El alma de la pobreza, merecida pobreza. Elogio del filosofar crítico*

El cadáver de una vieja idea se mueve entre nosotros y arrastra consigo todo un mundo de barbarie. Es de naturaleza espiritual y la religión protestante que da fe de ella se ha encarnado en la historia como un motor cultural del desarrollo capitalista. Ahora en forma secular anida en el corazón el hombre como justificación de las cargas que la moderna economía de mercado le impondría a la existencia humana: la fuente de tu pobreza es producto de tu alma, de tu desviada y ociosa alma.

El tránsito de la sociedad medieval a la sociedad capitalista implicó un choque en la forma de vida económica que costó la desaparición de formas de vidas y millones de seres humanos. Desalojar al ser humano de su comunidad y de su propia tierra no fue fácil. Por eso hubo que enseñarlo a renunciar a su vida. La enajenación, la dolorosa vivencia de hacerse ajeno a uno mismo, se transformó en el síntoma espiritual por excelencia de la modernidad. Así nació un nuevo rito de pertenencia activa en la vida social. Vender mercancías o venderse como mercancía se convirtió en la condición para ganarse la vida en el más acá. La religión protestante transformó la pasión humana sobre la riqueza material, que desde el cristianismo fue rechazada porque era un obstáculo para conseguir la salvación. “Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja, que para un rico entrar en el reino de Dios”. Del odio cristiano al amor protestante por lo material, esta nueva visión del mundo divinizó el trabajo material para invocar el reino del nuevo soberano del orden social, el capital. Producir riqueza se convirtió entonces en un signo de «estar en gracia con dios». El hombre que se gana la vida es el que trabaja para hacer riqueza. De ahí el instantáneo rechazo interno que se siente al ver un mendigo, como si su vida fuera indigna y no hiciera nada para merecer no morir, aunque nadie externo a él mismo habría de acabar con su vida. Como si fuera imperativo dejar caer a quien parece hundirse voluntariamente, lo cual lo desata del lazo social que une a las personas y evitan que caigan en el vacío de su existencia.   

En la Inglaterra del siglo XVII, la lucha de la burguesía contra la aristocracia feudal y la corona católica fue cortando las cadenas del mercado. Pero como aún no existía el sujeto productivo que alimentaría el movimiento de la economía, primero fue necesario imponer nuevas cadenas sobre las personas para que se acostumbraran a las nuevas formas de trabajo y explotación. Precisamente la moralización de la pobreza fue una de las bases culturales que ayudó a tal fin. Al considerar la pobreza como un problema moral, se estaba siguiendo la religión protestante según la cual el éxito en la consecución de riquezas materiales era un signo de estar en gracia con Dios. Por eso la riqueza era un signo de tener un buen alma, mientras que la pobreza era un signo de tener un alma corrupta, de carácter incontinente, de no ser capaz de dominar la oscura concupiscencia del cuerpo y de ser sorda al divino llamado al trabajo. Pero ya no sería la religión protestante sino la economía capitalista la que definiría el fracaso social: allí donde la forma que tú eliges de ser no está en gracia con las mercancías. Ahora el mundo debe girar en torno a la encarnación de la riqueza económica, no espiritual. Del homo espiritualis al homo oeconomicus.

