Adán tiene prisa

Por: Yuber Torres

“Una voz entreabre la puerta de la infancia

Donde juegan recuerdos

suaves como la neblina

se despiertan las huellas

y vuelven a susurrar el paso

su paso de regreso…” M.M.V.

Un duro cielo de luz mediocre sostiene la vida en la tierra. Tras caminar un par de cuadras, el sudor se condensa en mi espalda, dejando su rastro en la camisa de lana. La humedad en el aire me obliga a caminar más lento. Hace dos horas que amaneció y las calles de Marinilla aun no despiertan. Por el contrario, la plaza de mercado hierve con ímpetu: parvadas de palomas se confunden con el gris oxidado de los techos, se aburren y vuelan bajo. Dejan polvaredas en el aire. Rebuscan piojos bajo sus alas y cortejan inflando el pecho sobre los remolques. Hombres de anchas espaldas abren y cierran puertas, caminan, se aglutinan, se chuzan las barrigas con el dedo y se encogen en un espasmo de risa, se tumban las gorras y lanzan gritos escandalosos que asustan a las palomas. Algunos aprendieron a esperar en la cabina del camión, de brazos cruzados perdidos en el movimiento al otro lado del cristal. Otros, juegan desde temprano parqués en las cantinas del frente; negocian carros, toman tinto y ESPERAN.

La complicidad de la herencia

Don Adán me ha citado en la plaza de mercado —busque la 859—, me advierte el día anterior, lo que me hace pensar en la estrecha relación que un hombre puede lograr con un camión, al punto de sentir el número de la placa como parte de su identidad. Cuando lo encuentro me hace una seña con un pañuelo rojo y aunque sus manos están moldeadas por varias capas de piel veterana, me aprieta la mano con moderación. 

Cucho me invita a entrar donde recuerda y continúa su vida: el camión.

En el interior, el calor se escapa de los asientos con una mezcla nauseabunda de polvo y gasolina. En el piso, un par de zapatos viejos sin cordones reposan junto a una cuerda de arriero. Pocas cosas sobreviven en el tablero de control, ni si quiera el pasa cintas existe ya, solo queda espacio para las palabras, los ruidos del motor y el choque de las latas viejas. El camión está algo inclinado y mi espalda se siente inexperta y torpe.  

Mientras contesta una llamada lo observo: la cara brillante confirma las horas acumuladas bajo el sol del trabajo, en su mentón reposa el recuerdo muy bien cicatrizado de una bala, víctima de un robo en sus años mozos. Desde entonces, un bigote particularmente fino y tupido esconde su labio superior con relieves blancos. Viste blue jean, zapatos sin cordones y una manga roja con el logo de Terpel en el brazo reposa sobre la ventanilla por donde quema el sol. Aunque Adán habla con un ritmo acelerado, como si tomara impulso, a veces las palabras se le caen de la boca entumecidas y un bufido entre oraciones se interpone. Tiene una memoria vertiginosa y le permite desde el principio de nuestra conversación moverse por los recuerdos con facilidad y transmitir la emoción de los días en que era más difícil conseguir el pan. Al caminar por los primeros días de su infancia, Adán pasa su mano sobre el rostro bronceado, como si en el gesto volvieran a madurar los olores de cuando era un muchacho:

¡Uy hijueputa!, yo empecé a manejar desde antes de los diez años,  mi papá le daba un camión al uno, y a mí me daba otro. Más que todo a uno que era el mayor…Toda la vida desde que recuerdo he manejado carro, descargábamos gallinaza de Medellín, vereda El Doral, El Zarzal, ¿conoce usted por allá por Copacabana?

 Niego con la cabeza. Continúa:

—Otras veces me tocaba esperar que se emborrachara y llevarme yo el camión o llevarlo pa’ la casa de nuevo. Eso sí tenía el viejo, le gustaba mucho tomarse los tragos, y a mí también, aunque ya no tanto.

— ¿Y su papá le dio el primer carro o cómo fue eso?

—Lo único que nos dio mi papá fue trabajo. El primer carrito que tuve fue un fordsito 62, 63, un picocito que compré en 200.000 pesos. Después tuve una moto, pero por quitármela me dieron un balazo que me pasó por aquí…señalando con el dedo entre el mentón y la esquina del labio inferior.

