En la otra orilla y en un sueño. Viaje personal en las manos del Yagé

“Yo soy amigos el viajero sin fin
Las alas de la enorme aventura
Batían entre inviernos y veranos
Mirad cómo suben estrellas en mi alma
Desde que he expulsado las serpientes del tiempo oscurecido

¿Cómo podremos entendernos?
Heme aquí de regreso de donde no se vuele”

Vicente Huidobro

 Es bueno despedirse 

“Puedo quedarme en este lugar parecido a la nostalgia. De lugares inciertos. Al lado de una sombra que me llama al estatismo y que nace del hastío. Del mundo sé la perplejidad y de mí mismo las distancias. Entregarse al desvanecimiento para encontrar los caminos que me devuelvan de donde no se regresa parece ser una forma perfecta para la partida”. Era cierta la perplejidad de esa noche. Era cierta la intención de entregarme al desvanecimiento como una oportunidad para abrir nuevos senderos. Es verdad, también, el hastío que se sobrepone cuando la luz en la espalda de las cosas se apaga y no queda otro destino que la búsqueda del viajero sin rumbo. Por lo demás, debo aceptar que las ocaciones que arrebatan de mí el terror, también desencadenan una  prosa ceremonial y a veces insensata. La cita pertenece a mi diario. Era sábado, 7:30 pm. Esa noche me disponía a entregar mi mente para ser consumida por los demonios y virtudes que todo humano lleva dentro de sí. Era la hora del lobo. Esa noche asistiría a una ceremonia de Yagé donde yo mismo me sentía como la ofrenda. Tenía miedo. Me encontraba en el balcón de un café de El Carmen de Viboral y del parque central me llegaban los rugidos de los niños, las voces de los parlantes de todos los negocios: la vida de afuera me llamaba, me invitaba y cada vez más me repelía la vida interna que habitaría en las siguientes horas. Yo estaba en una mesa y en tanto llegué, mis amigos comenzaron a desfilar ante mí en una procesión que más parecía un velorio. Se despedían de mí como si fuera a un lugar del que no se vuelve.

—Yo no sé, yo no opino nada, pero usted sabe lo que yo pienso— Dijo Mauricio  López apretando los labios y con una risa que le sale como el ladrido de un perro ahogado.— ¿Vos creés que estás muy sano mentalmente como para hacer eso?, con tu condición eso te puede generar cosas más pesadas.

La palabra “condición” me llegó asfixiante y casi imposible de zafar del cuello. Mauricio tenía razón: “Soy nervioso, terriblemente nervioso, ¿pero pueden ustedes afirmar que estoy loco?”, recuerdo ahora el principio del famoso cuento de Edgar Alan Poe. Andrés Álvarez había llegado un poco antes. Se le veía sereno, estaba de acuerdo y hasta celebraba mi desatino. Yo mismo me sentía despidiéndome: en el año 2011 el diario El Universal registró la muerte de dos hombres en una toma de Yagé, El Tiempo una de un joven de 19 años en el 2014 en iguales circunstancias. Fui recopilando un gran número de hospitalizaciones y malas prácticas de falsos chamanes y taitas, leí un llamado a la responsabilidad de la planta por parte del Gobierno Nacional en el 2019 y el escandaloso caso de Orlando Gaitán que fue deportado de México cuando un juez lo sentenció por el delito de abuso sexual de una menor de 14 años y al menos otras dos mujeres más en medio de la toma del Yagé. La ceremonia del Yagé, que se ha popularizado en la últimas dos décadas del siglo XX y ha tomado todo su vigor en lo  transcurrido del XXI, ha tenido la desafortunada tendencia a que la toma se distancie de los principios cosmogónicos de  la bebida desde la ancestralidad y se utilice de forma recreativa y desprevenida. Muchas de las vidas que ha cobrado el Yagé en el mundo son atribuidas a las malas prácticas de falsos chamanes y a una actitud irrespetuosa de quien toma la bebida; lo mismo puede decirse de quienes terminan en un hospital con el estómago más cerca de la boca que de los intestinos y con la mente más cercana de los prodigios que padecía El licenciado Vidriera de Cervantes que a la iluminación. Por estas razones y mi propia paranoia –que era el argumento irrefutable de Mauricio– estuve a punto de entregarle mi diario a Andrés y recuerdo haberle dicho que si me pasaba algo, él podría quedarse con todos mis libros, también le di la contraseña de mi computador para que rescatara algunos cuentos, las crónicas, los poemas y a José Dávalos. Por toda respuesta solo me dijo: “Tranquilo que la idea es que juntemos las bibliotecas de todos para hacer una biblioteca comunitaria cuando estemos muertos”. Sé que intentaba tranquilizarme, no lo culpo. Horas antes había evaluado los posibles resultados a los cuales podría conducir la toma de Yagé, la mayoría, en mi mente, conducían a la muerte (había tomado licor la noche anterior y días anteriores con desmesura, llevaba sin dormir varios días y había comido carne casi toda la semana… además de mi ya famosa y casi filial paranoia). En el momento más angustioso, en el filo del precipicio donde solo vaticinaba la borrasca, decidí visitar a la esposa de mi hermano que ha sido para mí una guía desde tiempos que ya no recuerdo. 

