Una vida

¡Querido señor! le contaré una historia, si comparte, generoso, su vino… No repare en mi vestimenta, que es inmunda, ni en mi olor, que es agrio. ¡Debe saber que soy un hombre perseguido y que antes del amanecer habrán llegado, los llame o no, a ensartar mi fea cabeza en una vara! ¡Bebamos por eso!

Cuando nací, lo hice como los hijos de los pobres, en un establo. ¡Era un anuncio de lo inmunda que es la vida! Como mi madre murió en el parto, me confiaron al viejo cura Rollet, imbécil por la edad y avaro. ¡Que me enseñó el latín de Tácito y Virgilio al precio de inhumanos esfuerzos! Que me negó cualquier cariño y cualquier prenda para el frío. ¡Que me insufló el odio por paganos y protestantes y procedió conmigo como si se tratara de un hereje! ¡Y vaya que acertó!

Hasta la edad de doce años no conocí a mi padre, que regresó de Flandes devastado por el tifus. A pesar del temor natural de un niño, Rollet me obligó a cuidarlo hasta que reventó en medio de un olor nauseabundo. ¡Debí enterrarlo con mis propias manos! Como había estado en contacto con el enfermo, Rollet me echó de su iglesia. Vagué desorientado por las calles atestadas y malolientes de París. ¡Vagué entre la basura y los animales, entre los puercos, los perros y los asnos, entre el ruido de las tropelías, los parloteos, las canciones y los engaños del mercado! ¡Un perro más entre los cientos que diariamente revientan patas arriba en la ciudad!

Arnaut — me decía a mí mismo — debes ser bueno, recuerda cuanto te han dicho del amor. — ¡Y el amor no es una mujer de piernas abiertas! —. Recuerda que sólo por un justo, el ángel estuvo a punto de salvar a Sodoma de la ruina. Encontrarás en otros la bondad.

¡Y vaya que la encontré!

A los diecisiete años, había descerrajado algunos vientres por monedas, mendigando en cada esquina de la ciudad y fornicando con rameras hambrientas bajo los arcos de la catedral de Saint-Séverin. Degollé un perro para robarme un pan en una villa miserable. ¡Perdí algunos dientes en una reyerta de taberna con un soldado! Conocí la cárcel en Saint-Denis, ese aguajero ¡Donde me acuchillaron tres veces! Pero Dios supo fijarse en mi… Ya que me convertí en uno de sus sepultureros.

No seré parco en contar lo que vi… Diariamente llegaban los cuerpos torcidos o tiesos de los miserables, mermados por la enfermedad o el hambre. Pálidos o amoratados, brutalmente hinchados o pestilentes. Entonces los apilaba por docenas en una sola fosa para que no estuvieran nunca más tan solos. ¡Había la suficiente piedad en mí, como para fijarme en fruslerías! ¡Que los muertos ya están lo suficientemente solos al morir! Era un trabajo desagradable y más o menos arduo cuando llegaba el invierno y debía cavar la tierra congelada para ocultar del cielo la pestilencia de los muertos. Pero era mejor que estar en las calles, aun si todavía debía mendigar monedas entre los pobres para pagar mi comida. Unos cuantos mendrugos de pan que disputaba en la noche con los perros y las ratas, y que compartía con una familia de viejos que se prendaron de mí como sanguijuelas. Dios los guarde, sino soportaron el siguiente invierno. La vieja me cuidaba con suave cariño, porque de mí dependía su comida.

¡Piense en mí como un hombre que supo defenderse de la adversidad! ¡Piense en mí como un perro que resiste hasta el último golpe para reventar!

Tres años con los pobres y me enviaron a los cementerios de la ciudad, donde mi situación pareció mejorar. Pude rentar un cuarto miserable en una pensión sarnosa. No diré que fueron amables. Como Rollet, me evitaban los mayores, y los niños del vecindario me correteaban con palos como si fuera un apestado y me echaban a los perros. ¡Pero sobrevivir era mi propósito! ¡Aferrarme a la vida como un insensato! Dentro de mí decía: ¡Entre peor me trate, más me aferraré a ella y no se librará de mí!