Cambiar su mentalidad fue necesaria para que las personas dejaran de conformarse con la pobreza material, rompieran las relaciones de dependencia de la comunidad y para que amaran la libertad disfrutada por el cuerpo individualizado. Los lazos entre las personas eran más estrechos entre sí, pero producían más fatiga por soportar (ser soporte de y tolerar) al otro. La relación con el mundo se oxigenó en la pero también se enfrió la conexión interna con el otro. Pérdida de una forma de unidad social que aturde y angustia al espíritu. En el pasado la vida del yo se proyectaba como perteneciente a la comunidad espiritual-religiosa. Ahora la percepción que las personas tienen de sí mismas cambia. En ese entonces la vida individual no sólo se definía por formas de vida colectivas y por una fuerte dependencia a relaciones colectivas (altamente asfixiantes). Se creía que la muerte del cuerpo era la vía para superar la distancia entre el alma propia y la del prójimo, haciendo posible la verdadera felicidad gozada en la comunidad espiritual con los demás. La participación en la dicha exigía la incorporación del yo en la comunidad (espiritual), mas esto constituía más una idea que una realidad ante las relaciones pobremente constituidas entre los humes. De ahí el anhelo de un más allá que no se sabe cómo se puede alcanzar, debido a que en ese tiempo no se conocía la capacidad de transformación material del mundo. El curso del mundo “era lo que la fe producía”. Ahora la fe se pone en que uno hace su vida y se desconoce al Soberano que reina el mundo, pues también espectral como Dios. Pero la fe moderna en torno a la producción del mundo es lo que permite que la antigua angustia de no pertenecer a un rito de comunión espiritual se transforme en el miedo moderno de no valerse por sí mismo, independientemente de los demás.

Pero no sólo se trataba de un cambio de mentalidad ante un mundo inmóvil. El vértigo que se habría de sentir por no poder ser un individuo ‘autónomo’ -quizá como alegórica imagen de la autosuficiencia divina que yace a la vanidad teológica del capitalismo- creció como un eco de la vorágine productiva del mundo real.  Todo lo sólido se disolvió en el aire. Los seres vivos habrían de sentir el terrible horror de la finitud de todo lo que era real, viendo en ello reflejada la suya propia, mas sin la esperanza de que en el futuro sería alcanzada la plenitud con otros. Este vacío existencial en el corazón de la vida capitalista se acelera, aislando o engullendo todo lo que no sirva al rito de  acumulación del capital, su rasgo primitivo y esencial. Esto incluye, por supuesto, millones de vidas humanas que diariamente quedan rezagadas al pasado y se vuelven la parte muerta en la historia viva.

El alma queda despojada del anclaje a su pasado y su futuro, pues cuando se radicaliza la diferencia individual se pierde la definición de uno mismo a través de la comunidad. Esta pérdida de anclaje, este vértigo de la caída, activa la hiperactividad del presente como único medio de supervivencia. Cada uno debe salvarse por sus manos, no su alma. “En el principio era el verbo”, ahora el verbo se ha convertido en principio. Idolatrización de la creación de riqueza que crea un nuevo tiempo teológico capitalista, es decir, porque es el tiempo de un sacrificio impuesto por el dictamen del Soberano. Es la voluntad del ser superior que ha de realizarse a través de nosotros, sus instrumentos. Se trata, pues, de la hiperactividad sin fin del presente que sacrifica su dependencia al pasado y que se afirma como señor del curso del mundo: la acumulación del capital por el capital mismo dictamina la competencia antagónica por la supervivencia, que en episodios históricos deviene violencia fascista. El trauma inesperado conduce a la raíz, pues es una nueva forma de violencia moderna la que soporta la dinámica de acumulación de capital. El vértigo específico del alma moderna, que teme caer al infierno de la improductividad,  entró en el cuerpo a través de la violencia del despojo. A continuación se reproduce un caso ejemplar entre muchos, acerca de cómo se formó violentamente parte del abundante capital privado en Inglaterra y, en consecuencia, de cómo se originó la desigualdad social del pasado que es raíz de la desigualdad del presente; esa inhumana desigualdad que se justifica ante los creyentes oídos modernos de que eres pobre por tu alma, porque es lo que eliges al no trabajar lo suficiente para ganarte la vida.