— Yo le diría que lo disfrute, Julián, pero eso no se disfruta. (Denis hace una pausa  para marcar la severidad de sus palabras. Es una mujer que lleva en el rostro unos ojos azules que abre para que los ocupe el cielo). Viva la experiencia, ahí puede encontrar muchas respuestas que busca para usted, eso da miedo. Si yo que lo hecho tantas veces todavía me da… eso sacude, es fuerte, pero también es muy bonito.

Me hizo un masaje y desayunamos. Mis sobrinos de trece y ocho años estaban en la mesa. También mi hermano. Ellos asistirían a la ceremonia. Se les veía tranquilos. Sé que es de pocos el camino de los desesperados.

–Yo solo quiero amanecer vivo mañana, solo no me quiero morir— dije.

Tras de mí, mi sobrino mayor había iniciado la limpieza de los platos y por toda respuesta, como si la sabiduría de todos los años y los hombres que han transitado sobre la tierra se agolparan sobre él para ser lúcido como la mente misma del universo dijo:

–Tío, tranquilo, que si se muere, pues lo enterramos.

De donde no se vuelve

Había entrado en la finca como quien camina al cadalso. Taciturno y cruel. Me limitaba a responder con monosílabos. Iba con mi madre, cuya tranquilidad y paciencia a veces me parece sobrehumana, con una tía que resguarda en el humor el terror que de veras siente y con un jovial y discreto primo. Yo tenía un bolso lleno de implementos para limpiarme en caso de que a mi yo interior se le ocurriera salir en vómito y en heces para conocer el mundo, recorrerlo y, si era posible, conquistarlo. La noche helaba y las personas se reunían en grupos pequeños que se comunicaban con susurros. Solo me divertía creando ficciones de lo que podrían estar diciendo entre ellos. Todo estaba dispuesto: los corredores estaban atestados de colchones, las habitaciones, la sala de la finca; había un terreno, que se dedica en otros momentos a la siembra, dispuesto como vomitadero. Me irritaba que todos se tomaran jovialmente el hecho de verse vomitando y defecando. He sido pudoroso con mis desperdicios humanos. Cuando ya el humano, en sí mismo es la enfermedad y el desperdicio del planeta: un pleonasmo. La noche helaba. Escuché que los niños hablaban entre ellos de los tipos del Yagé, de las pintas que poblaban sus sueños en el humo de la borrachera. Niños con ojos apacibles y serenos que alcanzaron a enternecerme, pude encontrar en sus juegos la tranquilidad en el cadalso. La soga se apretaba. Eran las diez de la noche y la mama no llegaba. Tuve tiempo de recorrer la finca y de ordenar mis pensamientos. Las personas empezaban a fraternizar y yo a distanciarme, las personas se tejían en una comunión armoniosa y yo me silenciaba. Atiné entonces a construir mis preguntas. He sabido que al Yagé se le reconoce como enteógeno, término que recoge todo tipo de sustancias y brebajes que posibilitan viajes interiores, llamados espirituales. Los enteógenos no son drogas recreativas sino sustancias asociadas a cosmovisiones ancestrales. El enteógeno es una planta que lleva al dios adentro. La planta que recoge al universo que es estruendo y oleaje.  Entonces, tomé el dominio de mí mismo.  Dejé de lado mis lastres y me dispuse a escucharme. No pretendía encontrar la verdad de la vida, soy demasiado cínico -en el sentido filosófico- para aceptar salvaciones internas. Pero sí sé que existe en la tierra un camino externo que pueda llevarme a los confines de los desiertos internos, para escuchar la voz de otros tiempos que viene solo del interior, para domar a los potros salvajes que nos son propios con la mano delgada y casi cariñosa de de los respiros. Puede hallarse el sosiego o por lo menos la comprensión del desasosiego, lo cual puede ser una forma del ascetismo y por ello de la tranquilidad. En mi caso, la literatura es una prueba de ello.

