El ritual

“La tarea del escritor no puede ser negar el dolor, borrar sus huellas, disimularlo. Por el contrario, tiene que percibirlo y revivirlo, para que podamos verlo. ¡Porque todos queremos ver! Solo aquel secreto dolor nos vuelve sensibles a la experiencia y, en particular, a la de la verdad.”

Ingeborg Bachmann

A Julián, Andrés y Alejandro. Por su amistad y su paciencia. 

1.

Mientras al otro lado del pueblo se prepara el ritual, aquí el silencio es el mismo que todas las noches humedece la luz anaranjada de la lámpara en la calle y proyecta la endeble sombra de las cortinas sobre mi rostro. Me sucede desde hace años que antes de la música y el encuentro pierdo el sueño frente a la ventana de mi cuarto y se asienta en mí una predisposición triste a las noches que siguen.

Al llegar al Instituto de Cultura, esa mañana subí las escaleras hasta la sala de la biblioteca y allí encontré a mis compañeros; mientras miraba a algunos de ellos escribir me pregunté qué haría los siguientes días. Después de todo, si la música es un ritual del sonido y la palabra, un ritual que se expande en el aire, en las vibraciones que golpean el pecho ¿cómo hacer un vídeo sobre eso?, ¿qué imágenes podrían retratar el sonido? Convencido de que no hallaría respuesta ahí, tomé despreocupado mi libreta de apuntes y bajé a la sala de teatro; lo mejor era tan solo abrir bien los ojos y esperar. 

Abajo, en el teatro, la segunda conferencia de la jornada académica acababa de empezar. S, una compañera de la revista, estaba ahí, me senté a su lado y empecé mecánicamente a dibujar al conferencista que caminaba de un lado a otro en el escenario, mientras en el sofá, detrás de él, dormía un gato. Le enseñé el boceto a S y ambos sonreímos. Sin que me diera cuenta, la sensación de la mañana se iba desdibujando.

2.

Antes de salir al patio donde los músicos darían sus conciertos, subimos de nuevo al segundo piso. Ahora la sala estaba casi vacía, agarré mi cámara, bajé hasta el patio donde ya se escuchaban las primeras canciones y comencé a grabar imágenes al azar de los músicos y las personas que apenas se acercaban al escenario.

Revisando esos primeros vídeos encontré que tenía grabado, creo, el momento en que atisbé ese signo que estaba buscando: en una toma de apenas 35 segundos en la que al inicio un niño salta en medio del patio, pasa una muchacha con medias de malla y una pompa de chicle en los labios, la sigo con la cámara y la abandono segundos después para hacer un recorrido monótono sobre las personas que llegaban, vi a una familia, a un policía, a dos de mis compañeros y a tres muchachos que caminaban hacia los escalones de piedra que hay en uno de los costados del patio.

Los seguí hasta que se sentaron y en ese momento, frente a la cámara, apareció un muchacho apoyado contra la pared al lado de los escalones dónde se habían sentado los otros; a diferencia de ellos, él estaba solo, concentrado no sé si en la música o, como yo, en los grupos de gente que se amontonaban a su alrededor. Apunté la cámara a su rostro por unos segundos y me detuve en cuanto creí que voltearía a mirarme.

A partir de ese momento comencé a pensar en la música como un ritual del encuentro. El festival entero no era más que eso, una fiesta del mosaico de la compañía donde cada pequeño grupo formaba una pieza que daba sentido a la imagen completa de ese ritual y la figura de ese muchacho aislado lo rompía todo.  

3.

Decidí que pasaría los siguientes días tratando de retratar a esas personas que rompían el mosaico de la compañía y la siguiente hora estuve entre distraído por la música y concentrado en la tarea de buscarlas. Al cabo de un rato encontré, curioso y frustrante, la forma en que al apuntar mi cámara hacia esas personas parecía camuflarse la lejanía que proyectaban. Sin importar qué tanto viera yo en ellos, qué tan significativa fuera para mí la figura de su soledad entre la gente, para la cámara que tenía en las manos no eran más que personas rodeadas de personas.

