Un hombre a una nariz pegado

Hace poco recibí un mensaje en una red social de un desconocido recordándome, sin ningún motivo y como si yo no lo supiera, que mi nariz no es recta. Puede ser que no alcanzó a fijarse en que ninguna nariz es recta y que, lo más probable es que tras casi veintiocho años de vivir con ella, quizás ya hubiera descubierto por mi propia cuenta que tengo una nariz grande. Después de contestarle alguna cosa así, se sintió herido y me dijo que tenía que aprender a aceptar el humor, entonces recordé a Quevedo y su poema, que tantas veces me ha sido dedicado: Soneto a una nariz.

También recordé la charla sobre ese poema que tuve hace tiempo con la doctora Carmen Álvarez Lobato, profesora de literatura en la UAEM de México y portadora, ella también, de una nariz superlativa. Esa charla me sirvió para confirmar mis sospechas de que tras el supuesto humor del poema se esconde no solo el desprecio que sentía Quevedo por Góngora, sino además una forma de racismo que en la época del poema era muy clara.

Para ponerlo en contexto, España venía del descubrimiento de América y la reconquista de la península ibérica. Estos hechos se dieron a finales del siglo XV pero tuvieron efectos que se extendieron por lo menos dos siglos más, entre ellos el edicto de Granada que ordenaba la expulsión de los judíos del territorio español y que estuvo en vigor desde 1492 hasta 1707.  Luis de Góngora, nacido en 1561 y muerto en 1627 vivió toda su vida bajo esta ley racista y tuvo que soportar, como muchos otros escritores del siglo de oro español, entre ellos Cervantes y Santa Teresa de Jesús, la persecución a causa de las dudas sobre la pureza de su sangre. En esa España del siglo XVI ser judío era delito y ser hijo de conversos era razón suficiente para no poder gozar de derechos políticos. Góngora la tenía aún más difícil, pues su linaje estaba tachonado de genes judíos por la vía de sus cuatro abuelos. Entre otras, esa fue una razón de peso para que su obra nunca fuera publicada en vida.

El poema de Quevedo está lleno de referencias al origen judío de Góngora, se le atribuye el cargo de “Sayón”, que es lo mismo que decir verdugo, por ser los judíos verdugos de Cristo y “Escriba” que tiene intenciones claramente católicas y una connotación negativa desde los Evangelios. Se dice que en él se unen las narices de las doce tribus de Israel y le mientan a Anás, sumo sacerdote que, junto a Caifás, condenó a Jesús. Este era el asunto: España toleraba a los conversos, pero distinguía entre dos clases de ciudadanos, los cristianos de nacimiento, cristianos viejos, y aquellos que en su sangre cargaban la culpa de un pueblo que, supuestamente, condenó a su mesías.

La actualidad nos trata a los narigones con un poco más de benevolencia. Es verdad que tener una nariz grande hoy en día es menos grave que tener una en el siglo XVI en España. Sin embargo me desagrada que los desconocidos me hagan saber cosas que yo mismo sé sobre la forma de mi nariz. Mucho me costó aprender a quererla y aunque me gusta como es, la indisposición que me causan los comentarios de extraños sobre ella no cesa. Me asquea que personas que no conozco se sientan en la libertad de hacerme comentarios sobre cómo les parece fea o grande, detesto ver cómo en más de una ocasión en un debate de cualquier naturaleza, mi contraparte ha mencionado mi nariz innecesariamente solo para indisponerme.

Pensar en la nariz barroca de Luis de Góngora y los problemas que le trajo por poner en evidencia sus orígenes judíos y luego pensar en mi propia nariz, me cuestiona constantemente. Cuando he sido el blanco de los comentarios desagradables de los demás, me pregunto si ellos, sin saberlo, insisten en prejuicios raciales que la cultura ha interiorizado y que impone unos modelos estéticos determinados, al tiempo que rechaza fisionomías más paganas, como la mía. Otras veces especulo si es por eso que en Antioquia la rinoplastia está en auge; nuestro pueblo tiene un fuerte ascendiente judío y narigón al tiempo que carga un fariseísmo innato que desde el principio, en ese consumo exacerbado de carne de cerdo y de adoración a la virgen María, intentó ocultar su propio origen y ahora parece seguir ocultándolo con el bisturí. Otras veces me pregunto, si al contrario, lo que sucede es que soy demasiado sensible y me tomo con una pasión innecesaria un chiste inocente, pues en mi caso la nariz, revele lo que revele sobre los orígenes judíos que pudiera llegar a tener, no me condena, ni me empobrece, ni me exilia, ni me quita derechos, como sí a Góngora o a Fray Luis de León.

Sea como sea, en medio de este desagrado que me producen los comentarios sobre mi nariz cuando vienen de desconocidos, me reafirmo en el cariño que tengo por mi rostro, pongo mis dos pies sobre la fuerte certeza de que no soy un hombre a una nariz pegado, que yo no soy un apéndice de mi nariz, que mi nariz no habla por mí, ni me antecede, ni me opaca, que la nariz que me viene por línea paterna y que mi padre heredó del suyo, la amo porque no define mi vida, ni pone en duda mi humanidad y que me sirve para tener la intuición olfativa de que si hay alguien cuya humanidad esté en duda es aquel que se siente con derecho a lanzar opiniones no pedidas sobre el cuerpo de los demás.

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