De la astrología y otras ficciones

Una tirada de dados jamás abolirá el azar.

S. Mallarmé

Suele pensarse que Johannes Kepler (1571-1630) fue el primer astrónomo de la historia; no porque los hombres o los pueblos pretéritos hubieran desdeñado el estudio concienzudo de los astros, sino porque hasta ese momento la observación astronómica no se había desligado de la astrología: seguía cumpliendo funciones religiosas, predictivas, más allá del estricto objeto de las ciencias naturales. Esto le daba a la astronomía un carácter mágico, y en muchas comunidades, un carácter ritual. El mismo Kepler había desarrollado un modelo del sistema solar según el cual las órbitas de los seis planetas conocidos estaban relacionadas con los sólidos perfectos de Pitágoras: se suponía que el cubo (tierra), el tetraedro (fuego), el octaedro (aire), el dodecaedro (universo) y el icosaedro (agua) podían explicar el soporte invisible que mantenía a los planetas en movimiento alrededor del sol, conservando una determinada distancia entre ellos. 

Esta idea hacía pensar en un diseño inteligente y –por lo tanto– en la existencia de un Dios que había creado el cosmos según una especial disposición geométrica. Sin embargo, atendiendo a su propia observación y a los estudios realizados por astrónomos como Tycho Brahe, Johannes Kepler descubrió que su modelo estaba equivocado. En realidad los planetas seguían órbitas elípticas, cuando la explicación realizada a partir de los sólidos perfectos de Pitágoras únicamente hubiera podido ser factible si las órbitas de los planetas fueran circulares. Al hacérsele patente este hecho, nuestro astrónomo sintió que todo lo que había construido hasta entonces se desmoronaba sin remedio, y que solo quedaba entre sus manos “un sucio montón de estiércol”. A pesar de todo, Kepler continuó sus investigaciones aceptando los resultados que –en la mayoría de los casos– daban al traste con sus antiguas creencias, aunque estas fueran tan atractivas como el modelo de sistema solar que él había diseñado tiempo atrás. 

Carl Sagan, al contar esta historia, decía que al preferir Kepler “la dura realidad sobre sus más caras ilusiones” sembró el corazón de la ciencia en la astronomía. Desde ese momento la astronomía fue considerada una disciplina científica y la astrología –con justicia– fue relegada a la condición de pseudo ciencia, de superstición. No obstante, este hecho histórico tuvo un efecto correlativo muy especial: si por un lado la astrología perdió toda posibilidad de explicar la naturaleza del cosmos y la influencia que los astros podían tener sobre el planeta Tierra, sus ilusiones fueron rescatadas en el mundo de la ficción. Específicamente, los interrogantes de la astrología (y no sus respuestas) aparecieron en el arte como una posibilidad de reflexionar sobre las situaciones del ser humano signadas por la fatalidad, por lo que no puede ser cambiado.

Esta inquietud estética quizá tenga como punto de partida el reconocimiento de nuestra irremediable vulnerabilidad frente al azar. La existencia del mundo y nuestra presencia en él implican la concurrencia aleatoria de innumerables acontecimientos. ¿Por qué, como se preguntaba Heidegger, hay algo y no más bien nada? Y a pesar de conocer cada vez mejor las leyes físicas que gobiernan la estructura del cosmos, ignoramos las contingencias que dieron lugar a ellas. Tal vez en este sentido escribió Borges: “¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza/ de polvo y tiempo y sueño y agonía?”. Esta vulnerabilidad del ser humano frente al azar se hace a cada instante patente en las vivencias personales, las cuales no están regidas privativamente por la voluntad. Entonces se mira hacia el cielo como símbolo de lo insondable, del lugar donde se originan todas las causas y se forja el destino. 

Grabado Flammarion – 1888

En La tejedora de coronas, la gran novela del escritor colombiano Germán Espinosa, Genoveva Alcocer comprende que los desastres (término heredado de la astrología)  le sobrevienen solo si en el cielo nocturno se presentan determinados fenómenos; todas sus tribulaciones comienzan con el asedio de Cartagena de Indias, cuando “brilló por fin sobre la ciudad la luna del cazador, la luna llena de abril, la fase gibosa del satélite fantasmal, el plenilunio que permitió a Galileo explorar los mares selénicos, brilló como un mal augurio esa luna roja también de mal agüero para la jardinería”. Y la protagonista sabe en su ancianidad que bajo esa misma influencia terminarán sus días: “pues para que llegue mi turno deberá brillar en el cielo de Cartagena, en ese cielo que escudriñó Federico Goltar con una pasión y con una esperanza tan ardientes, la luna llena de abril, bajo la cual podré despedirme de mis recuerdos y de mis fantasmas inclementes”. 