(…) Escocia comienza después de la última intentona del pretendiente. En el siglo XVIII, a los gales lanzados de sus tierras se les prohibía al mismo tiempo emigrar del país, para así empujarlos por la fuerza a Glasgow y a otros centros fabriles de la región. Como ejemplo del método de expropiación predominante en el siglo XIX, bastará citar las «limpias» llevadas a cabo por la duquesa de Sutherland. Esta señora, muy instruida en las cuestiones de Economía política decidió, apenas hubo ceñido la corona de duquesa, aplicar a sus posesiones un tratamiento radical económico, convirtiendo todo su condado —cuyos habitantes, mermados por una serie de procesos anteriores semejantes a éste, habían ido quedando ya reducidos a 15.000— en pastos para ovejas. Desde 1814 hasta 1820 se desplegó una campaña sistemática de expulsión y exterminio para quitar de en medio a estos 15.000 habitantes, que formarían, aproximadamente, unas 3.000 familias. Todas sus aldeas fueron destruidas y arrasadas, sus campos convertidos todos en terreno de pastos. Las tropas británicas, enviadas por el Gobierno para ejecutar las órdenes de la duquesa, hicieron fuego contra los habitantes, expulsados de sus tierras. Una anciana pereció abrasada entre las llamas de su choza, por negarse a abandonarla. Así consiguió la señora duquesa apropiarse de 794.000 acres de tierra, pertenecientes al clan desde tiempos inmemoriales (…)[1]

A pesar de la violencia que extendió la domesticación de los cuerpos para el trabajo asalariado, hubo almas que se rehusaron a cambiar. Y aunque la fuente de la pobreza fue clavada en el alma, esto no detuvo a los ingleses en su empeño de cambiarla a la fuerza y despertarla a través del dolor de la carne. Quizá la realidad ineludible del sufrimiento pudiera resonar en el alma de los pobres que aún vivían en su ocio libertino, inmoral. Sus sordos oídos confirmaban la ausente disposición a ser gobernados desde afuera y a responder a la voz de la autoridad. Desde allí surgió esa ensordecedora condena impuesta sobre nuestro ser, que nos recuerda desde las grietas del alma y que rechina en los poros de la piel: si no trabajas eres inútil. No le sirves a la sociedad y el precio de no tener precio puede ser mortal. Pero como el poder no se puede imponer desnudo ni puede disponer del poder de matar legalmente en la sociedad de los derechos, tenía que lograr asegurar primero, como un derecho propio del capital, la explotabilidad de los cuerpos. Este derecho condiciona la vida de las personas, ya que es el medio mismo a través del cual “se ganan la vida”. Por eso fue necesario criminalizar la pobreza. Porque de lo contrario no sería legítimo dejar al otro a la suerte que lo conduce al mal, como el duro rechazo religioso al que reclama la vida del pecado: el incontinente ocio, como disfrute mismo de la vida -ahora más que nunca en toda la historia de la humanidad-, y el vagabundaje, como rechazo al trabajo. Y así como el pecado era no tanto la comisión de un delito particular, sino la desobediencia al Padre, el crimen no es tanto dedicación de uno mismo al ocio sino que el ocio no sea productivo, que no sirva para acumular capital. Los vagabundos son el verdadero capital muerto. [A continuación, extractos de otro fragmento de la famosa “acumulación originaria”, esto es, de la verdadera historia del desarrollo capitalista:]

Enrique VIII, 1530: Los mendigos viejos e incapacitados para el trabajo deberán proveerse de licencia para mendigar. Para los vagabundos capaces de trabajar, por el contrario, azotes y reclusión. Se les atará a la parte trasera de un carro y se les azotará hasta que la sangre mane de su cuerpo, devolviéndolos luego, bajo juramento, a su pueblo natal o al sitio en que hayan residido durante los últimos tres años, para que «se pongan a trabajar» (to put himself to labour). ¡Qué ironía tan cruel! El acto del año 27 del reinado de Enrique VIII reitera el estatuto anterior, pero con nuevas adiciones, que lo hacen todavía más riguroso. En caso de reincidencia de vagabundaje, deberá azotarse de nuevo al culpable y cortarle media oreja; a la tercera vez que se le coja, se le ahorcará como criminal peligroso y enemigo de la sociedad.