Salí del patio cansado y decepcionado de la idea de intentar encontrar poesía en los rostros de la gente y me encontré con R, un amigo con quien llevaba todo el año sin hablar. Me acerqué a él y lo invité a tomar un par de cervezas, al mismo tiempo dos hombres se acercaron y comenzaron a hablarle, dos de mis compañeros pasaban en ese momento así que en lugar de esperarlo decidí volver al patio con ellos, pero al poco tiempo volvió a aburrirme el silencio de los rostros, volví a encontrarme con R y salimos, alejándonos de la gente.

4.

Nos sentamos en una cafetería desde donde aún podía escucharse la música del ritual. No sabía realmente de qué hablarle, llevaba días esperando la oportunidad de hacerlo, pero no lograba encontrar la forma de comenzar. Tal vez solo quería saber un poco de él, o pedirle disculpas por la ausencia, pero no encontraba la manera… aunque la sensación de esta mañana seguía disipada lo que sentía en ese momento se le parecía mucho, pedimos un par de cervezas y mientras en la calle desfilaban las personas en dirección al patio del concierto, G se acercó caminando, se sentó con nosotros y pidió una cerveza más.

La compañía inesperada de G resultó un alivio. Al poco tiempo de sentarse comenzó a hablar de los libros que estaba leyendo. Quería saber la opinión de R sobre un problema que encontraba en la forma que los griegos separaban los conceptos de eros y lo místico o algo por el estilo. R, aunque tomado por sorpresa por la complejidad de la pregunta, comenzó a hablar con seguridad y la siguiente hora lo escuché narrar historias, contar anécdotas y reflexionar sobre el amor, la soledad, la amistad, la fiesta y la alegría… Aunque me sentía oprimido por mi propio silencio, disfruté escucharlos:

— Al final todo es una apuesta, por eso la idea del eterno retorno es tan bella. Se trata de apostarle a la vida, a la propia capacidad de nutrirse y de ser; yo he vivido como quise, y por eso no envidio, porque lo que soy lo elegí; yo elegí la vida por sobre la tranquilidad que implica trabajar diez horas diarias ¿Porque para qué?, ¿para llegar a casa y no tener aliento?, ¿para llegar y dormir, y despertar a empezar de nuevo lo mismo? No, para mí la vida fue más… cuando llegué aquí recuerdo la soledad de esa casa, la soledad más completa, que suerte tuve luego de conocer a P… por eso es tan bella la idea del eterno retorno, es como apostar a que si un día un demonio se para en frente tuyo y te dice que has de vivirlo todo de nuevo, ¡tal cual como lo has vivido!, la idea nos llene de alegría y no de pena…

Mientras R decía estas cosas que repito lo mejor que puedo, G le respondía de cuándo en cuándo con su voz tranquila y yo me preguntaba si estaría feliz de vivirlo todo de nuevo.

Al terminar la conversación G se despidió, y antes de volver al Instituto, R se acercó y en un tono afectuoso me dijo que aún nos debíamos una conversación. Esa manifestación sutil de afecto me hizo olvidar el agobio que sentía por haber estado en silencio.

5.

En la sala de la biblioteca había una actitud jovial. Yo mismo me sentía particularmente alegre por la tarde que había pasado y a pesar de lo poco que había avanzado en mi tarea, estaba tranquilo.

En el patio caminé un par de veces más entre la gente buscando imágenes, gestos, miradas, algo que me hablara, pero la multitud se había hecho espesa y los rostros se perdían entre los rostros. Entre tantas personas, ya no veía a nadie. Apagué la cámara y me acerqué al grupo de los escritores que para esa hora ya habían terminado con sus tareas y ahora disfrutaban de la música. S estaba ahí, quería comprar algo afuera, así que la acompañé. La tranquilidad y el silencio de las calles contrastaban con la euforia del patio; el color de las lámparas me recordaba con lejanía a la sensación de la madrugada que ahora apenas se sentía como una hoja de papel sobre la piel.

