Bailar para no morir

Estefanía Quintero recuerda llegar de una presentación en la que realizó infinidad de formas con la sutileza del viento: pudo penetrar al público con su mirada desafiante y llena de tenacidad, pudo escuchar cada acorde y hacerlo vibrar en su cuerpo. Aquel mismo día su tía comenzó a desvanecerse. María Ifigenia ya no podía caminar. María Ifigenia ya no podía ver. María Ifigenia ya no podía escuchar.

La tía María Ifigenia perdió el control de su antes simétrico cuerpo; trozo a trozo, el cáncer de seno se convirtió en una metástasis dispuesta a llenar cada espacio imaginable. Lo único que no sé llevó fue el amor. Nunca se pudo llevar el amor.

***

El encuentro se consolidó en el lugar más común del parque principal: las escaleras. Allí, mientras le abríamos paso al cálido frío de una noche con luna, comenzamos a observar el paisaje del pasado. Los nervios intrínsecos en el aire hacían que las palabras se atoraran en la garganta y las miradas se dispersaran a los niños y las parejas que transitaban, dejando una estela con preguntas sin formular. Así que tratando de encarar el papel que cumplía en aquel encuentro, me levanté en silencio y le dije con la mirada que fuéramos a un café.

De forma improvisada ocupamos una mesa en la que pudiéramos vernos los rostros

–Val,  pero a mí nunca me han hecho una entrevista ¿uno qué se pone a decir en eso? –Sonríe con nerviosismo– Pero hágale. Sin mente.

En medio de divagaciones, la conversación de cómo Estefanía llegó al Instituto de Cultura a recibir clases de danza urbana, tomó un giro en el que ella, mirando desde su interior, me dijo:

–En los ritmos urbanos fue donde encontré mi fuerza. Piense usted: una niña sobresaliente en el colegio y con problemas de sobrepeso… la gente me miraba y yo podía jurar que se preguntaban ¿Esta niña con qué va a salir? Siempre fue un trabajo con mi cuerpo. Descubrir que era acá, bailando, donde podía reconciliarme conmigo mismo. Fue mágico.

–Pero, ¿uno cómo hace para trascender todas esas limitaciones emocionales y entrar en esa reconciliación? –Le pregunté mientras hacía trucos con mi bolígrafo hasta romperlo.

–Yo nunca me había sentido hermosa –responde– pero ver que ese cuerpo tan imperfecto, que no cumplía con un montón de cosas, podría crear tanto. Eso solo se logra bailando. Me impregné de todo lo que pude: Break dance, Dance hall, Hip Hop y hasta Ballet.

–¿Cómo fue sumergirse en todos esos géneros urbanos y luego pasar a la danza clásica?

–Yo no me lo alcancé a imaginar. Pille, yo estaba culminando un proceso en Medellín, y justo cuando me regresaba para el Carmen, mi profesora de canto, Maria Helena, me llama: “Oí, Estefa, montaron una escuela de Ballet por acá. Preguntá, nada se pierde.”

–¿Ballet? Ay marica ¿Ballet? Una chica con una autoestima frágil, que se encontró en los ritmos urbanos, donde la gente es cálida, donde todo es en la calle. Ir a una escuela que tenía como prioridad los protocolos y la disciplina. Yo decía: parce, además estoy gorda, jueputa ¿yo qué voy a hacer? Cuando entré a esa escuela fue como verme otra vez al espejo y saber que todavía no lo había logrado. Me costó mucho verme a mi misma en una trusa. Lo único que tenía a mi favor era ser blanca, eso se veía qué bonito bajo los reflectores, pero de resto yo no tenía condiciones.

–En ese caso, ¿qué hizo que te quedarás por casi tres años?

–Yo siempre he sido una mujer todo terreno, lo que toque hacer, pero me costó mucho. Yo llegaba a mi casa y solo pensaba: gas esa clase, que gonorrea, venga mejor pongamos un reggaetón. Sin embargo, en ese lugar fue donde me convertí en mi propia competencia, me hice cargo de mi cuerpo y en esos tres años bajé veinte kilos. Finalmente, cuando terminó allá mi ciclo pude mezclar todos esos lenguajes del Ballet, del Hip Hop y de la danza contemporánea para crear algo mío. Para contar mi historia. En la danza contemporánea pude explorarme. Ahí empezó a salir mi urbano. Descubrí que bastaba con cambiar la música para que mi danza tomara un rumbo diferente. Podía transformar una exploración de urbano en algo más fluido. Así fue como también encontré la incomodidad. En el Ballet me pedían realizar cualquier movimiento de forma suave o caer con ligereza de algún salto y yo no podía, parecía haciendo karate. Y mi rostro, parce, todo el tiempo parecía como brava. Siempre estaba incómoda y gracias a eso fue que también pude comenzar a crear.

–¿Y qué proyectos te surgieron al ir nutriéndote de todo ese lenguaje con la danza?

–Val, mi sueño más grande es compartir con otros bailarines. De todo tipo de estilos; conectar con todas esas manifestaciones de los cuerpos, de sus deseos, sus historias y luego usar todo eso para luego yo también poder contar algo. También quiero compartir lo que sé. Convertí mi habitación en un lugar para bailar. En vez de una cama, había espejos. Dando clases de reggaetón fue que yo me costeé el Ballet.

–¿Qué pasa si llega, por ejemplo, una mujer y dice que le gusta bailar reggaetón, siendo un género que sexualiza y censura tanto?

–Ahí la sociedad no puede decir “denigra a la mujer” porque resulta que esa mujer se siente cómoda. Pasa también que todos quieres que nos movamos bien en la cama, pero si uno llega a bailar y a expresarse en un escenario, todos dicen “Uy, qué grotesco” ¿qué está pasando ahí moralmente? Porque yo les doy clase a muchos hombres y mujeres, veo culos todo el día y no vivo pensando “Uy, qué rico”.

–Estefa, ¿cómo es lidiar con toda esa sexualización y censura del cuerpo?

–Me dicen: ¿es que si te estás moviendo así qué es lo que esperas que piense la gente? Pues yo pienso: todos son fascinados viendo esos rituales africanos, en donde las mujeres en ocasiones están desnudas y mueven sus caderas, y toda la cosas, pero yo no veo el que nadie las sexualice. Es que yo no debo renunciar a mi lado instintivo de crear y experimentar solo porque eso incomoda a las personas. Es mi proceso, ya no soy la misma niña llena de pudor consigo misma. Mover mis caderas va más allá de una simple seducción, tocar mi cuerpo. Mover mi culo. Bueno, última pregunta.

–¿Tú  qué quieres contar cuando bailas? ¿Qué historias van arraigadas a tus movimientos?

–Mi danza es sobre varias historias. No solo mías. El suicidio de mi papá o la muerte de mi tía por el cáncer, han permitido que tenga mucho más significado. Las cosas que duelen, movilizan. Cuando pienso en cómo mi tía perdió total control de sí misma, con más fuerza yo me muevo. Yo bailo por mi tía que ya no puede. Amo por ella. Siento el doble. Miro mis manos y en ellas ya encuentro arte. Ahora no puedo imaginar otra lucha con mi cuerpo, ya no dimensiono volverlo a lastimar. Porque este cuerpo no es solo mío, en él viven cada abrazo, cada beso y cada caricia dada con amor de ella. María Ifigenia. Ver cosas tan simples, como la independencia de un cuerpo moviéndose alrededor de la casa, ir al parque, compartir… luego de todo eso se volvió sagrado para mÍ. En esa cotidianidad también se encuentra la danza. Yo bailo para no morir.

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