El castigo de Alondra

Por: Judith Ponce Ruelas

Le pregunté a Romero qué hacía cuando le apretaba el pecho, cuando los respiros profundos le arrebataban el equilibro, cómo reaccionaba en los momentos en los que por contenerte tanto te derrumbas toda. Cómo actuar en el evento inesperado del silencio cuando las acciones ya lo han dicho todo.

Él me dijo que escapaba, yo le pregunté que a dónde, me dijo que simplemente caminaba, le supliqué que me llevara consigo, él pronunció “Alondra”, yo agaché la mirada. Con su voz flemática, más pausada que nunca, me explicó que la magia consiste en caminar, pero en caminar a solas.

Me reí por un momento, después imperó el silencio, lo miré temerosa, dilucidé que también me observaba, al contemplarme fijamente, me estremecí toda. Le dije que me molestaba, que no soportaba su indiferencia y en un gesto sutil, enfatizó toda su desavenencia.

Te jactas de vehemente, confesó con tono sereno. Si no logras apaciguar tus impulsos solo propiciarás que continúen los desequilibrios, éstos te derrumbarán toda, así como me derrumbé contigo. No olvides, Alondra, que hasta el más paciente puede perder los estribos, cuando todo es incierto, cuando la claridad se aparta. El día que me buscaste ya nos habíamos perdido, tú por caminar deprisa, yo por no procurar tus pasos.

El Almuerzo, Édouard Manet (1868)

Mientras mi pecho temblaba, yo continué mi camino. En silencio, sin prisa, en todo momento pensando; en ti, en mí, en tus besos y tus arrebatos. Ni un reclamo, ni una palabra, taciturno en todo momento. A la distancia divisé tus fechorías y aunque sabía que sin intención, observé como te mentías. Escapé, sí, escapé caminando y solo así conocí, la desgracia de perder lo que tanto había anhelado.

Dime, Romero, insistí con desacato. ¿Cómo hacer para presenciar el trayecto de quien te acompaña, cuando te empecinas a trazar el propio? rescatar lo bueno, desechar lo indigno, fue lo único que hice al andar. Quisiera ofrecerte la inspiración que propicie tus certezas, pero lo único que encuentro ahora es tu burla y este castigo.

Alondra, el tiempo también camina, éste lo hace, siempre en el ritmo adecuado. Se siente veloz, otras veces pausado, pero nunca cambia su sabia y templada armonía. Ingrávidos fueron mis instantes, infortunios tus momentos, al final tu impaciencia fue lo que dejó perplejo mi cariño. El caos que hoy heredas eres toda tú en escena, ya lo dijo Pérez Reverte “nadie debería irse sin dejar una Troya ardiendo a sus espaldas”, y tú mi querida Alondra, bueno… tú acabaste con mi calma.

Judith Ponce Ruelas: Abogada mexicana por la Universidad de Guadalajara, estudiante de maestría en derechos humanos y paz en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente. Escritora de versos libres, amante de la poesía.

4 comentarios sobre “El castigo de Alondra

  1. Ohhhhh que historia tan interesante , me gustó , la compartiré con mi familia y amigos ya que hay aparte de esa belleza poética que ya note en otros de tus escritos ,una lección de vida que nos es de utilidad a todos . Te agradezco mucho que nos compartas este producto de tu imaginación y talento . Te envío con cordial saludo .

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