Aproveché la ocasión y le pedí que caminara un poco conmigo, nos alejamos del patio y de la música hasta llegar a una banca de piedra rodeada de palmeras y un jardín humedecido por el frío de la noche.

— La verdad no lo sé -dije en algún momento- No he pensado mucho en ello, intenté hacer algunas escenas de las personas que veía, pero no creo que vayan a ser muy útiles, por ahora tan solo estoy disfrutando la noche. Además ¿qué sentido tiene hablar de esas personas?, no es como que sean algo particular, uno las encuentra en todos lados. Es solo que me gusta la idea de su lejanía entre la multitud, pero no creo que sirva de algo, al final ¿qué tiene qué ver lo que yo piense de ellas con el evento? Van a terminar despidiéndome…

— Uhm, sí, es cierto, no tienen mucho, pero a fin de cuentas a todos nos gusta saber sobre los otros, todos tenemos curiosidad por los otros.

Las palabras de S reanimaron de una manera extraña la idea de buscar algo qué decir sobre las personas a las que veía deambular entre la multitud. A pesar de eso, la posibilidad de narrar esa historia a través de la imagen se iba volviendo difusa, presentía que mi única posibilidad sería la escritura, sin embargo, llegado a este punto, decidir escribir se sentía como una forma decepcionante de fallar, pues el sentido de mi presencia parecía justamente ser el de crear ese vídeo al que no veía futuro alguno. Miré a J y a R que como yo se quedaron a escuchar la última banda de la noche y me despedí en silencio.

De camino a casa las calles estaban mudas.

6.

El segundo día, mientras recorría el camino de vuelta al instituto, me sorprendí al percatarme de la súbita sensación de felicidad que me invadía. Sin entender por qué, en ese momento me sentía poseedor de un pequeño rincón de tranquilidad y alegría.

Al llegar encontré los pasillos del instituto desiertos; la música y la multitud se concentraban en el patio mientras que en el edificio solo se escuchaban murmullos desde la sala de la biblioteca.

Pasé la tarde ayudando a editar algún texto; dibujando a L mientras terminaba de ordenar las grabaciones de su programa de radio y buscando rostros entre la gente o en las fotografías que tapizaban las paredes en el museo.

Al llegar la noche S y yo coincidimos de nuevo y fuimos juntos a cenar. El poder compartir ese momento reavivó toda la alegría de la mañana. Días después S visitó mi casa y de nuevo dijo algo que quedó retumbando en mi cabeza y que hoy parece ser una de las razones por las que se ha ido hilvanando este texto con lentitud, pero certeramente a la forma de una extraña crónica.

—Ahora entiendo porque lo de cenar juntos te alegró -dijo mientras miraba la multitud de retratos que tapiza una de las paredes de mi habitación- aquí arriba es fácil pasar todo el día solo.

7.

Al volver al instituto, en la sala de la biblioteca se preparaban para entrevistar al vocalista de Reencarnación, una de las bandas más importantes que visitaba el festival y un referente en la historia del metal en el país, preparamos una mesa, café e incluso a alguien se le ocurrió traer pasabocas; era la combinación extraña entre una sala familiar y un interrogatorio. Medio minuto después de que se sentara pasamos el escenario de nuestra bienvenida a los pasillos en penumbra del segundo piso pues a Víctor no le apetecía sino un cigarrillo.

En medio de esa curiosa rueda de prensa, en la que cinco entrevistadores bombardeaban de preguntas a un único músico, miré a mis compañeros y recordé la idea de la música como un ritual del encuentro, lancé la pregunta y Víctor respondió con una anécdota que al cabo se transformó en un fragmento de la historia de soledad y violencia que ha rodeado la memoria de nuestro país.

8.

