Tres algarabías y un adiós para Ramiro Tejada

Algarabía I: “A veces he tenido que contener la risa y, a veces, el llanto”.

El silencio de la casa se quebró cuando un hombre empezó a recorrer, al trote, los pasillos del segundo piso: ¡Maestros de Obra! ¡Ya empieza Maestros de Obra! Ese hombre no era otro –no podía ser otro– que Ramiro Tejada. Antes lo había visto des–automatizando el paisaje de los conciertos y las salas de teatro, entrando con los brazos abiertos y saludando a gritos, arrodillándose para orar ante la belleza sobrecogedora de una obra de arte o para rendir el besamanos a las muchachas. También lo había encontrado hablando en lenguas que él mismo se inventaba. En esos intervalos políglotas se ajustaba una corbata de madera articulada y unas cargaderas amarillas que aparentaban un metro o una regla. Pero nunca había conversado con él. Esa tarde, asomándose y ocultándose alternativamente por todos los balcones del Instituto de Cultura, nos invitaba a la charla sobre crítica teatral que pronto comenzaría a dictar.

Sin embargo, no volvió en ese momento a la Sala de Lectura donde ya se acomodaba el público; continuó su carrera por el primer piso y desapareció por una puerta que desembocaba en la calle.

–¿Nada que aparece Ramiro?

–Nada.

Después de que –por fin– sentimos el trote pesado acercándose otra vez por el pasillo, Ramiro apareció en la sala con el rostro perlado por el sudor y cantando una sátira de cadetes. Se había anudado una pañoleta en la cabeza, en vez del casco de albañil que no le quisieron prestar los vigilantes de una construcción cercana. “Si voy a hablar en este evento, llamado Maestros de Obra, me tengo que vestir como los maestros de obra… Ahora, ¡poneos de pie!”. Una vez le hicimos caso, nos ordenó que pensáramos en algo que nos produjera una profunda indignación, y que lanzáramos, como si en ello se nos fuera la vida, un sonoro e inapelable ‘hijueputa’. ¿Con qué otra ocurrencia nos sacudiría? En ese momento, de uno a otro lado del recinto, los asistentes se lanzaban miradas entre temerosas y divertidas.

–Yo soy un espectador de la última fila de butacas –comenzó Ramiro–. Me gusta ver cómo entra el público y se tropieza en la oscuridad de la sala, cómo se sienta, cómo habla… Una vez no me quisieron vender una boleta para teatro. La muchacha de la taquilla me mostró una nota escrita a mano: no dejar entrar a Ramiro Tejada. ¡Y eso que Freidel era peor! Era un espectador insufrible, varios grupos de teatro tenían listo un bate por si él, en cualquier momento, por algo que no le gustaba, interrumpía la función… Al teatro entro siempre con el lápiz atento y el ojo afilado. A veces he tenido que contener la risa y, a veces, el llanto…

Estas palabras las tengo anotadas en una libreta; cuando las leo, siento como si Ramiro me hablara. Esa misma noche, a la mesa del Café de las Historias donde nos reuníamos los miembros de esta revista, se acercó quien era entonces su compañera. Ana Zapata apenas había departido con nosotros cuando aterrizó sobre nuestra mesa una botella de vino, con una pequeña nota: “para los muchachos bonitos de esa mesa que me van a quitar la mujer”. Ese fue el comienzo de nuestra amistad.

Algarabía II. “Comediantes del mundo, ¡uníos!”.

Después del almuerzo en el hotel Las Colinas, Ramiro Tejada, Wilson Escobar y yo nos fuimos a conversar a un café de Manizales. La noche anterior había estado con Ramiro en uno de los clubes de tango de la ciudad, donde me había instruido en los códigos con los que esos lugares todavía resisten, con una dignidad pasmosa, el otoño de su esplendor. Los tres nos preguntábamos quién era el tal Kazuo Ishiguro a quien esa mañana la Academia Sueca le había concedido el Nobel de Literatura, y Ramiro garrapateaba en su celular para buscar información.

–Dicen que le dieron el Nobel a Ishiguro para evitar el revuelo que el año pasado causó lo de Bob Dylan.– Se acercó a nuestra mesa Fabio Rubiano, con el tema en la boca, como si desde el principio hubiera estado en la conversación…– ¿Van a entrar hoy otra vez a la función de Yo (no) estoy loca?

