Carta de amor a Boston

Como cualquier pueblerino, mis viajes a Medellín en la infancia se encontraban limitados a tres o cuatro zonas bastante concretas de la ciudad: el centro, dos casas familiares y los consultorios médicos en San Diego y sus alrededores, donde me atendían. Medellín era un gran misterio, un misterio de un enorme número de luces que devoraban la oscuridad de las montañas. Una noche de la adolescencia llegué a Medellín con mi primo Santiago y hablamos de los espodópteros que trozaban las hojas de la col y de cómo se parecía su modo de comer a la forma en que las casitas iban ascendiendo hacia el horizonte “una plaga, somos una plaga”.

Ni siquiera a los 16 años, cuando fui a vivir por primera vez a la ciudad, se me reveló. Permanecía agazapada, cubierta, peligrosa. Yo le tenía miedo a esa ciudad enorme y por eso me devolví a mi pueblo. Una muchacha fue la que me presentó de nuevo a la ciudad unos años después: El poblado, Carlos E, Laureles, Boston, Prado, otros amigos me enseñaron Villa Hermosa y Manrique. Cuando volví a vivir en Medellín, tomé la decisión de vivir en Boston y luego Boston decidió por mí; llevándome de una casa a otra y obligándome de un modo misterioso a permanecer ahí.

Hace más de cuatro años vivo en Boston y no parece mucho, pero el peso de este barrio criminal, contaminado y ruidoso no es tampoco fácil de soportar. No para un pueblerino. Boston es un barrio del que intento huir y que no me suelta, como una enfermedad o una condena divina, como un hado imponente que me grita “no te vas”. Y no me voy, no me he podido ir. Y justo cuando parecían darse las condiciones para escapar de su embrujo, justo el lunes que debían entregarme la nueva casa a la que me marcho, enterramos a Ramiro Tejada. La noche antes le dije a su cuerpo muerto y sin barba que tanto dolor me dio ver ¿esta es la despedida que me das, Boston?, pero la despedida era un nuevo embrujo: Teresita Gómez apareció sollozando para cantarnos La última curda a los cinco que estábamos a su lado, Harry me dio un beso alcohólico al verme y me dijo, sabiendo que me voy del barrio, “no te vas, uno sigue viviendo aquí aunque viva en otro lado”, El Maestro, saxofonista callejero del que nunca he sabido otro nombre que el de “maestro”, le tocó Autumn Leaves al ataúd en el que despedíamos al amigo.

El lunes fue el entierro de Ramiro Tejada y cuando llegué a la iglesia de Boston, el barrio que nos recibió a los dos y en el que éramos casi vecinos, no encontré a nadie conocido. Me quedé parado atrás, conmovido hasta el llanto, viendo la última puesta en escena de Ramiro, lamentando que él no estuviera allí para verla, para ver la representación de su propio funeral, la comparsa alegre de sombrillas y sombreros que lo perseguían, el asombro del cura ante la fiesta: “los cristianos deberíamos celebrar una fiesta así con cada muerte y sin embargo nos acongojamos, justo donde menos cristianos espero yo ver, veo cristianos más auténticos, porque han comprendido que una muerte es la celebración de la vida”. Y al final, el aplauso atronador de un público satisfecho con la gran obra que fue Ramiro, una única y extensa obra de teatro que duró 68 años.

Salgo de la iglesia arrastrando conmigo una pesada soledad, pensando que Boston será más silencioso sin los gritos de Ramiro, un barrio que será sin dudas más triste, más irrespetuoso: pienso en la historia del Ramiro que se le atravesaba a los carros para dejar que las viejitas pasaran con tranquilidad las calles. Comienzo a caminar por la Carrera 39 y el sol de las cuatro de la tarde le da un color dorado a mi amado Boston que me llega a través de las lágrimas que todavía tengo en los ojos, ese barrio se me mete a la fuerza por los ojos, lo miro como si nunca antes lo hubiera visto, miro con dulzura las casitas arriba en El Salvador, la gente se me vuelve bella, un Guayacán estalla en amarillo junto a la Placita de Flores, giro en Ayacucho y veo las montañas del occidente de Medellín enrojeciendo, quizá no seamos una plaga.

Camino hacia las Torres de Bomboná y pienso en cuántas dosis de quereme me ha inyectado para que yo ame y perdone a este barrio saturnino que devora a sus propios hijos, para que le perdone todos los muertos que le nacen todas las semanas, para que le perdone que la casa donde estuvo durante décadas el Teatro El Trueque y antes la Exfanfarria y antes El Pequeño Teatro, la casa donde velamos a Ramiro, vaya a ser demolida para convertirse en un puto parqueadero. ¿Qué clase de amor tóxico es este, mi Boston, que no me dejas odiarte como quisiera?

Llego a la oficina donde deben entregarme las llaves de la nueva casa, las llaves que deben romper el encantamiento y la mujer que me atiende me dice que no, que no la han entregado aún, que parece que vamos a tener problemas para que nos la entreguen, que seguro toca poner abogado. Y yo me voy, triste y enojado, mientras cae una brisa suave.

Boston, mi odiado amor, parece que haz ganado otra vez.

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