El resto de la noche la pasamos en el patio. Recuerdo dos últimos incidentes: En un momento en el que me encontraba solo junto a los escalones en la parte posterior del patio un hombre se acercó a mí, y con una familiaridad que no supe corresponder, comenzó a hablarme:

— Me gusta su estilo -dijo- Así es, es que así es, luego pueden llegar y lo juzgan a uno, pero al demonio, al carajo lo que digan otros, no importa… a mí me preguntan que por qué mi apodo que por qué P si yo no soy ningún podrido, pero ellos no saben, ellos no saben lo que era, yo antes, antes sí…

Era como si intentara terminar de contar una historia que en otro lugar no había podido concluir… al final de nuestra conversación no pude más que ver en él un ejemplo de la soledad que llevaba buscando desde ayer, S se acercó en medio de ese extraño encuentro y me despedí de P sin alcanzar a saber nada más de él que su apodo.

A partir de ese momento lo vi varias veces a lo largo de la noche deambulando entre los grupos de personas. En una ocasión lo miré desde el balcón del segundo piso, acercarse a unas muchachas con la misma naturalidad intoxicada con la que parecía cabalgar ese evento que era su vida, las muchacha lo recibió con cordialidad y se despidió de él pocos segundos después dejándolo en un estado meditativo al que parecía muy acostumbrado.

Guardo una grabación de él que capté al día siguiente cuando lo vi frente al escenario del parque disfrutando de la primera banda de la tarde. Hace unos días mientras me enseñaban algunas de las fotografías que se habían hecho del evento lo vi de nuevo, de espaldas entre la multitud y me sorprendí de lo fácil que resultaba reconocerlo. P parecía ser dueño, aún a pesar suyo, de una facultad intrínseca de separarse de todos…  

9.

El segundo evento sucedió poco antes de que la banda de Víctor subiera al escenario. S comenzó a buscar a su hermano entre la multitud, cuando lo encontramos hablaba por teléfono con su padre, intentando convencerlo para que les permitiera quedarse hasta el final de la noche, pero no parecía ir bien.

—¿Tomando? ¿Tomando qué? Dijo con una voz que reflejaba la frustración que expresaba en el rostro.

Cuando miré a los que lo acompañaban, me percaté de que la pregunta era enserio, ninguno de ellos tenía rastro de una cerveza o nada que se le pareciera en las manos; a pesar de eso, al otro lado de la línea, el padre de S estaba convencido de que sus hijos no debían quedarse a escuchar el final del concierto, no por la música sino por lo que imaginaba que sus hijos hacían… al terminar la llamada S y su hermano se despidieron mientras yo revivía el recuerdo de la primera vez que estuve en un festival de música hace casi diez años.

10.

Tenía quince años y mis padres se habían negado a dejarme ir así que, a falta de cualquier otro recurso, fui a casa de mi abuela, me senté en su cama y con la timidez propia de cualquier principiante en el arte de mentir, comencé a hablar hasta que simplemente terminé confesando que necesitaba prestado dinero para ir a un concierto, seguramente le recordé a mi tío; me lo dio me despedí y salí a encontrarme con el grupo con que viajaría. No recuerdo haber devuelto nunca ese dinero.

En casa dejé una carta, imagino que mi madre la encontró y me deseó suerte mientras la destruía para que mi padre no fuera a enterarse de que decidí ir sin su permiso; de eso último estoy seguro, porque al volver a la mañana del día siguiente no me esperaba más que la mirada fría de ella y la confusión de él al verme llegar en la madrugada “de casa de un amigo”.

En la ciudad, lo primero que recuerdo de esa tarde es a un hombre de rastas anunciando el precio de los brownies que llevaba en una cesta. Imaginé que era por eso que mis padres no querían que viniera y me pareció ridículo y al mismo tiempo emocionante.

—Tú tranquilo, llevas las botas, la camisa negra, el cabello desaliñado etc. eres parte del grupo, uno como todos.