Eduardo VI: Un estatuto dictado en el primer año de su reinado, en 1547, ordena que si alguien se niega a trabajar se le asigne como esclavo a la persona que le denuncie como holgazán. El dueño deberá alimentar a su esclavo con pan y agua, bodrio y los desperdicios de carne que crea conveniente. Tiene derecho a obligarle a que realice cualquier trabajo, por muy repelente que sea, azotándole y encadenándole, si fuera necesario. Si el esclavo desaparece durante dos semanas, se le condenará a esclavitud de por vida, marcándole a fuego con una S [S-Slave, esclavo, en inglés] en la frente o en un carrillo; si huye por tercera vez, se le ahorcará como reo de alta traición. Su dueño puede venderlo, legarlo a sus herederos o cederlo como esclavo, exactamente igual que el ganado o cualquier objeto mueble. Los esclavos que se confabulen contra sus dueños serán también ahorcados.

Isabel, 1572: Los mendigos sin licencia y mayores de catorce años serán azotados sin misericordia y marcados con hierro candente en la oreja izquierda, caso de que nadie quiera tomarlos durante dos años a su servicio. En caso de reincidencia, siempre que sean mayores de dieciocho años y nadie quiera tomarlos por dos años a su servicio, serán ahorcados. Al incidir por tercera vez, se les ahorcará irremisiblemente como reos de alta traición.

Jacobo I: Todo el que no tenga empleo fijo y se dedique a mendigar es declarado vagabundo. Los jueces de paz de las Petty Sessions quedan autorizados a mandar a azotarlos en público y a recluirlos en la cárcel, a la primera vez que se les sorprenda, por seis meses, a la segunda, por dos años. Durante su permanencia en la cárcel, podrán ser azotados tantas veces y en tanta cantidad como los jueces de paz crean conveniente… Los vagabundos peligrosos e incorregibles deberán ser marcados a fuego con una R en el hombro izquierdo y sujetos a trabajos forzados; y si se les sorprende nuevamente mendigando, serán ahorcados sin misericordia[3].

Finalmente el capital es el condicionante vital, no lo condicionado y restringido por los intereses de la aristocracia feudal. Y así llega a definirnos como sujetos que debemos emprender (en) una empresa para ser parte del lazo social y tener éxito en él. Eres una empresa porque sobrevives sólo si te mantienes en el voraz e incierto juego de la competencia. La verdadera cuestión, ciertamente, consiste en quién es el arquitecto de las medidas, pues no depende de ti el decidir cuándo los sufrimientos, esfuerzos y trabajos que hagas son suficientes para ganarte una vida; no eres tú quien decide si mereces una martirizante vida indigna, o si eres un afortunado que por un golpe de suerte o, incluso hasta por mérito real, puede liberarse de una vida asfixiante. Pero tampoco “la ruleta” de la economía.

Esta podría ser una buena imagen para representar el asunto, salvo porque no lo hace. No existe una ruleta que iguale la suerte de todos. Más bien habría que graficar estas palabras junto con el símbolo predilecto del pueblo egipcio, magnánimo pueblo de esclavos: la pirámide. La ruleta no rueda igual en cada segmento de ella, pues no favorece a igual a los de arriba que a los de abajo. Porque no todo puede girar tan vertiginosa ni arbitrariamente. Moriríamos de vértigo. Pobres de nosotros. Por eso la pirámide. Para que no sea la humanidad entera la que esté expuesta a ese vértigo que hiela al alma cuando se experimenta la  inseguridad de la propia vida, para que la humanidad entera no viva en condiciones precarias y miserables, sino sólo una parte de ella: la mayor. Así logra tener un punto de anclaje el frenético movimiento de la lucha por no dejarse morir, ya que existen clases sociales que tienen más aseguradas que otras la “suerte del destino”.