En ese momento, un camionero aparece por la ventana y cruza palabra con don Adán, lo que me da tiempo para pensar en lo vital de los primeros recuerdos de un hombre, en esos olores, espacios y juegos que al traerlos a la memoria explican nuestro presente. La herencia como un insecto que nace con uno, infectando la sangre de adjetivos que uno lucha por ahuyentar sin éxito hasta la madrugada, y que todos con el mismo apellido habrían y habrán de soportar en su personalidad: don Adán es camionero, el menor es mecánico, el que le sigue también, todos ellos marcados por el poder imponente de la Herencia.

Adán no dice nada: inicio del viaje 

Desde las nueve que empiezan a cargar el camión de tejas viejas, Adán ha estado callado la mayor parte del tiempo. Dos ayudantes conversan animadamente en la carrocería y me doy cuenta que son venezolanos. Desde que comenzó la crisis en su país, la plaza de mercado se ha poblado de Chamo, Coroto, Coño y un bululú de Marinillos toman ventaja de sus ojos  hambrientos, de saudade por su tierra y trabajar por poco dinero.

— Patrón ¿a qué hora llegan los bultos?-. Pero él  no dice nada.

La espera se dilata hasta el mediodía y en el rostro de Adán hay indicios de mal humor porque debemos esperar 25 bultos más de cuido para cerdos.

—  Mijo, venga móntese, yo voy a almorzar mientras llegan los bultos.

Enciende el motor que ronca como si mil bestias lo movieran, los brazos cortos de Adán se resbalan bruscos y ágiles por la cabrilla, por un instante lo imagino controlando tormentas en mares violentos.

Minutos después estamos frente a uno de sus hogares: el de su hermana, donde duerme por días.

— Espéreme aquí que ya vuelvo-  me dice mientras salta de la silla y se pierde por el retrovisor. A los 5 minutos Adán vuelve desafiando el ritmo del cuerpo, abre la puerta de mi puesto y le recibo 3 botellas de agua y una de aceite, se sienta en su trono y tapa la coca de comida caliente que no alcanzó a probar. Entonces deduzco que los bultos ya llegaron.

— Si ve cómo es esta vida mijo.

Adán parquea el carro contrario al planchón de bultos, da instrucciones y vuelve corriendo a la cabina. Abre la coca y cucharea acelerado como si le fueran a quitar la comida y pienso: que dura esta vida. Deja el almuerzo a la mitad, se baja y paga a los ayudantes y salimos en dirección al peñol.

— ¿Entonces me imagino que te gusta mucho manejar camión?

— A mi no es que me guste tanto, yo prefiero la moto; pero al menos uno conoce muchos lugares bonitos y no hay que cumplir con un horario fijo, a veces estoy en la casa y lo llaman a uno o me vengo pa’ la plaza las 9 o 10, tiene uno mucha independencia que es lo que me gusta…

— ¿Pero terminaste de estudiar el colegio, maestro?

— Yo hubiera querido estudiar política, pero política de la buena hijueputa, desde la comunidad.

— ¿Y qué pasó con eso?, ¿Lo intentaste al menos?

— Yo trabajé 6 o 7 años de fontanero en el acueducto y desde ahí me empezó a cansar la política, porque todo funciona por palancas. Entonces un día estábamos en reunión y propuse unas mejoras para el acueducto ¿y sabe qué me respondió este hijueputa del ingeniero? (silencio). Nunca se me va a olvidar: “¿quién es el ingeniero acá?” entonces es muy difícil, me entiende.

—Es cierto. ¿y qué lugares has conocido?

— ¡Jummm! Uno en esto conoce mucho mijo…

Adán lleva a Ítaca en su mente. A lo largo de la conversación se ha detenido por pueblos fantásticos de Cundinamarca, Boyacá, Antioquia, El Valle y muchos más que se ahorra en recordar. Ha aceptado la herencia con humildad porque le ha dado con que vivir, pero también la ha tomado como una excusa para viajar y enriquecerse de recuerdos que hoy me comparte con esa alegría, pero también con ese miedo que se tiene de morir sin que conozcan los esfuerzos por los que pasamos para estar hoy vivos. Adán no teme a la inestabilidad, aprendió al igual que Sinatra que, para conservar el cariño de una mujer, el secreto es no encadenarla; y es tal vez una razón para vivir un día con la madre de su única hija, otro con su hermana y otro en la carretera si así lo requiere.

