Isaac. Trauma y olvido o la dimensión religiosa de la política colombiana

Después de estos hechos, Dios quiso poner a prueba a Abraham; así que lo llamó:
¡Abraham!Respondió Abraham:
Aquí estoy.
Y Dios le dijo:
Toma a tu hijo, el único que tienes y al que tanto amas, a Isaac, dirígete a la región de Moriá y, una vez allí, ofrécemelo en holocausto, en un monte que yo te indicaré”.
Génesis, 22.

Si la autoridad, serena, firme y con criterio social implica una masacre es porque del otro lado hay violencia y terror más que protesta.”
El Gran Colombiano

El sacrificio expresado en cada uno de estos epígrafes es diferente. Ambos demuestran una soberanía sobre la vida -también sobre la muerte- y en ambos casos se juega una particular teatralidad del poder. En el primero, la ausencia divina fue rápidamente aprovechada, según cuenta un relato bíblico, con una orgiástica adoración de falsos ídolos que desató la ira del soberano; por eso fue preciso inmortalizar en dos piedras la ley que habría de gobernar en los corazones de los hombres. En el segundo, la ausencia selectiva del soberano hace que los corazones se desangren de desesperanza y muerte por contrariar la injusticia que custodia la ley. Y en ambas escenas teatrales, el pueblo desposeído responde al poder enmascarado con su propio semblante. La falsa euforia que produce sentir que somos «el país más feliz del mundo», esa peculiar gratificación que se siente de poder sobrevivir a la miseria del presente, esa adictiva atenuación del vértigo del fracaso, la miseria y el horror que persigue implacable a la mayoría como la sombra al cuerpo.

La mayoría se relaciona religiosamente con el poder político y, por lo tanto, con la Autoridad por ella reconocida. Nuestra moderna institucionalidad política depende de un espíritu religioso. Sin embargo, el pueblo colombiano es un pueblo que sufre si sigue al Señor y que muere en los caminos que de Él divergen, sobre todo cuando eres un hereje que se atreve a levantar la voz contra Su Voluntad. Entonces a los ojos de todos los otros te conviertes en el portador de una verdad paranoide y peligrosa.

Colombia no sólo es pasión, es pasión católica y por eso somos adoradores de cruces. La cruz es un símbolo potente que se yergue como estandarte del sufrimiento, es la herida traumática del dolor incomprendido que deja la violencia. Y como todo trauma somete a su víctima a una situación paradójica. El símbolo del dolor violento no es rechazado sino adorado, así como es adorado el soberano que juzga y decide sobre el destino del pueblo. En este juego teatral, urge nombrar y combatir ese peculiar “catolicismo” con que se reviste el poder político.

La imagen de Jesús es un testimonio fiel de lo anterior. El ícono de Jesús pudo haber sido el de aquel líder social asesinado por cuestionar el poder que explota la vida de los desfavorecidos, de las víctimas, de los desplazados, de los desempleados, de los destituidos de su cultura, de su identidad y de su último aliento.

Mas no es esta la metáfora de Jesús que vive en la mentalidad mayoritaria. Jesús no nos llama a padecer con las víctimas y ser solidarios con ellas, que en toda relación de poder también debe tener la forma de la resistencia al poder. A Jesús se lo ve más bien como un hombre admirable con una vida miserable. Por eso su icónico sufrimiento no es tanto un ejemplo de la digna resistencia a la violenta trama del poder, sino más bien el lamento derrotista de quien sabe que está condenado por hacer lo que es justo.

Jesús es símbolo de una injusticia cuyo autor permanece oculto. “¿Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?”, solloza Jesús en el calvario, mientras todos saben y al mismo tiempo ignoran que Jesús fue víctima de la (in)justicia del poder terrenal. El pueblo calla en profunda reverencia sin atreverse a juzgar el mandato divino. Por eso a través de Jesús a la colombiana no odiamos la dictadura y la violencia política, sino que aceptamos el misterio que hay en la pasión de la “mano firme”.

El rostro del victimario se deforma por el trauma que deja la violencia. En todo caso al poder no le gusta que lo vean a los ojos. Por eso hay un terrible secreto en el mandato divino, por eso el sinsentido que deja la muerte que ordena. “El Señor te pide que le entregues a su hijo…”. Abraham escucha la voz del Otro que le ordena el derramamiento de la sangre de su más próximo. Mas en su fiera determinación no puede eludir su tormentosa voz interior: “[pero] si lo matas, es tu culpa”. Condenado a una ineludible división interior, sólo usando una máscara puede Abraham ser libre. De igual manera, sólo bajo el sumiso semblante al mandato soberano el pueblo somete a un sepulcral silencio su propia voz que clama por justicia. Sólo así puede gritar que es el pueblo más feliz del mundo y seguir con esa interminable fiesta popular de la guerra en la que se pierden los estribos, se mutilan las extremidades, se desaparecen los cuerpos y se lava la culpa.