Había más de treinta personas, me angustiaba el hecho de que todas esas personas me verían sucio y vomitado, frágil y desmesurado. Yo que “me he construido poderoso y soñador”, como diría Gómez Jattin. Entre más personas llegaban, el ámbito tomaba mayor fuerza. Los niños jugaban en los alrededores, las estrellas merodeaban todos mis silencios y, desde el valle, me llegaban las músicas cantineras que resonaban en mis deseos por las copas llenas. La jugada estaba hecha. La ruta, marcada. La soga ya me aflojaba la piel del cuello. 

Nelly Esperanza Agreda llegó casi a la media noche. No se detuvo en saludos. Avanzó directamente hasta la sala de la finca donde adecuó su pequeño santuario en una mesa blanca. Dispuso los frascos, los instrumentos musicales y de sanación como una bandeja quirúrgica. Es morena, de risa contundente y habla ligera como una quena. Las personas se le acercan y yo ya he tenido tiempo de perder el nerviosismo, les digo. Ya estoy tranquilo, les digo. Nelly sigue hablando con las personas y ya todo está dispuesto. Muevo los pies porque tengo ganas de ir al baño, les digo. Nelly se adecua finalmente y deposita sobre ella los mantos que la autorizan como sanadora. Estoy temblando porque tengo frío, les digo. No podía decir que las ganas de vomitar no eran de ansiedad porque ellos no las veían. No podía mentir diciendo que respiraba rápido ya que tengo los pulmones gastados por el cigarrillo porque ellos no sentían mi respiración. No podía decir que me sudaban las manos del calor porque la noche podía romper en gajos una hoja congelada. Era 21 de diciembre, doce de la noche.

Nelly invitó a los asistentes a consumir una dosis de rapé para limpiar las vías respiratorias. Todos dispusieron una fila para recibir el remedio que, entre otras cosas, me hace gracia que tenga nombre francés. Es una preparación pulverizada de diferentes plantas que se dispara con un mecanismo ancestral dentro de las fosas nasales. Inmediatamente, comienza a fluir de nuestro interior un manantial de polución, suciedad y en mi caso, nicotina. Cuando el rapé transitaba dentro de las vías respiratorias sentí el relámpago que pudo haber dividido los continentes en el principio de los tiempos. Era descomunal. Un enjambre de pequeños pellizcos que iban subiendo hasta alcanzar mi cerebro para formar un único aullido amarrado en mi garganta que solo atiné a desahogar en una lágrima solitaria. Los estertores de la tos. El ardor. Las lágrimas ya desmesuradas. La nariz como una cascada. Era el momento de mi purificación y repetí la dosis. Entonces Nelly nos invitaba a cerrar un círculo en torno al fuego mientras sosteníamos una vela:

—Mi nombre es Nelly Agreda y pertenezco a la comunidad Kamsá del valle del Sibundoy en el Putumayo. Nos hemos reunido también en celebración de este día que es el solsticio de invierno para agradecer por los ciclos que se cierran, por las cosechas en la tierra. Levanten la mano, por favor, quienes vayan a tomar el remedio por primera vez.

