La canción que no duerme en las manos

Por Julián Acosta Gómez y Salomé Soto

Alzan las manos como si llevaran los ojos en la punta de los dedos. Las bandas se suceden y los puños se concentran en los bramidos de las guitarras que cierran la noche. Las palmas extendidas parecen mantos que abrazan la música. Y la mano cornuda se levanta. Mano diosa. Mano endurecida. Mano desmedida. Las manos cornudas se agitan contra la tragedia que sobrevive en la condición humana: y en las hendiduras que dejan las manos, nos golpeó el Metal. Y la mano cornuda se levanta. Están arriba las bandas destajando las manos contra los instrumentos. Nosotros abajo ante la música del desenfado. Más arriba las manos florecidas, las manos que parecen hilar entre sus dedos los tejidos que subsisten entre una muerte y La Muerte.

Es sábado primero de junio. Noche de Metal en el Víboral Rock. Las manos se concentran en los cielos. Es una comunidad para los indignados. Como la noche es conjurada por las manos, las palabras que hoy las nombran son escritas por cuatro manos que se disuelven en una sola. Salomé y Julián forman la mano cornuda para poner en palabras, juntos, lo que el Metal puso en todos los cuerpos. Y la mano cornuda se levanta.

Primera mano

Las manos se confunden y no están de acuerdo. Mientras la una persigna, la otra masturba. En el momento en que Cristo está en ‘El Sagrado corazón’ haciendo una “C” con su mano derecha, la cual representa la Encarnación, los asistentes del Víboral Rock se reúnen en el patio del Instituto de Cultura del Carmen de Viboral, y con ambas manos levantadas y atravesadas por la luz artificial que asemeja una luna, hacen la ‘mano cornuda’, símbolo con diferentes designaciones que es también un gesto icónico del Rock. Aquí el símbolo no remite a un significado, por el contrario, los exige todos: Satán para perturbar a los tranquilos, el disgusto por el sistema para levantar los reclamos, y la cura para el mal de ojo de una sociedad anestesiada ante cualquier estímulo.

Se remojan en la humedad de la cara, resuenan sobre las espaldas cercanas, se esconden en los bolsillos donde las vibraciones del teléfono y las del sonido, las dos cultivadas en la misma carne, se confunden. Las manos ocupan todo el lugar, no pierden tiempo para el encuentro con otras: Se chocan, se rozan, se enlazan, se alzan y todos saltan. Ellas toman los hombros cercanos, sostienen botellas y encienden la caravana del movimiento. Los golpes consensuados en el pogo debilitan y fracturan las prótesis mentales y al gesto adolorido lo muerde la esperanza.

Segunda mano

No alcanzan el silencio. No se recogen. No acarician la suavidad de la luna que pasea en los campos. No resguardan la palabra, la gritan. La música se ha tejido desde las manos crecidas de la sangre en la tierra cultivada. El maíz de la tierra macerada por las balas, recogido por las manos desordenadas de las tumbas. Las manos venidas del recuerdo cantan: cuando las voces del Metal se rompen, las manos las reúnen. Los cuernos levantados como una corona para El Rey todo poderoso del Estruendo y el Delirio. Ahora todos saben que un acto de ternura puede llevar a Satán en las manos. Una caricia puede agitarse como una garra de lobo. Un abrazo puede cerrarse como una corona de espinas. Si el Metal puede agitar los cimientos adormecidos de los conformes, puede agitar las manos acostumbradas a las reverencias.

Fabián Giraldo.jpg
Fotografía: Fabián Rendón Morales.

Tercera mano

La Mano cornuda parece enraizar con la cabeza, empujándola al movimiento, a que dirija una orquesta al son de los cabellos, que dirija a la banda y su euforia. Las manos volverán a asir la cabeza, la sostendrán cuando el cuello no responda y este repose afónico sobre las vibras de un gutural que proclama la renuncia pero soporta el peso, como transformando las cuerdas vocales y las cuerdas de las guitarras en cien manos. Nos retienen y tambaleamos con ellos, porque la caída nos espera a todos, pero el olor a sal del sudor atrae al mar y las olas y las ondas se funden y todo nuestro cuerpo es mano y remo que se mantiene sobre la música, la piel del agua.

Cuarta mano

Se empuñan y despliegan,
hunden los dedos en la noche para silenciar las estrellas.
Y a la vista, el armario de líneas desnudas,
La palabra arrebatada de los ojos que no miran
brama en los surcos de las manos.
Las manos. Secuestro.
Las manos.
Las manos:
Deshilan y adormecen el galope del tacto,
a todo tiempo desfilan sus banderas y sus símbolos al vapor del río.
Luego,
los desprendidos, cultivando en otras tierras,
No sabrán del rugido
Ni del llanto que reprende al cemento con los gestos de la montaña.

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