Nadie me dijo esas palabras, pero las sentí en los ojos de Memo, el compañero del colegio que me había convencido de ir a pesar de mis padres; él mismo, que ese año me enseñó sobre el vino barato y los cigarrillos, sobre saltarse las clases, volarse del colegio, y dejarse crecer el pelo. En ese momento hacíamos la fila de entrada y nos reíamos.

Una vez adentro me sorprendió la cantidad de rostros extraños, de hombres inmensos y mujeres hermosas, de figuras estrafalarias y otras tantas decadentes, atiborradas en un solo lugar; eran toda una mescolanza de extraños en la cercanía de la multitud. Nos hicimos paso entre los cuerpos hasta estar cerca del escenario y allí pasamos la tarde.

Las bandas se sucedieron unas a las otras, pero yo prestaba más atención a la multitud que me rodeaba que a la música que lo envolvía todo. Recuerdo que toda la tarde pensé en lo absurdo, en lo increíblemente insignificante que parecía todo. Llevaba cuatro horas en frente de un escenario dejando que la música pasara de largo mientras me distraía mirando a la gente y nada sucedía. ¿En dónde estaba eso místico, eso a lo que debía tenerle miedo que mis padres usaban como excusa para prohibirme estos lugares? ¿Qué era eso malo que iba a suceder por haber decidido no hacer caso? ¿Dónde estaba mi castigo? ¿Dónde estaba el daño si aquí solo había música y gente?

Pasadas las diez de la noche, a mi lado vi a un hombre y una mujer en un pequeño nicho que habían formado al ponerse de cuclillas entre la multitud, cuando comenzó a tocar I.R.A, una reconocida banda de punk colombiana, vi al hombre ponerse de píe y lanzarse al círculo del pogo. Recuerdo ver la mancha amarilla de pegamento en su rostro mientras se acercaba de vuelta al lugar donde la mujer lo esperaba y lo recibía en brazos. Al final de la noche los vi irse dándose equilibrio el uno al otro, la botella de pegamento vacía se quedó ahí como una marca de su fiesta personal… pensé que esa era una imagen del amor y del ritual tan buena como cualquier otra; que dos personas pueden resumirse en una imagen de ternura y que tal vez ese era el punto de todo esto… el encuentro.

Lo siguiente fue salir y ver cómo del ruido y la multitud nace el silencio; cómo poco a poco las calles en medio de la noche van retornando a su desértico estado natural. Yo estaba feliz de que por fin hubiera terminado, quería descansar del ruido y de la gente, creo que esa fue la primera vez que me atravesó la sensación de la lejanía entre la gente.

Horas después de haber visto a S y su hermano irse, pasé en mi bicicleta por el parque donde se preparaba el escenario del último día del festival, saqué mi cámara y grabé la luz de las lámparas reflejada en los adoquines.

12.

El último día el iInstituto de Cultura estaba en silencio. Sentía en la piel el ambiente parco de una mañana apagada y en la sala de la biblioteca ya nadie escribía. La música en ese lugar se había terminado y todo lo que se escuchaba era el sonido del agua hirviendo dentro de la cafetera. Al cabo de un rato y tras una alargada entrevista a una de las bandas que tocarían en la tarima del parque, salimos del Instituto camino a un bar cerca del nuevo epicentro del ritual. Para entonces había renunciado por completo a la idea del vídeo así que en lugar de mi cámara tomé una computadora, me senté en una de las mesas de aquel bar, y comencé a escribir lo que sería el primer esbozo de este texto.

12.

Estuve allí hasta que comenzó a anochecer, volví a casa con la ilusión de que al día siguiente podría escribir rápidamente el texto y dejar todo este asunto atrás por un par de meses, hasta que el siguiente ritual me quitara nuevamente el sueño frente a mi ventana. No fue así como sucedió, y los siguientes veinte días los pasé pensando en la inutilidad y al mismo tiempo la necesidad acuciante de terminar un texto al que no veía sentido; recuerdo que la última vez que le hablé a alguien al respecto fue a V, un amigo de S con el que no había tenido la oportunidad de conversar antes.