De las tres decenas de personas, más de la mitad levantamos la mano. Entonces Nelly sonrió y la mujer que también es terapeuta ocupacional pudo entrar en el círculo que cerrábamos ante el fuego. Y la mujer que estudia una maestría en musicoterapia en la Universidad Nacional cerró la soga en mi cuello para mi última sonrisa antes de la caída.

—Instrucciones de Vuelo— dijo mientras reíamos con nerviosismo ya sin ningún pudor— El remedio que vamos a tomar hoy es Yagé cielo, que es un tipo de Yagé que muestra pintas más para reflexionar, más para meditar. Cada uno va a tomar una copita y luego entra en estado de reflexión. La idea es que se aparten de sus celulares, que eviten conversar entre ustedes para que puedan meditar. Recuerden que este momento es para ustedes, no para el compañero o la compañera de al lado, si vinieron acompañados recuerden que este es un espacio dedicado solo para ustedes. Luego de tomar la copita esperamos unos cuarenta minutos y después de eso van a sentir ganas de vomitar, van a vomitar en los lugares que les han indicado y si les da diarrea van al baño. Por favor les pido que no dejen papeles donde no son porque las personas que nos recibieron en este lugar no tengan trabajos, entonces que mañana no haya mucha basura por ahí. Luego de que vuelvan a sus lugares van a sentir la chuma, se van a empezar a sentir borrachitos, y ahí empieza su diálogo con el remedio ¿Tienen alguna pregunta?

—¿Qué dosis es recomendable cuando es la  primera vez?— preguntó un hombre ya encanecido.

—La dosis es la misma para todos, no importa que sea la primera vez. Excepto para los niños o si tienen una condición psiquiátrica. Para los niños es más chiquitito y si ven que no sienten la borracherita, me dicen y les podemos dar otra toma.

Nelly nos pidió que entregáramos en la llama de la vela aquellas cosas que queríamos sanar o preguntar en las manos del remedio mientras hacía música con un ramo de plantas y un hombre pasaba ante nosotros abrazándonos con una bocanada de humo. Era el momento de la apertura: era entregar las monedas al barquero para naufragar en los nombres perdidos que solo están ocultos para nosotros mismos en nosotros mismos. La puerta a la palabra oscurecida y que solo en el recogimiento podría exponerse ante la mirada.

—Si quieren pueden arrojar la vela al fuego como símbolo de transformación.

Luego caminó hasta su santuario en la sala de la finca y se construyó, de entre la oscuridad que salía de los árboles y se instauraba en la planicie de la finca, una fila para recibir el Yagé. 

Podrá el lector intuir el silencio en mi tránsito y en el de todos. Podrá el lector seguirme mientras camino, aún temblando, aún sudando, aún aullando contenidamente. Podrá el lector, entonces, permitirme un respiro de la angustia para explicarme lo que me ocurrirá en algunos minutos, es su consideración entender mi miedo:

El Yagé o Ayahuasca es una preparación milenaria que se realiza en varias culturas de países como Colombia, Venezuela, Perú, Bolivia, Ecuador y Brasil (doy un paso). El Yagé como sustancia está compuesto por la infusión de la Chacruna y la Ayahuasca propiamente dicha. La medicina es un conocimiento ancestral que se hereda de generación en generación en una familia y también entre los aprendices de sanadores dentro de una comunidad. El principio cosmogónico del Yagé es realizar una curación tanto del cuerpo como del espíritu. Encontrar una conexión del individuo consigo mismo, con la comunidad que conforma y potenciar el vínculo del individuo con la naturaleza. El Yagé posee una vasta cantidad de tipos de acuerdo a las pintas que propicia en el paciente. (Doy otro paso y escucho las  palabras de Nelly). Entendemos pintas como las visiones que se revelan ante el individuo. El Yagé puede ser tipo cielo, tigre, toro, colibrí, entre otros. El principio activo que posibilita la experiencia mística con el Yagé es la presencia de DMT en su constitución bioquímica. Al DMT también se le ha llamado la molécula del espíritu ya que se encuentra en diversos enteógenos y que se presenta de forma natural en el cuerpo humano, desde la glándula pineal, en momentos como el nacimiento, la muerte y algunos sueños de profundidad notoria. Según la psicóloga de la Clínica Centro Manto Wasi de Chile, Ingrid Tartakowsky, desde los procesos neuroquímicos el Yagé logra la estimulación de dos zonas: la memoria emocional, que se encarga de los problemas y dificultades y la zona prefrontal a la que se puede asociar el entendimiento, la planificación y el ordenamiento. El diálogo entre estas dos zonas estimuladas puede explicar los grados de emotividad razonada que se tiene durante las pintas del Yagé, por lo cual se produce una mayor consciencia  de las emociones y de por qué se producen. (Estoy frente a ella y puedo sentir el vaho pastoso de la sustancia). Las comunidades usan el Yagé para limpiar la maldad de sus corazones y oponerse a la civilización destructiva, para instaurar un equilibrio entre el ser humano y el mundo natural. Su ritual es tan sagrado que la ceremonia comienza en el momento de la recolección, con la buena palabra y buena intención de la cosecha, (extiende la copa ante mí) con la ferviente devoción del cocinero y la mano espirituosa que extiende el sanador.

