Acerca de la poesía

Alejandra Pizarnik dice: “Hablo como en mí se habla”. Esto es, la poesía es un lenguaje que cada uno oye hablar, crecer, en su interior. Un lenguaje íntimo, sí. Pero que, al decir de Hugo Mujica, no viene del poeta, ni del mundo, sino de su encuentro. A veces de su colisión.

La poesía es así el sonido de tal concurrencia. Es el brotar lenguaje de una relación. Si no tuviéramos palabras, el sonido sería inarticulado, como en el acoplamiento rítmico de dos cuerpos; o mudo, como el chocar de dos piedras.

Por eso, las palabras que el poeta puede llamar suyas, hacen parte del oficio, de la periferia de lo poético, no de lo fundamental. En cambio, aquellas que no le pertenecen, esas que lo encuentran a él, son las esenciales, las verdaderamente poéticas: pues son el lenguaje desnudo, auténtico de la vida irrumpiendo en otra vida y dándose a escuchar: encarnándose palabra, naciendo lenguaje.

El encuentro es como el de dos cuerpos que conciben a otro ser. Ese ser, la poesía, lleva los rasgos de cada uno de los padres. Habla con el lenguaje de los hombres, pero manteniendo la oscuridad, la inaprensibilidad, de la vida

Por tal motivo, la poesía enseña: hace al poeta escucha (como en Mujica), pero también testigo, lugar, de algo nuevo que acontece en su interior. De una revelación que no puede llamar suya. De una luz, que no pocas veces es oscura. Por eso decimos que la poesía ocurre, adviene. No se premedita, ni se anticipa. De la misma manera que se ignora cuál de los golpes sobre la yesca es el que termina encendiendo el fuego. Sólo uno de esos encuentros, del poeta con la vida, hace surgir a la poesía.

La poesía no ocurre al margen del lenguaje. Ella es el arte de las palabras. La palabra es su forma de hacerse escuchar. Por eso, aprendemos el lenguaje, su uso, sus posibilidades: para que ese encuentro con el mundo adquiera sentido, que no es igual a tener claridad. El sentido expresa que algo se está diciendo, que nace de las palabras comunes, así su forma no sea del todo clara. Son palabras nuevas para las que aún no tenemos oídos. Palabras que no nos pertenecen en sentido estricto, pero cuyo sentido podemos intuir.

Las palabras hablan en el poeta, dicen desde él, pero no preexisten: no son un dictado. El poema sólo ocurre desde el momento en el que lenguaje y la vida se cruzan, produciendo un sonido que, a veces, tarda años en surgir. Por eso cedemos a la superstición de la inspiración, cuando, en realidad, se trata de un sonido que demoró en llegar, en producirse. Por eso Pizarnik dice “se habla”. No se refiere a nadie. El poema es una palabra sin dueño que ocurre en el lugar interior, lejano, de un cuerpo.

A veces, la gestación de la poesía es difícil. El poema no llega a la superficie. De ahí que alguien, tal vez Louis Aragón, haya dicho que “La poesía no quiere ser”. No conozco una definición más certera de la lucha con las palabras. Al mismo tiempo, la proposición contraria: “la poesía quiere ser”, también es exacta. Después de todo, como dice Roberto Juarróz, el poeta siente en palabras. Esto es, siente con los sentidos del lenguaje, en un cuerpo, el suyo, hecho de vocablos y de carne.

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