El azar parece haber sido conjurado –en los fragmentos anteriores– por una determinada configuración de los astros; estos dictan a los seres terrenales un curso fijo como fijas son las órbitas celestes.  Sin embargo, el azar ha sido conjurado solo en un sentido: los acontecimientos que recaen sobre nuestro personaje empiezan a ser, de alguna manera, previsibles. Y aunque es posible pensar que esta potencia oracular de los astros alivie la incertidumbre sobre los hechos futuros, estos igualmente sobrevendrán fatalmente y no existirá modo de ofrecer resistencia. La interpretación de todo oráculo, por otra parte, ofrece a los personajes de estas ficciones una enorme barrera pues, siguiendo a Heráclito, los oráculos no dicen nada ni ocultan nada… solo señalan. Eso quiere decir que la incertidumbre será difícilmente despejada. 

“Mercurio me hizo crítico, Urano fantasioso, Venus me deparó una escasa felicidad; Marte me hizo creer en mi ambición. En la casa del Ascendente subía la Balanza, lo que me hizo sensible y me llevó a exageraciones. Neptuno entraba en la décima casa, la de la mitad de la vida, anclándome definitivamente entre el milagro y la simulación. Fue Saturno, en oposición a Júpiter en la tercera casa, quien puso mi filiación en duda. Pero, ¿quién envió la mariposa y les permitió, a ella y al estrépito de una tormenta de fines de verano, parecido al que arma un maestro de escuela, aumentar en mi el gusto por el tambor de hojalata prometido por mi madre y hacerme el instrumento cada  vez más manejable y deseable?”. Esta cita que prefigura la vida de Óscar Matzerath, el protagonista de la novela El tambor de hojalata de Günter Grass, es un ejemplo de cómo en la posición de los astros se busca un reflejo del destino y del temperamento humanos. Un reflejo que, sin embargo, deja preguntas fundamentales incontestadas.

Al cine también han sido llevadas las imágenes del cosmos para pensar el devenir humano. El film de Reiner Werner Fassbinder, En un año con trece lunas, se desencadena a partir de una tradición astrológica: “Se dice que en el Año de La Luna, que tiene lugar cada siete años, las personas cuyas vidas son regidas principalmente por sus sentimientos sufren terribles depresiones. Si el Año de La Luna resulta ser además un año con trece lunas nuevas, pueden sufrir incluso grandes catástrofes personales”. Elvira es una de esas personas sensibles. Es transexual. Secuencia tras secuencia se precipita al suicidio. Pero en la obra la influencia de los astros sobre la vida de los personajes es una alegoría de una influencia más fundamental: las relaciones de poder, en la película, asumen la forma de sistemas planetarios. Todo parece gravitar alrededor de figuras como Anton Saitz (el hombre por quien Elvira asume un cuerpo femenino); su influencia ambiciosa altera el destino de los demás personajes. Él intenta mantenerse en la centralidad como una estrella y desde allí ejercer sus intrigas. Sin embargo, cada hecho va alterando la posición de los personajes dentro de las órbitas en las que físicamente danzan.

Las ficciones citadas en este texto no abarcan, por supuesto, todas las formas en las cuales los interrogantes de la astrología han sido utilizados en el arte para pensar el azaroso destino humano. Son solo ejemplos muy queridos. Todos demuestran que, incluso desde una perspectiva escéptica como la que asume este texto, los saberes entrados en desuso como la astrología o la alquimia aún pueden aportar a nuestra construcción de mundo; no dándole crédito a horóscopos ni a adivinadores (vergonzantes las más de las veces) sino volviendo a las preguntas que alentaron la aparición de estas disciplinas y rescatando sus posibilidades estéticas, políticas y éticas. Ninguna buena ficción es, al fin y al cabo, una manera de eludir la realidad. 

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