uno de los bibliotecarios subió al pretil del puente. Permaneció de pie, mirando al horizonte.

– ¿Qué haces? – Le pregunté, dejando mi café a un lado.

– Han atentado también contra las palabras. Queda el silencio. Es inútil hablar – Me respondió con la voz entrecortada y se arrojó a las aguas del Miljacka.

Dicen que ardieron un millón quinientos mil libros.

Mercado de Sarajevo – Alois Schoon

II

Heine escribió que donde se queman libros, se acaba también quemando seres humanos. Intuyó acertadamente que allí, donde ha dejado de importar la cultura, el hombre, que le debe todo a ella, está condenado a desaparecer. Pensó bien. Nosotros, sin embargo, que hemos amado más a los libros, que somos los representantes de la cultura, empezamos matando primero a los hombres, que nos parecían menos reales que los personajes de nuestras novelas. Quien no vea ironía en estas acciones, tal vez deba apartarse de los hombres, pues es un santo. La cultura nos hizo imaginativos, como la metafísica y la ciencia hicieron a los alemanes metódicos. Y ya sabéis el refinamiento y la eficiencia de las ejecuciones en los campos de exterminio. El destino de los libros está fatalmente unido al de los hombres en una lógica de causalidad. También al mío, si estoy dispuesto a llegar hasta el final: halar este gatillo contra mi cabeza.

Como la vida misma, este largo discurso será una larga digresión. La correcto sería ir de la nada a la nada, sin el inútil comentario de la existencia. Pero el hombre es un simio hablador.

Ordené quemar todos los libros y debo agradecer a los libros lo que soy, incluso esta botella, incluso la infamia por la que seré recordado.

Con qué ferocidad me resistí al cambio. Con qué brutalidad me arrojé a negar en el otro lo que me resulta distinto. Extranjero o no. Separatista o no. A todos los odié. Romanos, eslavos, turcos, austriacos, rusos. Todos cuantos en nuestra dilatada historia, nos dominaron y pretendían quedarse con una tierra que no pertenecía a nadie. No ignoro que las fronteras son ondulantes. Que la identidad nacional es un arduo trabajo de ideólogos, mercaderes y publicistas. Pero he ahí que soy un hombre: esta patria es todo cuanto conozco. Aunque la conformación actual de nuestra nación no alcance medio siglo, ese breve periodo de tiempo abarca mi vida entera. Me resisto.

El racismo del que me acusan es sólo un atenuante de la verdad. Cualquier hombre puede y merece ser destruido.

En mi caso, habrá que decir, además, que la biblioteca ardió por la necesidad de destruirme en los objetos que amé. Mi hijo murió. Mi patria se desintegró. ¿Qué me quedaba, pues, sino los libros? ¿Qué me quedaba, pues, sino ese discreto orden, esa felicidad de abrir un volumen y soñar? Los destruí, porque me unían a la tierra y yo deseaba marcharme.

Sobre la colina del Este ordené dirigir el fuego de los obuses hacia el edifico.

Aunque esa noche partí temprano, nadie supo que, al dirigir el emplazamiento de un puesto avanzado, vi sobre la orilla del Miljacka, las hojas de varios libros que, arrastradas por la corriente, habían encallado en el sitio. Lo que había hecho terminó por alcanzarme. Mi rostro es la página cuarteada y borrada de un libro.

Lo que ahora escribe no es más que un fantasma. No me queda sino halar el gatillo.

Adiós.

III

Conocí a un hombre que dedicó toda su vida a escribir un único libro. Le llamaban Alic. Era poco más que un mendigo. Un libro que entraba tras cada puerta, que hurgaba en las ventanas de las casas o de los edificios y desembocaba en cada callejón de la ciudad. Alic Era un escrutador minucioso, un oyente de todo cuanto acontecía en Sarajevo. Escribía cada día. Cuando empezó el asedio a la ciudad, empezó a ir cada vez más al mercado a informarse de cada cosa que ocurría: la cifra de heridos y los muertos, las privaciones que afrontaba la gente, las anécdotas increíbles u horribles que dejaba la guerra. En la tarde llegaba a la biblioteca y lo apuntaba todo, con minuciosidad. Nunca le vi leer un sólo libro que no fuera el suyo.

A pesar de ello, no dudó en abandonar su libro para rescatar los otros volúmenes que iban a arder en la biblioteca. Como todos los empleados estuvo arrojando todos los libros que pudo por las ventanas del edificio. Pasado el incendio empezó a buscar su propio libro entre las ruinas, en los depósitos a los que habían llevado algunos volúmenes e incluso en el río que bogaba sobre una barca. Su búsqueda parecía no tener fin. Un día, en uno de los depósitos donde trabajaba, le pregunté si no era injusto lo que le había pasado. Me contestó:

Es justo que yo también haya perdido mi vida. Es justo que esté avocado, como todos, a la tarea de encontrarla

Conocí a un hombre que decidió destruir todos los libros. Su nombre era Nikola Koljević. Pianista. Profesor universitario, lector apasionado y erudito de Shakespeare. De él, aprendí el amor por los libros. No sólo por el contenido, sino también por el volumen físico. (Theodor Adorno desconfiaba del amor a los objetos, decía que revelaba una incapacidad de amar a los otros).

Todavía siento una extraña ternura al llevar uno de estos objetos en la mano.

Koljević se suicidó de un disparo en 1997, sin haber sido enjuiciado alguna vez por lo que hizo. Llevaba años entregado al licor.

Dicen que sobrevivió al disparo una semana.

Dicen que odiaba a los libros.

Dicen que por eso escribí sobre él, que quise su existencia transcurriera en un libro, que nunca pudiera escapar de él.

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