Masacre o de cómo se grita desde las esquinas del infierno

I

Usted podrá ocultar la mirada bajo sus manos, entre los surcos de sus manos: aún así la imagen, sin que usted la hubiese visto le ha de perseguir, es el destino de todo colombiano. Usted podrá negar tres veces bajo el canto del gallo a la patria que le tocó en suerte; aún así, la imagen se prenderá de sus sueños y hasta dirá su nombre en las noches más noches. Usted se preguntará contra el espejo ¿por qué a mí, por qué la imagen me persigue a mí? Entonces usted se encontrará tronando los dientes y con los oídos atentos a las sirenas de las ambulancias o a las detonaciones insípidas de un revólver cercano. Se descubrirá respondiéndose: es el destino de todo colombiano.

La imagen: Hay un fondo negro como si anunciara el centro de la noche. Un suelo naranjado que atina a las coloraciones crueles de los desiertos: el terreno está coronado por ramilletes de cráneos mientras una esqueleto, armado de una lanza, vigila como un centurión de la muerte: en el centro se encuentra el escudo de Colombia destruido por las balas, con la bandera rasgada y en vez del gorro frigio, un casco de guerra; la cornucopia de la izquierda, en vez de oro, deja derramar la cocaína, la cornucopia de la derecha, en vez de frutos, rebosa en fajos de billetes. Parece una versión distópica de Colombia, pero resulta más una versión hiperrealista del país de pesadumbre: en vez de “libertad y orden”, se lee “Death True Death”. En vez del Cóndor de los Andes, un tropel de gallinazos se abalanzan sobre el escudo: y en la cima del cuadro algunos podrán intuir un nombre que más que sonar, truena: Masacre.

La imagen es la carátula del álbum Muerte Verdadera Muerte que la agrupación Masacre lanzó en el año 2012. No debería sorprender el carácter apocalíptico de la imagen cuando el nombre mismo de la banda habla de la violencia que mataba a dentelladas al país en la década de los años ochenta, no debería sorprender cuando la banda se configuró dentro de los límites del Death Metal, turbulento, demoledor e insaciable como la muerte que hacía de Colombia su hogar bajo los cielos.  No sorprende, cuando a finales del año 1988 se realizó el primer concierto de la banda. Era un concierto precario en el barrio Cristo Rey de la ciudad de Medellín. En la boleta estaban anunciadas seis bandas pero Masacre no aparecía ni con lápiz. La banda fue invitada a última hora. La boleta valía 250 pesos. El concierto comenzó a las cuatro de la tarde y hacia las ocho de la noche despuntaba el final. “La calle nos daba miedo”, me cuenta Alex Oquendo, vocalista de Masacre. Era normal en Medellín. Dicen que todos los caminos conducen a Roma, en las últimas décadas del siglo XX y en la primera del siglo XXI, en Medellín, todas las calles conducían al cementerio. La banda subió a escena en el final del concierto, apenas tenían dos canciones. Cuentan que en la entrada del concierto una mujer entregaba las boletas mientras otros recibían el dinero de la entrada. Se llamaba Natasha. Cuentan que un hombre ajeno y que nadie reconocía se acercó a la entrada.

— ¿Sabes qué, casposo? Vos aquí no entrás— le dijo Natasha al hombre.

—Ahorita te busco— le respondió él.

            A la salida del concierto, el hombre esperó a Natasha y la asesinó. El velorio de Natasha estuvo abrazado por el Metal (¿o debería decir abrasado?) y en el fondo de su ataúd se veían los sencillos de Astaroth y de Némesis. ¿Cantarán todos los muertos adormecidos por la violencia en los coros de Masacre? No debería sorprender.

