El silencio se puebla de sobriedad

Las obras escritas por Samuel Beckett han sido tildadas de un hermetismo feroz y se resisten a calar entre los más de los espectadores. Su estética no está fundamentada en la presentación de una historia lineal sino más bien en el realce de símbolos que develan problemas vitales, que descubren personajes íntimos, que hacen preguntas hondas sobre la vida y el arte mismo. La última cinta de Krapp es una obra que pone en escena el otoño de un escritor que en cada uno de sus aniversarios graba -y también reproduce- una cinta. El personaje escucha una grabación de treinta años atrás y comienza una pugna de él con su propio recuerdo, que no le llega directo sino como de otro. Siente que su yo lejano es estúpido, en otros recuerdos se alcanza a emocionar por lo que escucha, en otros momentos se llena de ira y reprobación. Las palabras que salen de la grabadora son para Krapp como una ficción. El recurso de la grabadora pone al personaje a no caer en el artificio de elaborar un monólogo para “nadie” (si entendemos la cuarta pared como un elemento para la soledad del personaje y la preservación de la fabulación) porque el personaje habla desde la cinta o contra ella: el conflicto adquiere forma física en las grabaciones pero el sustento radica en una revolución interior contra la memoria, contra lo deseado y lo lamentado que en fin último habla de su soledad.

La construcción de las escenas y los objetos nos interpelan desde la intimidad, donde apenas resuena la reproductora de cintas y los pasos del actor. La estética de la sobriedad que no le teme al silencio y que encuentra en el vacío una forma y un contenido. En Beckett – lo cual ha logrado el montaje presentado- la búsqueda por el vacío es la búsqueda por el sentido, dado que las esencias llevan al absurdo o a la verdad, es decir: o se encuentra el sentido o se encuentra su absoluta ausencia. Debido a lo anterior, la sensación que produce esta obra en el espectador puede ser de dos índoles: aburrimiento total: porque le exige el entendimiento de que la inacción es una forma de la representación. La otra posibilidad es la esperada; estado de alerta: dado que el espectador requiere llenar con símbolos los resquicios de la lentitud dramática a partir de los ritmos en las acciones repetitivas que se repiten a manera de una sintaxis. Por lo demás, no deja de ser interesante que el concepto de acción sea resignificado.

Epílogo
La última cinta de Krapp se presentó en el Festival El Gesto Noble hace veinte años. Era el mismo actor, Ramiro Tejada. Dice al fin de la obra, cuando los aplausos caen de los techos como lluvia, que ahora tiene que usar menos maquillaje, ya se acerca a la edad de Krapp. Ramiro nos brinda una champaña que había destapado en los camerinos, dice que temía que el estallido del corcho coincidiera con el silencio previo a la obra. Dice que nunca había sido tan certera la escena en que pisa una cáscara de banano porque la realidad y la ficción se hicieron uno y caminaron entre nosotros: Ramiro Tejada estuvo a punto de caerse en escena. La caída prefigurada en El Carmen de Viboral se concretó en una función en Medellín donde te derrumbaste con todos los elementos dispuestos para la escenografía. Perdido entre la oscuridad de la cámara oscura del escenario. Apareciste como después de un naufragio pero con el personaje intacto, pero esto aún no ha ocurrido, esta noche, el Festival rindió homenaje a Ramiro Tejada por su gran contribución al teatro. Acaba la función. Aplausos. Ramiro Bailó una suerte de flamenco desarticulado mientras el público abandonaba el teatro.

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