Las soledades: Historia de un prostíbulo

Para los forasteros que llegaban sin amor, convirtieron la calle de las cariñosas matronas de Francia en un pueblo más extenso que el otro, y un miércoles de gloria llevaron un tren cargado de putas inverosímiles, hembras babilónicas adiestradas en recursos inmemoriales, y provistas de toda clase de ungüentos y dispositivos para estimular a los inermes, despabilar a los tímidos, saciar a los voraces, exaltar a los modestos, escarmentar a los múltiples y corregir a los solitarios.

Gabriel García Márquez, Cien años de soledad.

El de verdad.

— Jazmín.

— No, el de verdad.

—Por eso amor, me llamo Jazmín y tengo diecinueve años.

— ¿Dónde vives?

Eso sí como que me da pena decirle, pero no es por acá.

¿Y te gusta por acá?

Yo no conozco mucho por acá, amor. Solo vengo los sábados y ya el domingo me voy.

¿Cada cuánto vienes? 

— Muy poco, yo hago esto es por necesidad. A algunas de las muchachas sí les gusta, amor.  A mí no,  pero a veces es más fácil esto que dedicarse a otra cosa.

Vos sos una mujer muy hermosa, además te gusta conversar, ¿no te gustaría hacer otra cosa?

Amor, ¿le digo la verdad? yo también hago esto para huirle a un hombre. Ese man me dejó sola, usted no sabe lo duro que es mantenerse sola. Yo intenté haciendo empanadas, vendiendo en la calle, yo mandé hojas de vida pero nada, no es fácil nada, amor. Y ese man me dejó sola… y es muy duro empezar, pero yo tengo sueños, yo tengo sueños… ¿se quiere tomar un roncito, amor y otra cervecita, ¿sí?, deme uno a mí también, amor. Doña Nancy, dos rones y una cerveza para el muchacho. ¿Cómo se llama usted?

— Julián.

— Para Julián, doña Nancy.

— ¿Cómo es tu día normal cuando no estás trabajando?

— Yo no solo trabajo en esto ¿sí me entiende? A veces la gente cree que porque una se viene a trabajar en esto no sirve para nada, yo hago muchas cosas. Ya tomo esto por las últimas pues ¿sí me entiende? Pues yo vivo en mi casa, con mi mamá, con mis hermanitos, me gusta salir con mis amigas, y también trabajo en lo que resulte, a veces en una fotocopiadora de una prima, y cuando hay mucho qué hacer, en el almacén de ropa de una amiga. ¡uy! ese es mi sueño, tener mi propio almacén.

— ¿En tu familia saben que haces esto?

— No amor, ¡qué tal! me mata mi mamá.

— ¿Entonces cómo haces cuando sales por varios días?

— Le digo que voy a acompañar a mi amiga, la del almacén, a surtir para el negocio. Le digo que tenemos que ir a lejos para comprar más barato y que a ella le da miedo ir sola.

— ¿Y si ven a tu amiga?

— Es que mi amiga también trabaja de puta cuando le toca, amor. Nos salimos juntas, pero ella va para otro lado.

— ¿Y el almacén?

— Es que le toca… le toca para ayudarse, es que eso no deja tanto, empezar es duro, como todo… salud pues amor, tómeselo todo.

— bueno, ¿y qué te toca hacer acá?

— ¿En el bar?

—  Sí.

— Principalmente hacer que los manes tomen.

— por eso me haces tomar a mí, jajaja.

— ¡Sí, amor! perdón pero usted sabe que estoy trabajando jajaja.

Jazmín deja los dientes desnudos para concretar una sonrisa. Hay un lunar amplio en su mejilla como una isla cercana para quienes naufragan en sus labios. La veo y la ebriedad me deja las imágenes a través de un cristal empañado. El cristal puede ser metáfora de las copas que he secado. Adentro de los labios, la cueva de la serpiente. Siento la mano de Jazmín tomándome la pierna: los dedos se posan en mí como si aparecieran estrellas. Teje una línea que llega a mi costado y hace cuentas de mis costillas. Tomo un trago de la cerveza. La cazadora siente el nerviosismo de la presa. Con la otra mano cierra sus dedos entre los míos y los siembra en su estómago, su piel de mango maduro se mueve como una ola de la mar crecida con cada respiración. Lleva mis dedos a otra isla empotrada en su ombligo, un arete que no busco descubrir con la mirada porque ya los dedos lo han hecho mío. Miro en todas las direcciones, retiro la mano incómodo y atemorizado. Advierto una respiración de atleta derrotado en mi pecho. 

