Hombres de barro

Un hombre me citó en un sueño. Traje esta libreta para garabatear un poco ya que en los últimos días la espera se ha hecho tortuosa en esta banca a punto de podrirse por la humedad. Una espera acompañada de los ronquidos de los buses rebosados de gente.

El panorama es escaso, más que mi agudeza visual: Una autopista que presenta múltiples vehículos pasando a toda velocidad en ambas direcciones y unos cuantos caminantes que se multiplican en Semana Santa. Me sorprenden las formas de pedir, tanto favores como perdones. Al cruzar la calle de en frente solo hay unas cuantas casas deshabitadas y una tienda de cerámica atendida por un señor de pelo canoso y espalda encogida. Todo el día salta de un lado a otro, cargando arcilla, preparando tinto. A menudo persigue a un gato que se cuela entre las rejas de metal, cuando consigue alcanzarlo lo golpea en la cabeza con una fina pieza de madera, cosa que lo hace sentir culpable. Me atrevo a afirmarlo porque minutos después de la golpiza le ofrece a aquel gato tan viejo como él, unas gotas de leche, y, en ocasiones lo deja entrar al almacén justo antes de irse a su casa (o eso creo, aún desconozco a dónde se va al pasar las 8pm) para que el pobre gato no tenga que dormir en el tejado. Este hombre es harto divertido, el otro día se paró sobre un pocillo verde opaco, tambaleándose, mientras eufórico les decía a dos mujeres: “Uno sabe lo que hace”, ellas, no tenían más que hacer que reírse de la picardía del viejo.

Cada día el anciano de la tienda y yo nos observábamos, a pesar del tiempo seguíamos desacostumbrados a la presencia del otro. Tal vez piense que planeo robarle, lo he notado celoso con su dinero, al principio lo contaba ahí, frente a la cristalería, pero luego empezó a hacerlo en una habitación que supongo, hace de baño. Debe ser sospechoso que un hombre esté cada mañana justo antes de abrir su negocio y que continúe ahí al finalizar el día, pero él desconoce mi rutina:

Llego aquí a las 8:30am, momento prudente para un encuentro y media hora antes de que él empiece a trabajar. A las 12:30m voy a almorzar a un restaurante cercano y él ya se habrá ido hace una hora. Vuelvo a la banca a la 1pm, hora lejana al hambre y adecuada para un encuentro, y media hora después llega el anciano por el lado izquierdo de la calle apurando su cojera. La jornada laboral del viejo termina a las 8pm y mi espera a las 9pm.

Luego de tres semanas viéndonos desde cada lado de la calle, él por desconfianza y yo por falta de oficio, el anciano se acerca a la autopista esperando un hueco entre los vehículos que se aproximan y pasa la calle saltando en una pierna. Me mira por unos segundos, escrutando mi cuerpo como a una de sus piezas de cerámica, yo hago lo mismo. El ojo izquierdo sobresale de su rostro a causa del párpado inferior incompleto coronado por una ceja cicatrizada. Cuando empiezo a distraerme en el grisáceo de la pupila deshidratada, me pregunta:

-¿A qué viene usted aquí?

Le respondo, desinteresado:

-Un hombre me citó en este sitio, lo estoy esperando.

-Señor, usted lleva aquí semanas y nunca lo he visto tener una conversación con nadie.

-Usted tampoco habla muy a menudo, no más que para reprender a ese gato viejo. Hace 20 días me citó un joven en un sueño para este mes, abril, pero no recuerdo la fecha exacta, entonces vengo a diario con la esperanza de que sea este el día acordado.

-Pero, señor, ¿No considera un tanto absurdo asistir a una cita acordada en un sueño?

Reconociendo que lo que decía era verdad y sin saber cómo justificarme, le pregunto:

-¿Es usted sentimental?

Él se rasca la cabeza, a la que ya se le va ausentando el cabello, como preocupado, y me dice:

-Lo suficiente para no parecer un desalmado, pero… ¿Qué relación tiene eso con lo que le pregunté?

-Debo decir que soy bastante sentimental… Bueno, eso parece.

-¿A qué se refiere?

-Desde que tuve aquel sueño no he podido evitar venir aquí, al principio pensaba lo mismo que usted, ¿Qué sentido tendría verme con un hombre que no conozco? Pero eso solo duró los dos primeros días, ahora me levanto cada mañana para venir a una hora prudente en caso del encuentro, es como si aquel hombre tuviera algo muy importante por decirme y yo necesitara escucharlo.

El anciano hace una mueca, me mira con lástima y miedo, como a un enfermo mental y continúa:

-No sé, parece estar muy interesado en seguir esperando, bueno, quedan ya pocos días del mes, solo le recomiendo que traiga una sombrilla, el invierno se acerca. Espero que llegue pronto el hombre o la resignación.

-Gracias, tenga buen día.

Ha sido una conversación extraña, un poco necesaria, es cierto que a veces debería charlar con alguien además de la mujer regordeta que cocina y atiende en el restaurante al que voy a diario.

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A la mañana siguiente me encuentro al anciano de la tienda de cerámica sentado ya en la banca. La tienda está abierta y él bastante cómodo y abrigado en frente.

Camino hacia la tienda y los gritos del anciano me frenan:

-¡Señor, señor! Imagínese que entre mis sueños también fui citado a este sitio, con la diferencia de que yo no recuerdo ni el mes, pero pensando en la posibilidad de que usted no haya encontrado a nadie a causa de haberse tomado dos días para decidirse, pensé en acudir inmediatamente.

-Ya veo.

Sigo caminando hacia la tienda y el viejo vuelve a gritar:

-¿A dónde va? Esperaré con usted.

Sin responder, entro a mi tienda y empiezo a preparar arcilla.

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