—Aún no lo termino -le dije- creo que ya lo había mencionado, pero trata sobre esas personas que en medio del ritual de la música y el encuentro se encuentran completamente aisladas, no he sabido como darle forma y ya llevo medio mes de retraso, es un desastre.

—Ah, tú eras la imagen perfecta de eso -me respondió casi jocosamente- el domingo en la noche eras el ejemplo perfecto de eso que mencionas, ahí con las manos cruzadas y los tapa oídos en medio de la gente, si necesitabas imágenes, con la tuya hubiera sido suficiente para ilustrar lo que dices…

Creo que fue ese pequeño comentario el que transformo finalmente la idea de hablar sobre otros en un intento por entender desde mi mismo el fenómeno de la lejanía.

13.

Al volver al parque, caminé sin rumbo alrededor de la multitud hasta que me crucé con un grupo de amigos y viejos conocidos. La noche transcurrió entre estar con ellos y alejarme cada tanto para deambular nuevamente entre los desconocidos, pensaba que a lo mejor necesitaba estar solo para entender a esas personas de las que quería hablar. Vi pasar a D, una conocida con quien las conversaciones siempre giran alrededor de un punto común y me acerqué a saludarla.

—Es curioso— me dijo después de que le conté sobre el trabajo que estaba haciendo— justo así he pasado hoy todo el día…

No supe qué responderle y preguntarle “por qué” parecía estúpido. Después de un minuto en silencio volvió a mirarme.

—Y sabes, justo hoy la vi… hacía tiempo que no te veía ni la veía a ella, dijo.

—… ¿Y cómo está?

—Bella.

—Ah… lo sé – respondí antes de despedirme.

14.

Al final de la noche caminé hasta el jardín del Instituto y tras los árboles de flores me senté en una de las bancas iluminadas por la luz amarilla de las lámparas. A mi lado vi a un hombre y una mujer, la mujer casi se había convertido en una estatua, aún parpadeaba, pero esa era la única señal de vida que daba su postura y el hombre parecía desgarrado intentando hablarle a un ser de piedra. Sentí vergüenza de la curiosidad profunda que me generó esa escena y al mismo tiempo lástima por la tristeza que emanaba. Era una tristeza espesa, la tristeza del desencuentro irrevocable, la del silencio, la de la comunicación rota y el alma enferma.

En el momento en que pensaba esto y la melancolía de la luz amarilla y de la pareja de piedra a mi lado, revivía en mí mis propios recuerdos de las despedidas, una mujer a la que yo mismo alejé hace años pasó y se detuvo en frente mío.

—Are you okay?—Me preguntó con una voz casi dulce.

—As always.

Como siempre, respondí casi instantáneamente. Yo también era una estatua en ese momento y me sentía bien como siempre… 

Días después volví a ver a la pareja de aquella noche, caminaban como si nunca hubieran vivido la tristeza por la que yo los recuerdo.

15.

En el último vídeo que hice de esa noche, mientras las esperanzadoras canciones de Doctor Krápula retumbaban en el aire, J y A celebraban junto a mí los tres días de trabajo y fiesta que terminaban. Yo estaba partido entre la posibilidad de disfrutar de la fiesta, o sumirme más aún en todo lo que había visto y escuchado esa noche, que poco a poco había encarnado en mí la soledad que busqué en otros. Comprendí en ese momento que todo se reducía a la decisión de olvidarse de sí y tan solo perderse en la música. Olvidarse de la irrevocable lejanía de ser uno y perderse entre la multitud.

Apagué mi cámara, me despedí de mis compañeros y elegí sentir todo lo que esa noche me atravesaba, sabiendo, sin embargo, que sería la última vez que perdería el sueño frente a mi ventana antes de las noches del encuentro.

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