II

(Es de voz detallada y lenta como la de los abuelos, pero honda como el eco de las cuevas. Alex Oquendo es suave en el hablar y arrebatado en el canto)

Voy a hacer una puta banda que ustedes se van a quedar acordando de mí toda la vida, le dije a Esteban… a Juan Esteban Aristizábal… Juanes, pues… cuando me echó de Ekhymosis. Estábamos parchados en la esquina donde vendían el vino, ahí en El Poblado, el Tres Patadas, a setenta pesos era la botella. Me sacaron, sacado.. me dijeron: “sabe qué, su voz no sirve”… y así fue, cuando yo formé Masacre con Mauricio ‘Bull Metal’ les dije así, ustedes se van a acordar de la puta banda que yo voy a hacer. La primera formación fue de tres personas: estaba ‘Bull Metal’, “Toño” Guerrero, el de Agressor y yo. Entonces empezamos unas líricas y un sonido más fuerte que fue el que nosotros llamamos Death Metal en su momento cuando la escena venía de un sonido que denominábamos Ultrametal. Empezamos con el Death Metal basados en los sonidos de unas bandas que nos mandaban en casetes y nosotros nos identificamos con ese sonido. Empezamos a hacer los intercambios, todo era a mano, a máquina, en casetes, esperar a que se demorara quince días en llegar, más quince días de ellos en devolver… era algo lento aunque de esa manera proyectamos la banda muy fuertemente de manera internacional. Digamos que, en ese asunto de promocionar la banda internacionalmente ‘Bull Metal fue fundamental’, creo que él es una de las personas más importantes no solo en el Metal nacional sino en Latinoamérica… es que nosotros éramos muy constantes, nosotros seguimos en esa constancia que comenzó en los barrios, en las esquinas, en esas esquinas que uno se podía reunir a planear sus fechorías, tal vez, o a planear, tal vez, qué disco íbamos a grabar mañana, o en la casa de quién íbamos a grabar el casete, o quién tenía el mejor equipo… de ese momento tan sencillo parte el interés por crear, de investigar, de llegar más allá con la música, de interesarnos luego por pintar un logo, por pintar una carátula, por pintarnos las camisas, después la intriga de empezar a tocar una guitarra… y a través de eso empezar a transformar nuestras propias vidas, transformar esas esquinas, ese lugar de encuentro que podía ser para cosas malas o cosas buenas, y ahí estábamos nosotros intentando cambiar algo a través de la cultura, y de la música. Hay algo que es muy importante en nosotros, es que identificamos la imagen con aquello de lo que estamos hablando. Que la carátula te diga de una qué es lo que vas a escuchar, que por lo menos te diga qué temática vas a escuchar, que es una realidad de una problemática social y política que vive Colombia, luego los nombres de las canciones y luego el poder mismo de la música. Pienso que es la manera como nosotros hacemos el cambio social. Queríamos contar esa realidad que nos había tocado y que habíamos vivido y queríamos expresarla, eso era. Esa época fue difícil, pero de alguna manera con la música que hacíamos le quitábamos ejército a esos bandos de la guerra, pudimos ser un obstáculo porque muchos de los muchachos no se fueron para donde ellos sino para donde nosotros. Entre otras cosas, los muchachos que están ahora en la banda, admiraban Masacre,  eso no me tocó a mí, a ellos sí les tocó, a ellos les nació la motivación de decir: “yo quiero estar ahí”, veían a Masacre como algo muy grande, yo no, ellos. Por eso yo les digo: “los envidio porque siempre han podido ver la banda de frente, yo nunca he podido ver la banda de frente”.

Fotografía: Daniel Galeano.

III

¿De cuántas voces vienen los sonidos aglutinados que se conjuran en Masacre? El desenfado de los músicos penetra en los espectadores que no saben descubrir en sus cuerpos las garras que los tajan. Y el baile. Hasta la lluvia que había acosado al Víboral Rock ha caído en la timidez y desfila escueta y olvidada. Y el baile. Parece que la música entrara en los cuerpos para sacar el odio que se va con la poca lluvia entre las alcantarillas: porque a veces la esperanza es más tenaz en los rostros de los indignados, porque la tranquilidad ensombrece el rostro como un lobo ardido, ¿Qué podría suponerse si en el país de pesadumbre nos han dejado en el rincón soportando las llamas del infierno? ¿si hasta en las bocas de los muertos se ha endurecido la tierra para traerles el silencio? El  Death Metal nació para volcar en estertores los infiernos que agobian a los hombres, para que griten los silenciados. Masacre lo ha entendido: por eso aprendieron a gritar desde las esquinas calcinadas del infierno de este mundo.

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