“Aún si es tu voluntad, yo puedo matarlo por obra de la mía”. El pueblo puede ser libre sin que se lo ordenen, mas al actuar se engaña al creerse su propio dueño. El pueblo que antes se expresó eligiendo a sus gobernadores no es capaz de asumirse plenamente como aquel que se hizo gobernar así. Y con toda la razón, porque el poder que éste “cede” en las urnas en realidad no le pertenece. Se le permite fantasear con ser el soberano de su propio destino cada cuatro años. El pueblo es idiota, pero no del todo, así se obstine mucho en demostrarlo. Él sabe que es una víctima de una Voluntad política que no es del todo suya. Por eso se expresa con tal fuerza la brutalidad política contra aquello que contradice la verdad oficial. Las víctimas de la sociedad son el reflejo vivo o muerto del desfigurado sufrimiento que el pueblo no reconoce, pero que lo persigue hasta el estremecedor silencio de tumbas llenas de hombres, no de chivos expiatorios.

Una vez estuvo Abraham a punto de descargar el cuchillo sobre su hijo Isaac. Él supo entender que ciegamente es como ha de ser cumplida la voluntad del Otro. Pero en esta ocasión se detuvo y no se ejecutó la barbarie. La tensión de la escena se disolvió y respiramos aliviados porque la víctima se salvó de un destino fatal. Sin embargo, no nos indignamos ante la violencia que el poder mantiene como una posibilidad latente. A Abraham no lo recordamos como un victimario, sino que lo vemos como un buen ícono de obediencia. Esto hace de Isaac la metáfora del colombiano promedio que hace parte de una trama oculta de poder, en la que todos saben del terror del orden político, de la posibilidad inminente de vivir peor o de la posibilidad de ser la víctima arbitraria y fatal de órdenes que vienen “desde arriba”. Por ello su vida es un milagro y su sensación de alivio es ya parte del trauma.

Pero no hay misterio religioso en la orden de los que reinan en Colombia. Concebimos el poder político como la emanación de la voluntad de un ser superior al orden social, “de él depende el orden social”. Mas esto no es sino la forma más básica de la ideología de las sociedades premodernas. Nuestro gobierno es democrático en la forma pero religioso en el fondo, quiere decir, en el “espíritu” del pueblo y en la mentalidad que tiene sobre “la realidad”: Colombia siempre será así, a pesar de sus injusticias es lo mejorque hemos tenido, aquí no hay lugar para aquellos que están en contra del orden y los valores de “la gente de bien”, etc. Nuestra forma de pensar obedece a la santificación del orden caótico y miserable que custodia el poder político. Y como toda santificación, brota de la necesidad de expiar una culpa

El pueblo colombiano está apremiado a creerse el más feliz. Este apremio, esta imperiosa necesidad brota de la culpa que trata de reprimir vanamente. La culpa de no ser capaz de construir una sociedad más justa y que trata de expiarse con sacrificio de otros. Asesinato de todo cuanto lucha por la justicia social en Colombia. Represión del que piensa críticamente. El pueblo usa la máscara del poder para redimir su culpa, pero es justo esto lo que le impide liberarse de ella. “Es mejor malo conocido que bueno por conocer”. Aquí se condensa toda nuestra estupidez política y toda la voluntad de engañarnos como forma de salir de nuestros problemas.

En el teatro de las elecciones democráticas, en las que se decide cómo va a seguir siendo manipulado, el pueblo aún no cree que en sus manos está su propio destino. “Siempre son los mismos en el poder y tú no lo puedes cambiar”, se dice juzgando a los otros mientras se reprime el pecado de no cambiarlo. Y de ahí la necesidad de una nueva víctima, de un nuevo joven expiatorio, con su debido camuflado y las botas nuevas al revés. Muerte a todo lo siniestro, a todo lo que rehúsa estar a la diestra del Soberano. La máxima herejía del pueblo colombiano está en la suprema vanidad del hombre premoderno: pretender ser El Soberano. En este sentido, la democracia moderna declaró como el derecho y principio básico de toda organización política que el soberano es el pueblo, destituyendo la jerarquía teológica entre un soberano por derecho propio y todos los demás mortales. Por eso más allá de la fachada democrática de nuestro gobierno late un intento de volver a una forma religiosa de mandar. Porque lo pide pueblo y el Excelso colombiano se desvive (¡sin morirse!) por atar los hilos del destino del pueblo a una primitiva dependencia. Cuán retrógrado eres Alvarito.

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