Instagram o la desmesura del deseo

Las cada vez más frecuentes voces que acusan a Instagram de contribuir al aumento de casos de ansiedad y depresión entre sus usuarios, han llevado a que la red social elimine los contadores de likes y disponga de una función para ayudar a las personas que puedan sufrir de estos trastornos; lo que es lo mismo que pañitos de agua tibia. Igual acusación, con sus respectivos matices, ha caído sobre Facebook, Telegram y Twitter. Sin embargo, y sin llegar a menospreciar los efectos negativos que estas en sí mismas pueden causar sobre la salud mental, me parece que lo que ocurre con las redes sociales es más bien un síntoma y un catalizador de una crisis social –y si se quiere, espiritual– mucho más amplia.

En efecto, desde los años setenta y, en especial, desde la caída del Muro de Berlín, la sociedad ha entrado en un proceso de transición sin precedentes, del que aún no somos plenamente conscientes y del que apenas logramos avizorar sus alcances. Dos hechos principales lo han motivado: la expansión del neoliberalismo y el desarrollo de internet. Este proceso, signado por la globalización, la extrema mercantilización de la vida social y la homogeneización de la cultura, ha producido tan hondas transformaciones en la mentalidad de los seres humanos alrededor del mundo que Amador Fernández-Savater llega a afirmar que se trata de una verdadera “revolución antropológica”.

Para mayores señas: no estamos solo ante una mutación en las estructuras sociales, en las ideologías políticas o en las relaciones económicas, sino ante una transformación profunda en la configuración de las subjetividades. “La fuerza del neoliberalismo –afirma Fernández-Savater– radica en que fabrica un tipo de ser humano, un tipo de vínculo con los demás y con el mundo: el yo como empresa o marca a gestionar, los otros como competidores, el mundo como una serie de oportunidades a rentabilizar”. Así, más allá de funcionar como un modelo económico o una ideología, según continúa el autor, “el neoliberalismo es existencial y produce formas de vida deseables”.

Entonces, ¿qué tiene que ver todo esto con Instagram? Esta red social es una síntesis espectacular del contexto que acabamos de describir. Para empezar, allí, a través de la imagen, el más poderoso de los medios expresivos en la red, gestionamos nuestra personalidad como si de una marca se tratara. Al mostrar cada viaje que emprendemos, cada comida a manteles, o al exponer el idilio de una relación afectiva, capitalizamos aquella marca personal y competimos con los demás. ¿No son los likes indicadores de un capital simbólico acumulado? Y frente a esta pretensión, que puede buscarse de manera deliberada o no, estamos dispuesto a invertir –por ejemplo– una parte importante de nuestra intimidad.

Pero, sobre todo, Instagram es una fábrica de deseo. Si seguimos con el razonamiento anterior encontramos que, en últimas, cada perfil personal es más la elaboración de una imagen que se quiere proyectar hacia los demás, una autoficción, que un testimonio fiable de la complejísima trama de una existencia humana: más el espejismo de una vida como la quisiéramos tener o mostrársela a los demás, que el retrato de nuestra vida tal y como es. Así, los perfiles de Instagram se convierten en una suerte de paraísos artificiales donde, de manera casi exclusiva, hay cuerpos jóvenes, bellos y saludables, relaciones sociales armónicas, y éxitos personales y económicos sin límite.

Este hecho deja entre los usuarios el siguiente estímulo: si los otros tienen una vida feliz, llena de experiencias positivas, hábitos saludables y riquezas, ¿por qué yo no? ¿por qué yo no a alcanzo a llevar la misma vida de los demás, esa vida en apariencia perfecta? Al sentir una persona que los medios (sociales, económicos o culturales) a su alcance no son suficientes para satisfacer aquellos deseos –los cuales generan una fuerte presión– probablemente experimente una frustración intensa, cuando no los cuadros más complejos de ansiedad y depresión, que es uno de los argumentos que han aducido los expertos en salud mental.

Sin embargo, aquí es necesario hilar delgado: si bien Instagram exacerba y sirve de medio a aquellas metas o expectativas culturalmente impuestas a los individuos (que otra cosa no son los deseos de los que venimos hablando), el deseo es incentivado o, a veces, cuidadosamente fabricado en otras esferas sociales. De hecho, en la era del neoliberalismo, la publicidad, el marketing político y el sistema educativo mismo han contribuido a que los seres humanos se perciban como agentes económicos (no como ciudadanos, ni como seres en sí mismos dignos y autónomos); sobre todo, como consumidores. Y uno consume porque a eso lo lleva la necesidad o el deseo.

El punto está en que para que el sistema económico funcione y se reproduzca, bajo la lógica que actualmente lo hace, no basta que el consumo esté determinado por la mera necesidad, ni aún por un deseo moderado; sino por un deseo constantemente renovado, por definición insaciable, que pueda mantener la producción. Esta idea la anticipó Marx en sus Grundisse, al decir que “la producción produce no solo un objeto para el sujeto, sino también un sujeto para el objeto […] produce, por lo tanto, el objeto del consumo, la forma del consumo, el impulso al consumo”. Y, en efecto, ha sido una preocupación neoliberal no ya crear el deseo alrededor de una mercancía en particular, como lo hacía la publicidad clásica, sino crear un modelo de vida donde el deseo es constantemente reproducido y recreado.

Instagram es, así, una de esas plataformas (entre muchas otras) donde aparece el catálogo de los modos deseables y socialmente aceptables de vida en nuestro tiempo: los que, precisamente, incentivan el consumo; los que generan la hybris (desmesura) del deseo infinito, una forma del deseo que –por imposible de satisfacer– se convierte en un suplicio perpetuamente renovado. De ahí que el malestar que sienten algunos usuarios de la red social no es algo diferente al malestar general que produce la construcción neoliberal de la subjetividad: la configuración plena de lo que Michel Foucault y Gilles Deleuze llamaban sociedad de control, o Byung-Chul Han, más recientemente y con nuevos matices, sociedad del cansancio, tan bellamente anticipadas en la novela distópica Un mundo feliz de Aldous Huxley.

¿Cuál es, entonces, la alternativa? Probablemente, la mejor salida no sea renunciar a las redes sociales –por las que, entre otras cosas, circulará este texto– sino convertirlas en herramientas de emancipación, de intercambio de conocimiento y de creación artística; cada vez más personas demuestran que esto es posible. Pero, más que nada, habrá que cuidar el deseo, aprender a desear reflexivamente más allá de los modelos hegemónicos de vida. A este respecto, resuena en mí una afirmación de José Saramago: “La alternativa al neoliberalismo se llama conciencia”. Sin embargo, todavía nos hará falta un gran esfuerzo crítico, individual y colectivo, para dotar a esta expresión de sentido y convertirla en acciones concretas de la práctica vital.

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