Las Gérberas

Al inicio se ilumina el escenario tenuemente con la luz de vela mientras una melodía de flauta evoca el viento entre las hojas de los árboles y el mecer del río. Aparecen los primeros dos personajes, una anciana y su nieta, ambos son títeres manejados por figuras de negro que les prestan su vida y su voz. La anciana se pone de rodillas y lanza una plegaria mientras que al otro lado de la escena se ilumina una lluvia de nombres detenida en el aire a la manera de un candelabro de hilos de arañas descuidadas. “Faltan cuatro” dice la anciana, y su nieta solloza apoyada en la mesa ubicada en el centro del teatro.

Que no se engañen los espectadores, a pesar de ser interpretada con títeres, esta no es una obra de alegrías y risas, Las Gérberas es una obra de sollozos. La música con su aire solemne, los títeres con sus voces quedas: todo es un símbolo bajo el que se recubre el dolor que de otra forma no podría expresarse.

A lo largo de la obra, la anciana, su hija y su nieta narran la historia del río convertido en un tren de despojos, de los cuerpos que deshechos flotan entre las aguas y de cuatro pobres almas a las que anhelan devolver la forma para que puedan descansar finalmente. Es el acto simbólico de devolver un cuerpo y un nombre a los desposeídos.

Tanto la madre como la nieta hacen las veces de videntes, los muertos nos cuentan sus historias a través de ellas a las que vemos cargar con el dolor de aquellos a los que intentan redimir, en ocasiones desesperando por el peso de la memoria. “¿Por qué nosotras?”, se pregunta en algún momento la madre sobrecogida por el dolor de narrar, de ver, de recordar. La abuela hace las veces de contra peso, de la mujer que en la necesidad simbólica de devolver el nombre y cocer los cuerpos de los muertos, encuentra la fuerza para soportar las imágenes y el recuerdo de la tragedia. En algunos momentos saliéndose, a pesar suyo, del símbolo, para convertirse en un discurso. Cosa que no es mala en sí misma pero cobijado bajo el espíritu de la obra crea una ruptura.

No hay que confundir el silencio como un espacio vacío de significado, con lo no dicho, ni llenar los momentos de palabras que, en lugar de explicar, oscurecen. La obra por este error, en ocasiones pierde su cualidad simbólica y pasa de representar una escena cargada de la fuerza del símbolo a narrar un pensamiento al público cargado de palabras que se pierden entre las imágenes.

Las Gérberas es además una obra que no se debe aplaudir  sino tan solo dejar apagarse en el silencio solemne por el recuerdo de la tragedia que evoca, ¿cómo aplaudir, después de todo, si las manos se han ido con el río al que nos recuerdan a lo largo de la puesta en escena?, si los labios, si la lengua se pierden en el agua, si repartidos, deshechos, en las corrientes del río de la que las marionetas sacan las partes de sus rompecabezas humanos, nos perdemos como pétalos arrancados de la flor.

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