— Vea, amor, que a usted también lo consiento pero no se ponga nervioso, jajaja.

 — jajaja, Sígueme contando…

— Principalmente eso, pero entonces uno ya conversa con ellos, los trata bien, los acaricia, también nos dejamos acariciar. La mayoría de acá son muy respetuosos, amor. No falta, pero para eso está Henry que nos cuida, mire que también es muy pendiente de usted, muy bello. Y claro, a veces también prestamos el servicio, entonces ya nos vamos para la pieza, usted me entiende jajaja. ¡Ay! no amor, me dio pena, usted todo serio y uno…

— Tranquila, estamos conversando. No le de pena de mí.

— Entonces tomémonos otro.

—  listo pues.

— Doña Nancy, otros dos para Julián.

— ¿Jazmín le puedo tomar una foto?

— No, qué tal.

— Es para acordarme de usted.

— Ahora, amor. Mire… tomémonos el ron juntos que ya me están llamando de la mesa donde estaba, vea que a mí me dijeron que viniera a hablar con usted pero yo estaba en otra mesa y para que no se pongan bravos, usted me entiende, qué miedo, ahora cuando se vayan seguimos conversando. 

Jazmín se baja lentamente de la silla alta de la barra. Parece deslizarse y aprieta su lengua contra los dientes. La silla es rústica —hecha en madera— y queda balanceándose como una cuna abandonada cuando Jazmín consigue el descenso. Mujer liviana: es una hoja otoñal que no encuentra su rumbo contra el viento. Lleva una camisa negra que deja su torso al descubierto. Pantalón descaderado. Cabello lizo, ocre y brillante. Camina hacia la mesa que había abandonado minutos atrás y reposa sobre las piernas de un hombre corpulento y de cabello ceniciento que se ríe con gracia. Disfruta de la partida de dominó. Cuando Jazmín ríe, él es un padre que entretiene sus últimas lunas junto a la hija. Es una noche de sábado, 9 de marzo, 2019.  El prostíbulo está lleno. La oscuridad es el refugio que iguala las condiciones de todos los hombres: entran a las sombras y un pacto de honor se ciñe sobre todos. Los rostros acaso sugieren figuras humanas, sin ojos en la lejanía, sin orejas y coloreados por el verdor del neón que habita sobre la barra. La música de voces menesterosas aúlla para no dejar en soledad a las lágrimas de un hombre que, en la mesa junto al baño, llora sobre los hombros desnudos de una mujer. Fijo los ojos en el lugar donde las habitaciones se consagran como la cura contra la soledad, la timidez y el desamor. Veo a las mujeres que entran y salen con velocidad como si acabaran de completar una penosa tarea. Los hombres salen con la soledad más honda, más ardorosa que antes del goce porque todo placer presiente un dolor. La soledad se acrecienta con la belleza, y ahí radica la grandeza de la condición humana: la búsqueda siempre insaciable y siempre necesaria ¿acaso no es este mismo el camino del arte?

Henri de Toulouse Lautrec .

Entremés 

Fue hace ocho años la primera vez que visité un prostíbulo. Un conocido y yo atravesábamos alguna calle de Medellín cuando una mujer que parecía tallada en ébano lo tomó a él de la mano. Lo arrastró hasta la garganta de la taberna. Juzgué el gesto excesivo: La mujer había dominado el libre albedrío de mi pobre compañero cuando plantó su figura de guerrera africana contra nosotros. Lo arrastró hasta la garganta de la taberna. El hombre me tomó de la manga de la camisa como intentando escapar de un naufragio, o para hundirme con él y evitarse disfrutar en soledad el desamparo del deseo. La mujer lo besó. La música, las risas y el olor a sudor me angustiaron. Entonces vi al hombre que antes me acompañaba caminando hacia el otro extremo del bar con la mujer que había sido moldeada de la noche misma. Me miró como el niño que camina a la habitación del castigo. Yo me retiré después de cinco minutos. Visitar: en mi recuerdo, el verbo ahora resulta excesivo.