—Salud y buena pinta— Dice Nelly cuando me alarga la copa.

No digo nada, la recibo con sometimiento y camino hasta los límites de una habitación donde tengo mi colchoneta. A mi lado, mi madre, al frente mi tía. En un costado mis sobrinos. No sé como actuar, (digo actuar porque en ese momento me siento parte de una escena) sigo distante de mí y de todos. No alcanzo a comprender lo que está pasando. Las pocas luces se difuminan y es como si regresaran a la hoguera afuera de la casa. Entonces Nelly y sus ayudantes dejan liberar las músicas dormidas de la selva en las plantas que llevan, en las cuencas y una armónica que le arranca quejidos diminutos al viento estancado en la casa. Me siento en posición de loto porque vi a alguien hacerlo, mientras el resto dormía. Comencé a respirar profundo y permanecí allí sentado por largo tiempo. Me recosté. Pensé en las circunstancias que me habían llevado allí, en lo que quería buscar. En principio quería ser respetuoso y aceptar con el corazón dispuesto y no convertirme en la masa informe que llega al remedio por curiosidad o por la urgencia de la alucinación ramplona y vacía. Es así el fenómeno de un capitalismo voraz que arrasa la cosmovisión hasta el punto de banalizarla en una larga e infranqueable lista de instrumentos del vacío y el agobio, del sinsentido y la desmesura. (Al momento de la investigación para este texto pude ver a dos youtubers  hacer del ritual ancestral la mofa perfecta para transformar la espiritualidad en likes. Bien por ustedes, Melina y Mateo).

En un momento sentí un ardor en el estómago, caluroso, subía por mi garganta hasta hacerme saturar la boca de saliva. No sentía propiamente ganas de vomitar y prescindí del llamado. No podía calcular el tiempo que estaba detrás de mí. Escuché que las personas ya descendían al destino construido para los vomitadores de los siglos por los siglos de los siglos amén. Y el concierto gutural se elevó entre nosotros. Yo dormitaba: pude ver y sentir mi cuerpo desplazarse en un túnel adornado por todos los colores. Me sentí feliz y sereno. Afuera todos vomitaban hasta alcanzar el silencio. Me angustié, el viaje del túnel había concluido. Entonces me acerqué a Nelly.

–Nelly, no sé sí sea pertinente que tome más remedio, no estoy sintiendo la borrachera.

La mujer me miró y asintió. Sirvió otra compa de Yagé para mí y la extendió.

–Salud y buena pinta.

Tomé. Caminé hasta mi lugar. Me recosté sin temor y cerré los ojos. Había llegado al camino de donde no se vuelve.

