Elegías de Dina

Nota preliminar: Elegías de Dina es un poema fúnebre que recrea, en versión libre, el Libro de Job, cuyo relato es venerado en el Cristianismo, el Judaísmo y el Islam. Toma como figura central –y enunciante lírico– al personaje de la mujer de Job, quien, pese a sufrir iguales o mayores pesares que el hombre, es obligada a callar y a ocultar su dolor; en el relato bíblico solo llega a decir: “¿Todavía te empeñas en seguir siendo bueno? ¡Maldice a Dios y muérete! (Job 1: 9). Siguiendo la genealogía trazada por Robert Graves y Raphael Patai en Los mitos hebreos, esta mujer es Dina, la única hija del patriarca Jacob (a su vez, hijo de Isaac y nieto de Abraham). En esta entrada se publican algunos fragmentos:

Antes de que el polvo
supiera celebrar otoños
y se enraizara en mi cuerpo,
hubo una juventud,
hubo un cuenco del que manaba
un riachuelo,
hubo un olor de tierra fresca.

Las vírgenes
enturbiábamos el agua del pozo
con una lluvia de guijarros,
y reíamos su eco,
y respirábamos el cielo
de varios días con sus noches.

Ancianas, hermanas mías,
ese fue el tiempo de la germinación.

La arena antigua de este valle
ha albergado y ha ocultado
muchas huellas:
Háblame, Padre,
¿qué aridez te poblaba la boca
cuando mencionabas el nombre
de tu hermano Esaú?

Háblame
desde el túmulo que tu muerte, no acabada,
fecunda.

Háblame, Padre Jacob.

Cuando le ofrecí al desierto
las primeras manchas de mi sangre,
Madre dijo:
Esta es la fertilidad,
ahora acatarás la madrugada
para peinarte la frente,
para llamar al vientre
las riquezas de La región de Uz.

Madre me arrebató los guijarros
y el desierto creció.

El siervo Eliécer
cuando desde el oriente la noche
apuraba sus horas, oró a Dios:

Ahora estoy, Señor, en Caldea,
junto al pozo de la tierra de Nacor,
con el tacto todavía tibio
                                 de la promesa.


Favorece el muslo viejo, Señor.

Y Eliécer
atisbó la caravana de vírgenes
                      que se arrimaba:
sobre un cántaro
cayó el rayo verde del sol.

El hijo del patriarca
avivaba la llama del holocausto;
era Job
cuando el sufrimiento no había hecho
un cristal de su sangre:
bello a mis ojos,
recto a los ojos de Dios
y rico a los de mi padre.

El ángel acusador
le presentó a Dios la manzana,
y Dios respondió:

Tú que recorres la tierra
de un lado a otro,
¿viste a mi siervo Job,
el que aviva la llama en los altares?


Ancianas, hermanas mías,
así habló el acusador:

Haz que el hombre
encierre en su mano un poco de hierba
y golpee el puño
tres veces contra el suelo.
Y las maldiciones serán
una lluvia de guijarros.

Anoche soñé con la muerte,
la sin rostro danzaba los ritmos
de mis cantos plañideros.

Fecunda con este cuerpo
el desierto,
como el desierto en este cuerpo
fecundó la infamia.


Y le insinué el seno
de una maternidad desarraigada.

Pero la muerte era esquiva
                             indolente
                           juguetona.

Job duerme largamente.

Sueña
el sueño de catorce mil ovejas,
mil asnas y mil bueyes.

Éste es el sosiego del hombre
y la riqueza conquistada para el hombre
y el dedo que reprende sus gemidos.

Pero yo soy la mujer
que tiene en la boca
la cuna de lo indecible:
catorce partos me trizaron la entraña,
catorce partos me trizaron la entraña,
catorce partos
cuando ya no era mi vientre joven
ni fecundo.

Este desierto guarda
las fosas de mis muertos,
sobre las que no
                        crecen
                              las flores.

Por: Salvador Dalí.

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