Debo confesar que tejer la crónica que ahora leen se debe más a la imperiosa voluntad del ron que a mi astucia. Principiaba marzo y caminaba por las calles de un municipio del Oriente antioqueño. Buscaba más ron. La noche ya mostraba la cola y los lugares que usualmente me agradarían ya estaban repletos. Entonces encontré el prostíbulo. Cuando penetré en su ámbito, un yo adormecido balbuceaba temeroso en mis adentros sobre el riesgo de las instalaciones. No pensé terminar en un lugar ajeno a mis intereses, con músicas que me arrancan los tímpanos y guiado por una fuerza que incluso ahora no consigo entender. El tedio, la pulsión al vacío, un frío y tenebroso encuentro con la sordidez. Tenía los codos sobre la barra cuando me di cuenta. El corazón no se acomodaba a los ritmos de la música cantinera y permanecía arrítmico y abrupto como una cascada en mi pecho. La mujer tras la barra miró serenamente y me preguntó qué deseaba. Pedí mi dosis de emergencia: “Un ron doble y una cerveza”, “qué cerveza, amor”,  “una Águila ”,  “normal o light”,  “normal”. Mi sola apariencia irrumpía en todo el lugar: me sentía como la luz que entra en los ojos del presidiario: molesto, peligroso, fuera de sitio. Entonces tuve la idea: habitaría sin timidez mi condición de borracho y generaría empatía con la mujer de la barra, con los hombres y mujeres que me rodeaban y cuando llegara el momento de la pregunta certera, de la pregunta que lo definiría todo y que marcaría la distancia entre mi yo en risas o mi yo ensangrentado, la pregunta: “¿y usted qué hace?”, la respuesta: no me dejaría tentar por la nadería de presentarme como un profesor de literatura solitario, que perdido en un pueblo, terminó en un prostíbulo con más miedo que sangre, ¡no, señoras y señores! no abandonaría la mueca del dominio aunque me quisiera morder la lengua y las rodillas se doblaran sobre sí mismas: el ron ayuda, claro. Cuando llegara la pregunta, pleno de méritos y poéticamente—como diría Hölderlin— liberaría la respuesta con la valentía de la ebriedad. Sin tartamudear siquiera liberaría la respuesta que me pondría en el parnaso de los prostíbulos y por los prostíbulos de los prostíbulos amén:

 —Soy periodista y vine aquí para escribir.  

Podrá advertir el lector la falta de juicio de quien les habla.

Cuando mencioné que estaba allí como periodista me di cuenta del error, la profesión misma es una espina de pescado que se atora en la garganta: el periodista de crónicas es un cazador de tesoros en terrenos de otros, abre la ventana del corazón de extraños para verse a sí mismo. Nada más molesto.  Nada más inconveniente en un lugar donde el anonimato se presenta como el padre y la madre del equilibro: nadie sabe nada. Pensé que me había colgado un cartel de ‘Se busca’ en el cuello. Miré a mi alrededor y me sentí indefenso. Miré a mi alrededor. Miré a mi… Miré. Noté por fin que nadie se ocupaba de mí, nadie tenía ojos para unir su soledad a la soledad de un ebrio más que recostaba otros codos más sobre la misma barra. Nadie. Que el periodista que preguntaba tendría que responder, que no era el dueño de la palabra sino el venido de ningún lugar. Nadie. Siempre a la espera de algo no definido ni percibido siquiera. Sin rostro y con la palabra tejida a la de todos. Me sentí tranquilo. Telón. Luces. 

Vincent Van Gogh.

Henry revolotea de mesa en mesa. Más que caminar, sacude el cuerpo como una cometa. Cuando habla deja caer las sílabas en un opaco acento del Pacífico. Cuando habla toma aires de convulso consciente.  “Yo he sido un tipo malo, malo de verdad hijueputa”, me dice cada que se acerca a la barra a preguntarme cómo me siento… y a pedirme un ron, claro. El hombre se encarga de mantener a raya a los borrachos y de asegurar los pagos de los tragos en las mesas. Me caen en gracia los dos movimientos de cuello con que remata cada frase: se dice sí dos veces. Si pienso en soledades, la de Henry tiene la confianza de no ser dolorosa pero tampoco perceptible. Es un fantasma que no tiene conciencia de su propia invisibilidad, lo cual es lastimero. El hombre pasa de mesa en mesa pidiendo la caridad del temor y de tanto esfuerzo termina por dar más risa que miedo. Es buen muchacho. Excéntrico.

Henry me presenta a una mujer que también está sentada en la barra, Sonia. Lleva una minifalda roja y un sostén que hace florecer gruesos abultamientos bajo sus axilas. Está acompañada de un hombre con cara de sacristán, cabello de sacristán, sonrisa de sacristán. Javier. Me ofrece un trago.

— ¿Lo dejaron solito, Mono?—  me dice Sonia, de ojos vibrantes. Puedo sentir el tufo, el de los ojos.

—  Yo venía solo.