Esa sensación de que uno no es el amo de su vida se generaliza, pero es oscuro para la conciencia por qué si como actores todos hacen esfuerzos por ganarse la vida, no todos lo hacen, y siendo posible que lo hicieran. Asimismo es claro que uno no se traiciona a sí mismo sino se siente obligado a hacerlo. ¿Entonces por qué vivimos priorizando el tener algo “seguro” a la desarrollo de la expresión de la propia vida? No somos soberanos de nuestra propia vida y la  violencia de la sociedad a los individuos los hizo y los hace dóciles. Así el capitalismo logra lo que no logró la religión en la sociedad medieval, esto es,  mantener durante el tiempo la sumisión impuesta del cuerpo para adorar y sacrificarse por Él: de la idea de Dios al dios capital. Porque la domesticación religiosa no había sistematizado racionalmente el dominio del cuerpo-espíritu. Si fue cierto que la miseria personal experimentada en la sociedad atraía al “cuerpo” al redentor, que despertaba deseo de transustanciar el propio cuerpo hacia algo más “inmaterial”, la miseria que reproducía la religión no dependía de ella sino de una organización feudalista de la sociedad. El capital es ahora el amo deseado, la fuente de opresión que se esconde con el revestimiento del deseo: deseas finalmente la vida que tuviste que elegir entre lo que querías y la necesidad apremiante de ser útil. Como al Señor-dios, el Señor-capital nunca se lo puede ver de manera directa sino a través de imágenes o ídolos, que son en, todo caso, un deseo metaforizado de sumisión a un dios que no aparece y cuyo poder se hace invocar desde la podredumbre y la precariedad de las épocas. Todo dios es abstracto, “espiritual”, y el hombre que no accede a la abstracción, -teórica o espiritual- no puede comprenderlo. Por eso la perpleja sed de ver el mundo tal y como es, retrocede y se consuela con imágenes más consoladoras, aquellos “becerros de oro” popularmente representados como “dios”, ese poder soberano e incomprendido que somete el mundo. Las imágenes aisladas del capital (empresas, decisiones, azar, desigualdad, etc.) también se toman en la conciencia popular económica por lo que es el capital, pero el objeto que pretenden es más abstracto. Como a dios, al capital sólo se lo puede concebir como el “sistema” del mundo que crea orden en el caos (por él producido: la expulsión del paraíso, el gozo y ocio puro de la existencia propia. No tienes derecho a ser  sin ir primero a Él.

El mal no contradice la existencia de dios (como lo demostraron los filósofos medievales). La miseria dentro de un mundo irracionalmente opulento que exige el sacrificio en nombre del desarrollo no contradice, sino que es la base misma del orden. Sacrificio impuesto a la carne por el amo: uno se enajena para que lo dejen sobrevivir. Es fútil preguntarse qué impide que sepamos la fuente de nuestro fracaso.  Por ese becerro de oro que es la libertad, y que se supone que tienes para que puedas “elegir” el camino contrario al éxito (no espiritual sino económico); por esa libertad conquistada por el capitalismo es que se cuela tu sumisión al capital… fetichismo de las mercancías. La ciencia “explica racionalmente” la realidad que la filosofía reconoce como una “realidad irracional”, porque sabe que el destino de los hombres está vinculado sistemáticamente/espiritualmente por el dios del mercado. La idea de la libertad individual(izada) sigue siendo el canto de sirena del capital, y esta realidad inmaterial -espiritual, dice la religión; sistema social, dice la filosofía- no puede ser comprendida científicamente, pues la ciencia es un lente, como la biblia en el feudalismo, que modula la ceguera por la cual no puedes ver la enajenación. Porque la enajenación económica, como la espada feudal, es la violencia que domestica la mirada de hombres piadosos que no entienden por qué están condenados y deben doblegarse  ante Él. O bueno, por lo menos así es en el occidente desarrollado. No es la libertad el becerro de oro que esconde la opresión sistemática del orden social en Colombia, es la guerra. Dios la bendiga. Sólo así se matan entre ellos y no vienen por nosotros.

¡Emprendan, vagos!


* Este artículo es una continuación de otro publicado previamente bajo el título “El problema de la pobreza (II).

[1]Marx, C. El Capital. Capítulo 24: “La llamada acumulación originaria”, tomado de URL: https://www.marxists.org/espanol/m-e/1860s/eccx86s.htm

[2] Marx, C. El Capital. Capítulo 24: “La llamada acumulación originaria”, tomado de URL: https://www.marxists.org/espanol/m-e/1860s/eccx86s.htm

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