–¡Ni que estuviera loca!– Le respondió Ramiro, riéndose socarronamente.

Para acompañar el tercer café que nos tomábamos esa tarde, Ramiro había pedido una gran pieza de pan artesanal. Pero justo en ese momento nos percatamos de que se nos había hecho tarde para entrar a la siguiente función de teatro, y luego de que cada uno tomara su rebanada, Ramiro envolvió lo que quedaba de pan y lo guardó en el bolsillo de su abrigo.

Dos meses después, Julián y yo, en el café interior del Instituto de Cultura, en El Carmen de Viboral, llevábamos esperando un buen rato a Ramiro. Él nos había anunciado su visita para El Carnavalito. El escándalo que siempre lo precedía, en el que retumbaban nombres y se escuchaban las palmadas de sus abrazos, nos llegó de pronto. Ramiro se sentó con nosotros y gritó, todavía en la euforia de su llegada: “¡Marcos! ¡Marcos! ¡Traed las tiernas viandas!”. Estaba más feliz que nunca porque había encontrado su corbata de madera –que hacía tiempo consideraba perdida– detrás de una lavadora, en la casa de su hija Laura. También de Manizales se había traído su abrigo beige. Eso nos estaba contando cuando se llevó su mano al bolsillo y extrajo el envuelto que había guardado aquella tarde de café. Ramiro pegó un grito que retumbó en las cuatro paredes de la casa:

–¡Pan Viejo de Caldas!

Algarabía III. “Gatuno día y un maullido”.

Ramiro Tejada, un bufón agudo, soportaba con un humor implacable las injusticias. Una mañana, en la que tuvimos que compartir una habitación en un hotel en La Unión, durante el encuentro de Teatro GATO, Ramiro me despertó, leyendo, desde su cama, un periódico con las noticias del día anterior: “¡No puede ser! ¡Cómo es posible! ¡Y mientras pasa todo esto, usted sigue durmiendo!”, exclamaba cada tres o cuatro líneas, e inventaba luego algún juego de palabras.

Cada semana yo esperaba sus mensajes de Whatsapp, donde hacía críticas musicales y jocosas, de las noticias de la política colombiana: “Me dice hun habitante de calle que ba a botar por Bargas Yerras pa’ concerbar el empledo” o “Mejor Petro conocido que Duque por conocer”. Y a Ramiro uno lo tenía que tomar siempre muy en serio y muy en broma.

Una día tuvo la esperanza de predecir que Duque perdería las elecciones: “Anochecerá y veremos!!! Profético mensaje desde el más acá!!! Gurú Raminandha Tejadoski… Mundialoski… Colombiano humana est!!! Replicar. A partir del lunes cobraré consultas… Para muestra de un botón: ¿se acuerdan del pescado que acertaba los resultados en un mundial? Ni más ni menos, predije el 3-3 de Portugal-España!!! Ahora bien, si no acierto el aserto recordad que ¡errar es de humanos!” ¡Y cómo le dolió a Ramiro no haber atinado!

A veces también firmaba: cacique Ramiriqui.

Adiós: “Ya todo ha sido escrito, el sino es la impronta de la tragedia”.

El primer trago de ron lo derramabas, ofrendándolo a sorbos, sobre el pavimento: por Freidel, por Farley, por Rodrigo Saldarriaga, por Gilberto Martínez, por Diego Sánchez… Siempre convidabas a tus muertos. ¿Cómo te convidaremos a ti, Ramiro, si nunca te podremos contar entre ellos? Siempre te estábamos esperando, a ti, a tu bella algarabía y a tu extravagancia generosa, en cada festival de teatro, en cada evento, ¿tenías el don de la ubicuidad? Alguien decía que eras un pedazo de teatro escapado de una obra. Tenía razón. Como a los personajes de teatro, te haremos inmortal en la gran escena de la vida, mientras te evoquemos, mientras te representemos. Nunca había visto, Ramiro, ni imaginado si quiera, un velorio en el que la gente sonriera tanto como en el tuyo. Nos traías la sonrisa siempre y ni con tu muerte nos la quisiste quitar. Te seguiremos esperando, hermano.

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