Tres poemas del sueño

DUERMEVELA O BREGAS DE LA VIGILIA

Toda la noche nos tasó mal la balanza del cielo y amanecimos pobres de cuerpo y de palabra      como dos soles lánguidos           ahora una y otra y otra mano penden pesadas sobre el centro ¿de qué cuerpo van para qué cuerpo?        en la alcoba sin tregua desfilan por la orilla húmeda estas manos húmedas y pulidas en la rueda del azar       ¿qué noche? toda esta noche         nos tasó mal la balanza del cielo y amanecimos con el cuerpo ajeno y la palabra mascullada          duerme          cierra los ojos y duerme         un sol lánguido meterá por la ventana sus rayos y palidecerá nuestro cuadro amatorio sin cielo y sin balanza del cielo           mañana seremos el diálogo          duermes ¿todavía?         el poema de la piedra lanzada hacia atrás y la inmortalidad de la alcoba que no necesita del cielo           toda la noche            todas las noches nos tasó mal la balanza del cielo            por las fracturas de la devoción se filtra el peso de la palabra como un líquido amargo          ¿y  mañana?         seremos el diálogo pobre de cuerpo y de palabra           ahora una y otra y otra mano penden pesadas sobre el centro                 entre la divinidad y el fango.

LA HORA DEL LOBO
O VARIACIONES EN TORNO A

BERGMAN.

Pero, ¿qué reflejan estos cristales
que todavía en la noche recogemos,
y ponemos en el rincón más escondido
                                                        del cuarto,
para que otro no se corte
y manche de sangre las paredes?

Los restos del espejo
en el día se amontonan nuevamente,
y hay que barrer y barrer.

Pero lo que reflejan
en el titileo agudo de sus puntas…

¿Nos lo dirás, amiga,
antes de que llegue la hora del lobo?

¿Nos lo dirás
antes de que también las esquirlas
te clausuren los ojos
y no quede el sosiego de la carne,

–pero qué reflejan estos cristales
que todas las noches recogemos–

nos lo dirás antes
de que no quede el fantasma pobre
del recuerdo?

POEMA DE LA INQUIETUD

A los veintisiete años
se tocaron, en mí, la adolescencia
y la primera vejez,
                             y no se repudiaron.
Como estaciones supieron las dos ser estériles
                        y fértiles y solitarias.
No se repudiaron sino que me atisbaron
como cazadores agudos.
Se asomaron a mi cuerpo
y lo encontraron negligente y dijeron:
veintisiete años es una mala edad
para morirse.
Lo dijeron las dos porque, se sabe,
solo la muerte fija el cuerpo en la memoria
del mundo.

Todo lo demás fue sueño,
y qué otra cosa –distinta– nos puede decir
el sueño.

Pintura: Composition VI (1913) – Vasili Kandinski.

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