“Yo entré al teatro por el gusto a la palabra”

Entrevista realizada a Cristóbal Peláez, director de teatro Matacandelas, en el marco de el Festival Internacional de Teatro El Gesto Noble. 2016.

Conversación con Cristóbal Peláez

Una taza de café oscuro vibra en sus manos. Toma un asiento y lo arrastra hacia la sombra mientras el sol se esfuerza en sofocar el ambiente. El cenicero en el centro de la mesa ha empezado a llenarse. De su mochila saca un endulzante artificial para el café. Las personas le hablan con soltura y él responde con palabras mordaces. Le manifesté mi interés por escuchar su posición frente al lazo existente entre la literatura y el teatro en relación con la adaptación que el colectivo teatral Matacandelas hizo de La Casa Grande, novela de Álvaro Cepeda Samudio. Con gestos rigurosos y palabras aladas, Cristóbal Peláez me habla:

Monólogo sobre cómo la literatura puede ser la felicidad

Cuando se trabaja a partir de un texto literario hay que tener en cuenta algo que es un axioma: No es un texto para leer, es un texto para la acción. Es decir, el teatro no es de decires, el teatro básicamente es acción dramática. Entonces el novelista tiene ante sí el mundo de las palabras, de las descripciones, que son recursos admirables. Pero en escena uno tiene que recurrir a la acción. En La Casa Grande hay un montón de descripciones, de situaciones… y para nosotros el primer problema era cómo llevar eso a la acción. Tiene que pasar algo. Entonces diferenciamos dos  hechos fundamentales: uno que narra acerca de La Masacre de las Bananeras y otro tenaz sobre la acción de la familia, todo ese patriarcado que se da en la capa alta de la zona bananera. Una de las grandezas de esta obra de Cepeda es que tiene las tres literaturas: la lírica, la épica y la dramática, allí él hace un corte con toda la novela que viene en Colombia, que es una novela muy descriptiva, muy rural y de alguna manera Cepeda sube a un momento histórico de la literatura donde ya no es el barbero ni el arquetipo del cura, las vecinas ni los feligreses. En los personajes de La Casa Grande  se prefigura La Urbe y los personajes que no son arquetipos. Luego de que encontramos estas cosas para el montaje viene el plan sociológico. Todo el grupo, en colectivo, lee literaturas adyacentes como a Miguel Ángel Asturias, Esteban Navajas y Guillermo Henríquez. Es así que llega una de las cosas donde el teatro se convierte en un placer inmenso: el teatro te obliga a una investigación. De cierta manera al ver La Casa Grande de nosotros no veo la de Cepeda, es otra cosa. Cuando presentamos la obra en Barranquilla y la viuda de Cepeda –Tita Manotas- la vio, tuve que explicarle que para la obra usamos algunos apoyos, no para el libro, el libro es una obra grande, una catedral…  a la obrita si hubo que darle apoyos con otros textos para darle acciones, pero: “ la novela se nos enredó, Tita”. Ella salió muy contenta, dijo algo bellísimo: “una cosa es leer a Cepeda y otra cosa es escucharlo y se oye muy bien”. El libro debe generar cosas. La intención no era mostrar la novela sino interpretarla, no hay que ponerle ilustraciones al libro.

La literatura es muy importante para el grupo. Es que mira, a nosotros nos educaron con un criterio: “una imagen vale por mil palabras” y eso es cierto cuando la cosa no es de arte sino de didáctica… cuando vos no sabés que son los calambombos y yo te muestro la imagen de lo que es… pero no es cierto cuando se trata de poesía, para el arte. Porque una palabra estalla en mil cosas y la mente del espectador es un escenario.

La literatura es felicidad, es esa una respuesta borgiana; y como dice él, uno está tranquilo y de repente un amanecer, un crepúsculo o un coro de Eurípides te pierde. Borges hablaba de “un amigo mío muy grande que me dio la literatura, Robert Luis Stevenson”, entonces cuando la gente dice que la palabra es un elemento exógeno al teatro digo no… así tratemos desprendernos de la palabra, la palabra vuelve a nosotros. Ya sabemos que tanto en el teatro como en la vida fue primero la emoción y luego la palabra, pero cuando inventamos la palabra – decía Heidegger  que el lenguaje es la casa del ser-  eso es irremplazable. Yo he trabajado mucho eso con los actores… la palabra… la palabra… es que la palabra es música que no debe engolosinarse para que no caiga en la falsedad. Yo entré al teatro por el gusto a la palabra. Mi mamá, para criar ocho hijos, nos recreaba con la radio. Y allí, al escuchar radionovelas fui desarrollando un oído hacia las voces y algo se produjo…  Muy tempranamente tuve un hermano que me enseñó a leer, que me llevaba novelas y cuentos, que me llenó, como dicen las señoras: “ la cabeza de cucarachas”. Mi amor por los libros fue primero que el teatro. Después las dos cosas empataron y yo dije: ¡caramba! Qué buen pretexto…  Yo me enfermé a los once años, te lo juro, de melancolía. Leyendo la María. No quería ni comer y ahí yo entreví la posibilidad del amor, ahí yo lo conocí literariamente… Pero yo detesto el teatro que es solo palabrería, palabrería, palabrería. Hubo un tiempo en Medellín que se hacia un teatro muy descriptivo: “¡oh! Ciudad que me atormentas…”, personajes echando verbo y echando verbo… entonces uno dice: son opiniones del autor, son opiniones del dramaturgo; a veces cosas buenas decían… pero el teatro es acción ante todo.

2016

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