Ha transcurrido media hora desde que partimos con el viaje hacia Llanadas, ambos estamos en silencio, la mirada de Adán luce distante, hacia las verdes llanuras, hacía hombres con sombreros que surcan las tierras  y nacen como arboles a ambos lados de la carretera. No hay música en la cabina y saltamos de tema en tema cargando el interior de ruido. Hay un momento en que el silencio se instaura obligatorio, estar en el camino es lo esencial, llenarse los ojos de paisajes es lo que importa ahora, estar atento para esquivar los baches del camino, guardar energía para el descargue de las toneladas de material a cargo. La imagen me genera ansiedad, me pregunto si estas manos pequeñas desacostumbradas al trabajo duro aguantarán la prueba.

— ¿Si va viendo mijo como es el ambiente en esto?, agrega de repente Adán, interrumpiendo mi monólogo interior. 

Todo es costumbre: descargue y falla mecánica

— Juan, traiga la gente pa’ que ayude a descargar pues.

—Mijo, vaya busque los guantes que están atrás que esa teja raya muy feo. Me dice Adán con un cariño exigente que aún no siento merecer y se pierde bajo el motor del carro a revisar el aceite.

En el remolque 2000 tejas, 50 bultos de 25 kilogramos y 20 de 50 kilogramos y un cuerpo con 50 más, el mío. Dos ayudantes comienzan a llegar: Chepe, pequeño y con la piel áspera como el cemento, me saluda como si fuera un viejo amigo y me pide que le ponga dos bultos sobre la cabeza. Alex “El chamo” es joven y el ego le permite cargar hasta 4 bultos al tiempo. Acerco los bultos con dificultad, los levanto y a veces se me escapan de las manos, no puedo descansar, este cuerpo no está acostumbrado al peso. El Chamo y Chepe descargan a una velocidad increíble sin siquiera demostrar cansancio.

— ¿Chepe ustedes cómo hacen?.  

— La costumbre, mijo. Me responde muy seguro.

Adán mueve el carro para continuar el descargue. Da instrucciones y se va a caminar por el lago. Las sombras de la tarde han empezado a acampar en  Llanadas, y con el estómago vacío desde el desayuno, acerco, levanto, paso y repito como un rosario. Entonces los poros despiertan y la vida se me va del cuerpo en pequeñas dosis de sudor que juntas generan desespero. El descargue termina y entonces respiro. Busco a Adán y me invita a coger guayabas y limones por el lago. Minutos después estamos en el camión y en la carretera. Todo ocurre muy rápido en el camión de Adán y al tomar el primer camino inclinado la voz del motor fallece. Con los años los camioneros aprenden a escuchar al camión como si fuera una persona, conocen sus caprichos, saben donde tocar y donde no. En un brinco Adán está afuera del camión y en otro Adán está adentro y el camino continúa.

El regreso es mucho más silencioso. Intentamos hacer preguntas que no fluyen. El cansancio me muestra menos magia en lo cotidiano de la tarde. Tengo las manos llenas de callos y pequeñas heridas que arden. Los músculos sostienen el cuerpo de mala manera. La espalda no aguanta otro cargue por hoy, y cuando siento que he hecho un gran trabajo y me siento orgulloso de resistir el ritmo como un camionero, Adán me baja del sueño y agrega:

— Y eso que hoy fue suave.

****

Esta historia es Adán que conduce y respira. Abre la boca y enseña. Se quita la gorra, gruñe y se calma. Es Adán comiendo a la carrera, recogiendo guayabas y anhelando una vaca en el campo. Es Adán que aprende y se pone los ojos de un niño. O Adán que se va y siempre vuelve a casa, al camión que ya luce cansado de seguir su ritmo. Siempre de prisa.                                                                                                                   

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