Tres poemas del destierro

Las tapias

Le dije a mi madre que en sueños les vi llegar por la orilla del río.

Estaban vestidos de hojarasca.

Traían la cara de los huérfanos, empujados hasta el filo de los negros nubarrones,

 traían la cara de los  huérfanos.

Le dije a mi madre que los vi borrar de la tierra la huella de los labradores con su bota,

que habían sido labradores.

No conocían aún el sabor de las bocas que pueden recitar poemas.

Ellos parecían niños disfrazados que sus madres llevarían a la feria del domingo.

Pero ellos le arrancaron el útero a la tierra

hicieron cuentas de las cabezas de los pobladores y las llevaron en canastas a la feria del domingo

Tomaron a las mujeres y las deshojaron para venderlas secas y como leña en la feria del domingo

Tomaron el cielo y el bosque para que no sembráramos otros niños y fuera más rentable la feria del domingo.

Camino a veces entre los caseríos:

las tapias de las casas están llenas de ojos

Las tapias me miran

y en sus ojos de plomo veo los ojos de café molido que le cerraron a mi madre

En el viento que retuerce las puertas de lata

están los padrenuestros que no llegarán a las cabezas cortadas para la feria del domingo.

Le dije a mi madre que en sueños les vi llegar por la orilla del río:

ya nadie lanza maíz a las gallinas como ofreciéndoles soles.

los caminos sin rastros de mula

las casas sin olor a chocolate

el establo sin bramidos.

Podrá entonces esta noche traerme en sueños a mi madre

y escucharla llamar a las vacas

aunque fuera con esas otras bocas que ellos le abrieron en la carne.

Los pantanos

En los ojos del perro  se puede ver  que aún es invierno en el poblado.

La mirada baja, pequeña niña, la mirada baja que la calle está llena de árboles invertidos

y la campana de la cúpula nos llama al velorio de la luna que durmió sobre el pantano.

Han traído la pesadilla para hastiarnos del sueño

han traído el murmullo para robar la palabra

han traído sus caldos  miserables para hincharnos de la nostalgia.

Los vestidos tienen rastros de la mañana pero los rostros del eclipse

Ha llegado  el señor que hizo suyos los cabellos de la noche:

ha traído copas para todos

está cenando del cuerpo que nos recogimos en la última cosecha.

La mirada baja, pequeña niña, la mirada baja que están cegando la luz en las luciérnagas del bosque.

Ciudad

En la ciudad de afuera los niños cosechan los cartones:

                                   entre pliegue y pliegue les crece el cielo

En la ciudad de afuera las risas se adornan con las mortajas

                                   y las nubes escalan como el graznido de un cuervo

En la ciudad de afuera el gallinazo, como un obispo,

                                   aguarda que afloren los cuerpos sazonados por el río

Mientras una oración nacida en unos labios distantes, los recuerda.

¿Quién puede intuir atardecida la ciudad

 si las antorchas intocadas permanecen intocadas,

que murió el canto desgajado de las madres desgajadas

que la sangre permanece en las alcantarillas

y el llanto en las tumbas

y el sol distraído

Que las balas no se elevan en los gritos como las cometas,

que la vida es ajena y la muerte contigua?

En la ciudad de afuera los niños presienten el hambre

como un jardín que les crece en secreto.

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