Pero la vida se ríe de nosotros. Y fue así que un día de primavera, llegó Henriette, la hermosa Henriette, que torció mi destino. Llegó pálida y miserable a mi puerta, como un anuncio de mi perdición. Le abrí mi hogar, ella me abrió su lecho. Gozamos de un amor culpable e intenso, en el que podíamos estar en la cama todo el día, mientras los muertos no molestaran. Sabía que la miseria la empujaba a ello. A Henriette le gustaba que durmiera en su vientre, que calentara sus pies helados en las madrugadas y dormitar con su rostro escondido en mi cuello. A mí, encontrar su calor y su olor en las mantas y enterrar mi rostro en su cabello frondoso, oloroso a mirto. Para entonces, los estragos de la enfermedad habían destrozado sus entrañas. Había noches en que vomitaba un raro líquido negro. El sudor compartido, entonces, tenía algo de estremecedora culpa. Pero sólo nos teníamos el uno al otro. No sabía que estaba embarazada. La criatura no llegó a nacer de todos modos.

En el Hôtel Dieu, que era el gran hospital de la ciudad, busqué a Flament, el médico. Le supliqué que la viera, pero pidió un precio lo suficientemente alto para no tener que verme de nuevo. ¡Ese canalla, que reviente como un perro! Vagué por la orilla del Sena consternado, pensando en Henriette, en sus manos que sabían ahuyentar la tristeza y prodigar el placer con suma destreza. Entonces recordé a Rollet, al cura Rollet. Durante años había codiciado los ornamentos de su iglesia: ¡los cálices y copones de oro debían valer una pequeña fortuna! Y bien pensado, valían también tomar el riesgo. 

El viejo cura se había retirado. En su lugar oficiaba la misa un clérigo libertino al que le gustaba vestir como ángeles a los acólitos y penetrarlos con los sirios. Le llamaban Fabron por que en algún momento de su vida había sido herrero. Entré al templo en la madrugada, después de la ronda de los guardias. El ámbito se hallaba tan callado como una mujer en la primera noche de los esponsales. Los vitrales dejaban entrar una pálida luz que apenas alcanzaba las primeras bancas. Desde el altar podía ver la luz encendida del cuarto de Fabron. Tomé los ornamentos con avidez desesperada, y cuando me di la vuelta, el cura me cerró el camino. Forcejeamos y lo golpeé con el saco en la cabeza, tan fuerte, que rodó por el suelo inconsciente. Cuando había alcanzado una ventana, vi que de la habitación se asomaba un niño desnudo que corrió a auxiliarlo.

Nikolai Blokhin – Portrait of Philipov (2009).

Y como si mi vida no fuera ya miserable, ¡el cura murió por el golpe! Y el niño, que me reconoció, por ser uno de los que me perseguía diariamente, me delató con los alguaciles. Tuve miedo de volver al cuarto. Estuve dos días escondido en los burdeles y si no gasté el oro de Rollet allí, fue porque la imagen de Henriette no me abandonaba. Para cuando reuní el valor necesario, encontré a los soldados del tribunal en mi puerta. Sacaban a Henriette a rastras y la golpeaban en la calle como a una vulgar ramera. Hui, como el cobarde que siempre he sido, y la dejé a su suerte. Supe que murió en la cárcel, pero que la habían destinado al cadalso.

Busqué a Rollet para pedir su consejo, para devolver los ornamentos. ¡El viejo cerdo me miró con grandes ojos, e inmóvil por la apoplejía, comenzó a gruñir y a golpear el suelo con el bastón para que los frailes que lo cuidaban acudieran! Desde entonces, huyo. He pasado mis días entre los porqueros y los graneros. Mi olor espanta a los curiosos y siempre me delata. ¡Los perros me persiguen con saña y los alguaciles irrumpen en cualquier sitio donde estoy! Si he podido eludirlos es por el río, por eso mi ropa apesta a humedad.

¡Ah, si supiera, señor, con qué hambre come un condenado, con qué alegría se asoma al cielo o bebe en una charca maloliente del camino; si supiera cuán puro es el viento cuando cierra el paso en las travesías y qué acogedor es cualquier lecho de heno o hierbas en las noches cansadas; qué dulces destilan las gotas de los techos en las mañanas en que hay lluvia! ¡Si supiera descifrar el desplazamiento del sol en la hierba como yo lo hago, o lo que dicen las pequeñas aves a sus compañeras del cielo! ¡Si supiera, señor, que nunca quise haber nacido!

Pero el cansancio, por fin, ha cobrado precio a mi terquedad, a mi deseo de tranquilidad. Ayer he cavado una fosa donde quería descansar de todo. Y ya cubierto hasta las orejas con la tierra fría del Sena, he visto a la distancia el fuego de su campamento y me he dicho que valdría la pena conversar. Qué importa si la agonía se prolonga. ¡Nacer es un error del que nunca nos curamos! ¿Los ornamentos? — Pregunta —. ¡Los arrojé al río! Sólo por eso me negarán una muerte tranquila. ¿No le dije? Escuche los caballos. ¡Llegaron antes del amanecer

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