El Jardín del amor y el desgarramiento: primera ronda ante el espejo

El tiempo se ha secado en mis manos. Al lado de mi tiempo se intuye un camino a otro tiempo. De no transcurrir pero en movimiento. Afuera todo se aquieta, está silenciosa la hoja del árbol, crepita la llama de la hoguera. El todo que soy en la fragmentación que habito se rehusa a distinguir entre cuerpo y espíritu. Los que soy pueden serse desde los sentidos que crean y figuran su realidad. He sabido de las figuras perfectas de la naturaleza. He sabido de los poemas de Whitman que vinculan mis átomos con los del viento. Los ojos se llenaron de colores, lo que es para mí está en las formas geometrías singulares que veo formarse y deformarse. Viajo en los límites de un cristal, en un túnel que me preserva del afuera donde está la música que persigo. Están los confines del mundo, el génesis, el punto mínimo donde aparece todo. Es la felicidad y la armonía, es el llanto de mis ojos por la insoportable belleza del instante que no es tiempo ni ausencia de tiempo, es un no-tiempo en movimiento. Mi mente ha comenzado a crear figuras tan perfectas que solo he soñado en poemas. He sentido que el cristal comienza a romperse, que unas fuerzas que no logro personificar comienzan a romper el cristal. Entre las grietas se escabulle el miedo, el dolor y la pena. Caigo en la angustia. Abro los ojos y todos están dormidos, el miedo me invade. Cierro los ojos, vuelve la felicidad y con ella las formas oscuras insisten en romper el cristal: otras vez la angustia, otra vez el dolor de todo lo sufrido, de mis derrotas contra el mundo, de todo lo que me ha fracturado. Abro los ojos y he notado que es insalvable, que no tengo a nadie, que estoy solo. Que ni mis máscaras, ni el poder, la intelectualidad, la amistad, la familia, ni el amor me podrán rescatar del dolor. Estoy solo y ante mí la belleza y el dolor. Sigo el viaje entre la pena y el amor. Estoy solo. Entre las figuras logro descifrar las manos que golpean el cristal. Estoy solo. Entonces ante mí, vino el mar: en los ojos serenos y errabundos de una mujer, vino el mar. Pude intuir su mirada de penumbra, y su sonrisa que logra despertar los tambores que llevo dentro de mí. En sus ojos, el mar. El oleaje, los movimientos serenos que se deslizan sobre mi piel astillada para ir dibujando la paz en cada poro que he traído. Se perfila su rostro: veo en su noche blanca, estrellas negras. No he necesitado del Yagé para hacerla poesía porque ella trae consigo los versos que se decían los marineros en las noches oscuras.

–Nadie te puede ayudar. Nadie. Solo tú puedes controlar los miedos– Me dice una voz que parece mía pero no es mía.

He sabido que no hay una lucha que puedan librar otros. El camino del héroe se reduce a caminar a una misma vez hacia el más alto placer y hacia el mayor temor. Sigo en movimiento en el túnel de cristal y me opongo a las fuerzas que desean entrar. Entiendo allí que el Yagé me ha puesto un espejo para destruirlo. Que la mística del remedio no soluciona nada que yo no pueda solucionar, me digo. Sudo, me duelen los músculos de las manos cuando intento soportar los embates del miedo que me persigue. ¿Dónde está el fuego secreto?, El Yagé es una llave que abre las puertas que el ego ha cerrado. No hay misterio. He logrado contener las fuerzas que golpean mi túnel de cristal, siento mi camisa estragada por el sudor. Al fondo, y por primera vez, logro visualizar un jardín donde me espero a mí mismo. Llevo una flor amarilla como un sol. 

La celebración del cuerpo: segunda ronda ante el espejo

Me he entregado la flor amarilla y doy comienzo a una fiesta: una explosión de colores y aromas, de vida en estado puro y por ello sin forma definida. El estar, la celebración de estar, contra toda duda, contra todo lo que puede clavar la daga en el alma. La celebración del poderoso drama de la vida misma. He llorado de felicidad y no sé cuánto tiempo he permanecido en ese lugar tan primaveral como el nacimiento. Comienzo a explorar mi cuerpo, célula a célula, siento la sangre que fluye por mis venas, la hierba que crece en la pradera, mis pulmones cansados pero esforzados, siento la muerte de mi cabello expandirse. La vida que se acumula en la piel. Me palpo cada parte, como si me estuviera presentando a mí mismo. Me hago consciente de mí mismo. Soy yo con mis multitudes, con todas las vidas en mi vida.

