Manifiesto democrático

Que las redes sociales estimulen consciente y críticamente la expresión de nuestra inconformidad, sin otro compromiso político partidista. Porque estamos inconformes ante el sistema de partidos que ha degenerado en clientelismo y privilegios. Y un privilegio, entendido como una relación social, se conquista cuando se hace algo por mérito o cuando se despoja a otros de algo. Los privilegios de nuestras clases políticas son frutos de lo segundo. Y son frutos de un longevo árbol que se alimenta de la ignorancia política y económica. Porque más de la mitad del país no sabe realmente cómo funciona la economía, pero sabe muy bien, por otra parte, que el sistema político funciona engañando con las promesas (de desarrollo económico) que hacen, como si aquello que prometen no fuera ya algo mágico. Y como todo truco de magia, al espectador sólo se le permite ver desde los confines del engaño.

Por eso la importancia de las redes. Porque en las redes también se teje la sociedad. Porque el movimiento general de protesta que ahora agita la atención del país no depende de un partido, ni de ninguno de nuestros caudillos políticos. La política es el acto de la creación de formas de vida colectiva. Pero se atrofia bajo los pilares de las instituciones y con ellas la representación política se convierte en engaño y en privilegio. Por eso la libertad cuesta. Porque sólo la política puede custodiar realmente la libertad. Y por la misma razón es necesario un cambio social grande en nuestro país. Porque si no nos liberamos de un gobierno neoliberal que desangra al país al profundizar la herida de la injusticia y la desigualdad social, porque si no es políticamente que buscamos realizar los intereses del pueblo, nadie defenderá nuestra libertad. Y un ser humano que no es considerado realmente digno por quien tiene el poder es una presa fácil de la explotación económica y de la manipulación política. Es la esencia de la esclavitud. A un esclavo no se lo concibe como una persona y, por ende, es tratado como un objeto de explotación y manipulación. Aunque, ciertamente, sólo se ve como un esclavo a quien es ya tratado como tal. No es la frialdad de la mirada sino la crueldad del trato lo que hace de alguien un esclavo. Mas si aún somos objetos de explotación y manipulación por parte de quienes detentan el poder es porque existe cierta forma de “esclavitud” moderna, que se yergue sobre nosotros a partir de sistemas más abstractos, burocratizados e impersonales. ¿O acaso, lejos de las estadísticas oficiales, más de la mitad de la población del país no vive un calvario económico? ¿Acaso el gobierno no miente sobre su proyecto de reforma e invisibiliza a aquellos a quienes favorecen sus políticas?

Quizá en el momento coyuntural que vivamos sea necesario evitar el juego de poder que se desata en torno a “todo extremo es malo”, confrontando la idiosincrasia, no de lo que son, sino de lo que la gente cree que son Uribe y Petro. La difusión de la información que se comparte en las redes también nos ha permitido a muchos tener cómo confrontar la objetividad y la legitimidad del gobierno, de una manera en que antes no era posible, por las limitaciones tecnológicas inherentes a la prensa y la radio, y por la creación en las redes sociales del rol (prácticamente inexistente en los sistemas de comunicación anteriores) de ser un interlocutor y no meramente un espectador pasivo. Por eso también debemos entender que la mentalidad de las generaciones antiguas tenga tanta resistencia y choque contra los propósitos de la protesta. Saber que vemos el mundo de una manera diferente a nuestros padres y sobre todo abuelos, nos tiene que servir para el destino político de este movimiento que se levanta a confrontar al poder dominante. Ese saber sirve para concientizarnos acerca de que no son Uribe y Petro quienes están en colisión como individuos, sino como fetiches del poder del pueblo. En este sentido, el conflicto se da entre diferentes mentalidades populares que responden a contextos y conflictos histórico-vitales específicos.

En consecuencia, el conflicto se desplaza del “sistema” político al campo ideológico, de las ideas y creencias sobre la realidad política y económica del país. Y nosotros sabemos que de Cesar Gaviria a Iván Duque solamente existe un hilo de continuidad: la profundización de reformas neoliberales. Por eso la batalla también tenemos que darla a partir de la educación y la formación de una conciencia crítica, mediante un examen de la realidad que no sea impuesto por nadie. Menos por una “ideología”. No hace falta identificarse como miembro de ninguna “ideología política”. Tampoco hace falta ser socialista o comunista para reconocer que los gobernantes engañan, que el pueblo es explotado económicamente y que necesita darse un cambio en la economía para no tener que llevar una vida de mierda. ¡Estas son “verdades generales” de uno de los países más desiguales de todo el mundo!

La riqueza mental que ha cultivado la universidad con el tiempo ha alimentado la cultura de la sociedad. Y los nuevos medios de comunicación permiten un intercambio de ideas, noticias e información inusitado. Por eso nuestro “privilegio” tecnológico hemos de compensarlo con una responsabilidad re-educadora de las nuevas generaciones hacia el resto de la sociedad. Los jóvenes son el futuro del país porque son los que han de enseñarle a los adultos cómo no repetir los mismos errores que ellos también han sufrido, vivido y escuchado. La democracia se construye desde la difusión del pensamiento libre y canales de comunicación donde reine el respeto por el otro y, sobre todo, la paz.

El ser humano sólo progresa cuando mira de frente la vida y reconoce que las cosas que están mal son obra de sus manos. En la historia cada generación debe asumir un rol en la vida política y nuestro tiempo es el tiempo de la participación política. Por eso estas generaciones no sólo han de ser rebeldes. La rebeldía sólo sirve para crear condiciones para asumir de manera justa nuestra existencia. No queremos nada regalado, pero sobre todo no queremos que la ley ampare el despojo de las clases menos favorecidas por la economía, la política y, naturalmente, por la propia ley. No queremos que nos quiten la carga sisífica que llevamos a cuestas. En lugar del idiota “Yo no paro, yo trabajo”, que ignora la sencilla cuestión de para quién se trabaja y para qué carajos se parte uno la espalda toda la vida, proclamamos un más consciente “porque trabajo, paro”, para poder trabajar de manera justa y para poder lograr una vida digna. Los viejos se quejan de que los jóvenes de ahora no ” tuvieron infancia”. ¿No debería causar cierta vergüenza el reproche? ¿No son los padres quienes hacen posible la infancia de los niños? ¿No son las anteriores generaciones las que han destruido o tolerado la destrucción del futuro de las nuevas generaciones? En cambio, los jóvenes y todos esos (adultos y) viejos que salen por estos días a marchar, salen a luchar también por la dignidad de la vejez, que no es más que el cierre de un ciclo vital. En su sufrimiento está nuestro terror: un porvenir indigno de ser vivido. Si las instituciones no nos representan, nos seguiremos tomando las calles en el pacífico, rebelde y festivo clamor popular por un cambio social. ¡Por ellos, por nosotros, por una Colombia más justa, libre y en paz! Porque la protesta se dirige tanto al privilegio oligopólico como al cierre del sistema político a las demandas del pueblo. Y por ello exige una sociedad más justa socialmente y un sistema de gobierno democrático que merezca portar ese nombre. Para este movimiento social y estudiantil por la democracia, la violencia no es una vía legítima para construir una mejor nación, y sabe que la superación de los conflictos estructurales que tenemos debe ir de la mano de la construcción de la paz. Pero también la tiene muy clara: ¡La libertad y la dignidad del pueblo no se venden, se defienden!

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