—  Tan serio. Goce la vida que a eso vinimos y no nos llevamos nada, qué hijueputas, salud— Deja caer el líquido de una copa plástica en el fondo de su boca y con el dorso de la mano se limpia la comisura de los labios. Exhala un vaho áspero. De comida callejera. Aspero, de grasa.

— ¿Hasta qué horas trabajas?

— Papi, vea, yo trabajo hasta que cierren y a veces uno de estos me dice que vaya con él y yo me voy, le pago un porcentaje a doña Nancy y ya me voy. De cuenta de él toda la noche, así es mi amor. Pero se pasa rico, ellos por lo general, por lo general le gastan a uno. ¿Pero por todo esto?… gastan lo que sea— Sonia se da tres palmadas en el muslo que se descuelga. Noto las sombras de tres moretones en ellos y las venas verdosas expandidas como las nervaduras secas de las hojas.

— ¿Uno cómo hace aquí para escoger a una mujer?

—  Ese es el problema papi de ustedes, que no entienden que aquí mandamos nosotras, nosotros los escogemos a ustedes—  apoya sus manos en la mesa y continúa ya sobre mi oído— Por ejemplo, si quiere por cuarenta nos vamos para la pieza y tenemos relaciones.

—  ¿Y no le da rabia a Javier?

—  ¿A Javier? !Este es maricón!— libera una risotada pavorosa que ya en el silencio podría resultar desmesurada, ahora entre la música cantinera resuena como el llamado de guerra de una matrona selvática—  ¿Cierto mi amor que a usted le gustan los hombres?— le dice a Javier.

Javier lucha con una sonrisa sin quicio. Abultada en la parte baja de los labios y lisa en los superiores. No hay carnosidad en la boca y la mandíbula se pronuncia como un falo que se alegra. 

Me ausento de la conversación. El ron recoge desordenadamente mi pudor en un ovillo que no tiene regreso. Observo con descaro y sin mesura las mesas que me pueblan los ojos, hay un reflejo mío en cada mesa, la curiosidad es una forma de explorarse a sí mismo con lo otro: en la mesa más lejana un grupo de hombres baila reggaetón. Ellos recostados contra la última pared, ellas dibujan figuras lentas y disímiles con sus caderas contra las caderas de ellos. Hay un grupo que forma un círculo que recuerda los tímidos bailes de las primeras comuniones o las piñatas. En la mesa de la esquina derecha, una mujer reposa sobre los muslos de un hombre. La mesa y su cabello derramado me impide encontrar su rostro. El hombre lleva la cabeza contra la pared atrás de él. Se incorpora y clava la mirada en la cabeza baja de la mujer. El cuello se descompone y la cabeza regresa a soportarse en la pared. El hombre hunde sus dedos en el cabello de ella como buscando un secreto entre los matorrales de una selva. La cabeza del hombre adquiere el talante caricaturesco de un péndulo.

— Esa no es de acá, ellos son esposos— me dice Henry.

Yo evito el comentario y le brindo un trago de mi cerveza. Lo apura. La botella que iba por la mitad ahora se halla vacía y con la espuma residual descendiendo por los costados de la botella. Entonces,  acosado por un ímpetu que me llega de otros tiempos, me levanto de la silla sin entender muy bien lo que Henry me dice.  Me acerco a la mesa de los hombres que juegan a las cartas. 

— ¿Puedo jugar?— pregunté mientras me sentaba sin pedir permiso.

— ¿Usted quién es? acá solamente juegan los amigos— me dice un hombre de barba espesa que está visiblemente enojado, con los ojos esponjados como un pez globo.

— Deje al muchacho en paz, si quiere jugar, que juegue.

La voz proviene de un hombre robusto, de piel cetrina. Es más un parroquiano que acaba de salir de la misa dominical. Lleva un sombrero blanco. Es más un paseante que un hombre al cual es necesario pedirle permiso hasta para tomar las cartas.

— Patrón, entonces que pague la ronda de cervezas.

— Yo las pago— dígale a la muchacha,  yo las pago— dice El Patrón.

El hombre hace que la mujer se pose en mis piernas. Apenas termina la mano de cartas me levanto. Agradezco a los cuatro hombres de la mesa y regreso a mí pequeño nido de águila en la barra, Pido una ronda de cervezas para la mesa de los jugadores y desde allí el hombre del sombrero levanta la mano en señal de agradecimiento. 

Henri de Toulouse Lautrec.

Sonia parece dominada por los tragos y Javier ha encontrado un joven atractivo.

— Papi, venga bailemos— me dice Sonia.

—  No, no, yo no sé bailar.

La mujer se da un giro de gata montaraz y pone toda su voluptuosidad entre mis piernas. Se deja abrigar entre los bajos de la música.