La armonía que me poblaba me hizo preguntarme por una cierta tendencia a la megalomanía que me ha acompañado y que he sabido también como un miedo al fracaso. He presentido que el espejo se ha roto. Había vuelto del trance y afuera todo era silencio. Cuando abrí los ojos, vi por última vez, en la pared del frente, construirse las formas que me acompañaron, como si fueran mosaicos de luz incrustados en la tapia. Era la última luz de la noche y yo me sentía pleno y seguro. Creí haber concluido mi viaje de donde no se vuelve.

El derrumbamiento: tercera ronda ante el espejo

Estaba cansado. Creí haber vuelto del trance. Entonces en mi cuerpo nació un deseo por vomitar, por expulsar por todos mis poros todo lo que tenía adentro. Aterrado del silencio, no me convencía de acercarme al vomitadero. Tuve un volcán interior que apuntaba a expulsarlo todo. Tenía diarrea. Afuera el silencio. No soportaba la idea de ir afuera y vomitar delante de todos. De penetrar en el trono de un baño donde todos escucharían los quejidos de mis intestinos. Mi cuerpo empezó a ceder al dolor, me dolía cada articulación de mi cuerpo, estaba ausente de mí pero consciente. Estaba en un lugar donde Dante, seguramente, no estuvo para describir el infierno. La angustia se apoderaba de mí y el corazón me latía como una tormenta. Dejé de sentir mis manos y mis pies. Me rehusaba a  enfrentar mis desperdicios humanos y que otros los vieran. Me sentí morir sin el alivio de la muerte. En un lugar eterno de sufrimiento. Entonces llegó la revelación: me había negado a que otros vieran mi vulnerabilidad, a que me vieran frágil.

–¡Qué es esta fragilidad!– grité.

Me resolví a levantarme. Con el último esfuerzo conseguí llegar hasta los corredores donde caí de rodillas. Había llovido. La hierba húmeda y lodosa, llena de vómito. No pude más que derrumbar lo que aún quedaba de mi orgullo y arrastrarme, entre el vómito y el pantano, hasta el lugar donde conseguí vomitar. Uní mi cuerpo al cuerpo del pantano. Entre esfuerzo y esfuerzo sentía que luchaba por mi propia vida. Mi cuerpo se apagaba. Vomité como si hubiera contenido adentro demasiado veneno y demasiado peso, vomité toda la angustia y lentamente logré ponerme de pie.  Caminé hasta el baño. La puerta estaba mala y tuve que sostenerla con las manos para que nadie entrara. Solo pude sentarme y llorar. La fragilidad era un sentimiento que me era lejano. 

La tierra llana

Volví a la habitación pero mis sentidos no soportaban el murmullo de las personas que comenzaban a despertar. Me alejé. Me senté en el corredor y escuché a una mujer sacudida por el llanto decir: “Se a qué vine, vine a parirme a mí misma”.  Yo me concentré en las figuras de las nubes y en las luces del sol que tímidamente se abrían paso. Ya todo estaba dado, mi cuerpo no distinguía entre el dolor y la felicidad, estaba aislado en un mundo del mutismo. Sin entender, ni queriendo entender, apenas obedeciendo a mis sentidos. La luz llegaba y decidí dormir, perdido en un mueble como encallado en un abismo del que no quería ni pretendía salir. Luego vino la luz inquisidora y las voces.

Nos reunimos en el centro de la finca. Compartimos las experiencias de la noche. Veo en los rostros de todos el peso que conlleva cargarse a sí mismo. “Por eso está el arte”, me digo. Formamos un círculo y en parejas nos encontramos para entregarnos los buenos deseos. Los rostros siguen destruidos, agobiados. 

Nelly comenzó un diálogo que no logré comprender, no había vuelto en mí. Supe que rondó a cada uno de los integrantes, que los limpiaba con sus palabras y que todos los rostros se transformaron en la alegría doblemente alegría que aparece en los rostros de los vencidos. Pude sentir los dolores y las venturas de mis compañeros y ellos sintieron las mías. El Yagé puso una linterna en mi mano que solo pude encender con sangre. Y se hizo el festín. De la cocina desfilaron las frutas y las bebidas. Era el tiempo de la nueva cosecha y la antigua noche.

Enero, 2020.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s