— Vea que sí sabe bailar, papi.

Vuelvo a mi puesto satisfecho. No por el rigor erótico sino por el hecho de que alguien, por vez primera, reconociera mis dotes de buen bailarín.

— ¿Cómo sigue, hermanito?— me dice Henry que ha venido por su pregunta-ron. Le doy el ron que había pedido para mí. Pocas veces entiendo lo que está diciendo Henry, pero sí veo sus dos afirmaciones en cada frase y me alegro. Allí tuve la idea: si era verdad que estaba allí como periodista —y no solamente como el ebrio que ya había hecho de la barra su propio basurero— tenía que conocer los altares de donde los hombres volvían más solitarios.

— ¿Henry, me va a dejar entrar a una de las piezas, pues?— es posible que le guiñara el ojo.

— Monín, tendría que ir con una niña, son cuarenta.

— Ya no tengo.

—Hágale pues, pero rápido, le muestro donde duermen las muchachas, la que esté libre, en esas mismas ellas llevan los clientes.

En el corredor de las habitaciones se perciben los bramidos de las tablas. Es un corredor alargado y estrecho que desemboca en un baño común donde las mujeres se asean cuando concluyen sus labores. Son tres habitaciones. Henry me dice que cuando desocupen una puedo entrar, pero rápidamente retorna a su juego de picaflor entre las mesas. Tomo asiento afuera de ellas como si esperara mi turno en la sala de las soledades para encontrarme a la soledad de las soledades en la mayor hondura de una mujer que a lo sumo podrá decirme ‘papi’ o ‘amor’ a falta de nombre y deseo. Entrecruzo los dedos: una mujer de las que ya había reconocido abre la puerta y un hombre abandona la habitación. La mujer sale desnuda como una Eva precaria y asustadiza. Me pide que le sostenga la ropa mientras entra al baño. Cuando vuelve, regresa envestida de un poder que alcanza a cautivarme, como si en la soledad del improvisado baño volviera a retomar frente al espejo lo mucho de ella que el hombre le ha quitado.  Frente al espejo ella primera y ella última. Volvió poderosa. Apenas atina a  recuperar su ropa y a despedirse, toca en otra puerta y se pierde tras ella. Entro en la habitación que se queda despoblada:  tiene una cama amplia cubierta con un tejido en calado colorido que bien me recuerda a las colchas que extendía mi abuela. Falta el cuadro del Sagrado Corazón y el retrato pétreo de mi abuelo para sentarme y esperar la tasa de chocolate. En vez de eso, me encuentro con paredes limpias y vacías, hay un nochero. Me siento en la cama, me recuesto y empiezo a dormir a fuerza de todos las copas que he dejado vacías en lo que va de la noche. La puerta se cierra y me levanto de súbito todavía con las imágenes de la duermevela prendidas en las pestañas. Era Jazmín, desnuda.

— Tranquilo amor, yo solamente vine por mi ropa y hacer una llamadita, descanse quince minutos pero luego se va que me regañan. 

Me quito los zapatos y Jazmín se explana como una llanura sobre la cama. Habla con sus tonos dulces y mimados frente a la pantalla, parece que conversa con una amiga, le habla con una ternura desmesurada. Entiendo por qué temí de la cazadora. Cuando termina la llamada me despierta:

— Amor, ya es hora… o si quiere se queda conmigo un ratico pero le paga cuarenta a doña Nancy.

—  No, yo me voy ya.

Me toma la mano y la aplana en su pierna. Siento sus poros y sus vellos que se adelgazan entre más sube ella mi mano. Y allí todos los dardos de la soledad amatoria contenida en la piel brumosa. La mano se acalora abrazada por los muslos que se atenazan. Y viene el hervor que le trajo a Raúl Gómez Jattin todo sus poemas, la sensación de la soledad que atisbo en los ojos de los derrotados que abandonan las habitaciones. Mis sentidos van apagándose en la piel de la cazadora y aunque mi desdén persiste, hay un instinto que no se contiene totalmente y palpita donde no creía un corazón.  Ya no reconozco al periodista pero sí al literato solitario. Entonces, en una sola imagen pude intuir el rostro de todas las mujeres que había amado y a su vez odiado. La mujer multiforme y escurridiza hecha de todas las mujeres: allí donde reposa mi poema. Veo la poesía y mi lejanía de alcanzar el arte supremo de las palabras. Retiro la mano. Me despido. Salgo y una carcajada me anima el rostro: igual que los otros, abandono la habitación más solitario y vacío que antes.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s