El animal

  1. Cala

La primera a la que conocí fue a Cala. No era especialmente bonita ni particularmente inteligente, pero gozaba de una vitalidad que la hacía estar de aquí para allá como las luciérnagas en un campo de noche. En ese entonces, yo pasaba por la vida con indiferencia, o más bien la vida pasaba por mí como sin tocarme, así que cruzarme con Cala fue como salir por un momento de la burbuja de cristal empañado desde la que experimentaba la vida y comenzar a respirar un poco los colores del aire y las palabras compartidas. Cala, con su avidez tropical, su risa soleada y ojos de almendra fue una apertura en el cristal empañado de la vida.

Los primeros meses me entretuve mirándola en sus vaivenes, ella me devolvía las miradas cada tanto acompañándolas con alguna esquirla de sonrojos y calidez y así pasábamos las tardes. Recuerdo que solía sentarme en las escalinatas de piedra junto a su jardín y me quedaba viéndola deshierbar los surcos, recoger hojas de las plantas aromáticas con las que luego hacía el té o cortar algunas flores para adornar los vestidos. En las tardes en que hacía demasiado calor para estar afuera me recostaba sobre el sofá mientras ella tejía o desenredaba las marañas de las grandes bolas de hilo que usaba para hacer toda clase de adornos y bisuterías.

Cuando comenzó a decirme que me quería sentí curiosidad. No sabía qué más sentir. Pero fue una curiosidad sincera, esa misma que sienten los niños cuando juegan al doctor, o más bien, la que uno llega a sentir al quedarse solo en un cuarto lleno de cajones y gabinetes de una casa ajena; esa que lo lleva a uno a querer abrirlos todos, a mirar en ellos esperando encontrar algún objeto oculto, alguna carta de amor inconfesado, algún secreto. Esa misma curiosidad que pronto nos decepciona poniéndonos de frente cajones vacíos o llenos de los objetos más mundanos y comunes, pero esa decepción no se acentúa sin antes llenarnos de culpa y vergüenza por habernos atrevido a espiar en la vida de otros.

Sin embargo, ver a Cala abrirse en su querer fue un placer misterioso, justo como el de estar mirando entre sus cajones más íntimos, esos apéndices psíquicos del cuerpo que dejaban vislumbrar un pedazo de alma ajena. Pero en los cajones de Cala no encontré más que ropa desperdigada, algún cuaderno garabateado, un par de libros en blanco y unos perfumes insulsos. Nada realmente valioso, ningún objeto que brillara por su extrañeza, o por su sin razón; todo era plano, insípido.

La decepción fue profunda y a eso se sumó la pesadez de verla acercarse de vuelta intentando hacer conmigo lo mismo, mirar dentro de mí, espiar en mi burbuja de cristal empañado y vislumbrar la magra figura que representaba lo que yo era. Al darme cuenta de lo inevitable de esto se apoderó de mi un terror y una repulsa que pronto me hicieron sentir ahogado. Pero en medio de ese malestar entendí lo que debía sentirse la alegría de querer y supe al instante que no sentía tal cosa por ella.

Sin embargo, yo no podía irme alegre por mi descubrimiento y comenzar a buscar lo verdadero. Me ataban la culpa y la vergüenza de haber tratado al amor de Cala como a un cofre ajeno que se abre por curiosidad, indiferentes de su contenido, de las consecuencias del atrevimiento de su apertura; un espacio que se usurpa para olvidarlo pronto; un lugar donde no se encuentra nada, y que de todas formas se despoja de todo. Al mirarla a los ojos preparado para decirle adiós me traspasaban las agujas de su cariño y clavaban en mi piel las cuentas de cobro del amor con el que me había llenado los bolsillos… no importaba que yo sintiera los bolsillos tan vacíos como antes.

Fue así que Cala se quedó sin darle importancia a la nueva indiferencia que fue emergiendo en mí. Y a pesar de mí mismo, dejé que todo el asunto se alargara hasta el hastío y esto fue convirtiendo todos los ademanes que en un principio me parecieron pinceladas de color en el lienzo de la vida en gestos agotadores; sus ojos se volvieron acusantes y sus sonrisas irónicas. Mi negativa a mostrarme ante ella con el mismo nivel de apertura la fue despojando de la alegría con que antes revestía la vida…Cuando por fin me hartaron por completo sus vaivenes y el cansancio superó la culpa, le dije que me iba.

En ese momento vi como de la base de sus pies comenzó a crecer una corteza de piedra que pronto la convertiría en una estatua. Al principio tan solo guardó silencio, pero yo veía como la corteza iba subiendo por sus rodillas. Luego me hizo preguntas que yo intentaba eludir, pero cuanto más me preguntaba, más cercanas a la verdad iban siendo las razones que le daba sobre mi partida y más dura se iba poniendo su piel. Pronto comenzó a hablar con desesperación enredada en la garganta mientras que la piedra iba cubriendo su pecho quebrando su voz y dejándola sin aire en los pulmones. Sus manos, esas que antes fueron el reflejo de su vivacidad iban quedando inmóviles en posiciones descarnadas. Antes del fin cuando la piedra cubría ya al nivel de su cuello y vio que ni las palabras ni sus ruegos me tocaban, me acusó de todos mis pecados y con las fuerzas que le quedaban me cruzó un par de golpes en la cara.

Ese fue el último gesto que alcanzó a hacer antes de que todo su cuerpo se endureciera dejándola petrificada en una tristeza profunda rodeada de las flores marchitas de su jardín. Pobre mujer, si tan solo me hubiera podido leer los pensamientos, si tan solo me hubiera conocido un poco de verdad, si tan solo hubiera cerrado bajo llave los gabinetes de su alma…

Antes de irme la miré una última vez. La cara me dolía por los golpes, pero era ella quien sufría. Ahí, convertida en una estatua, con el rostro deformado por las lágrimas y el movimiento craquelado de su pecho como la única evidencia de que aún respiraba. Me sentí culpable, cruel, pero tomé el ardor que sentía en el rostro y en el pecho como un signo de la alegría que me daba por fin alejarme de ese lugar. Sin embargo, la felicidad de librarme del insípido destino que me deparaba la vida con Cala no duró pues aquello que con ella se había manifestado como curiosidad, se convirtió pronto en un instrumento obsesivo que dominaba mi vida.

  1. Jazmín y Lila

Jazmín, la de los vestidos blancos y Lila, la de los vestidos azules, llegaron en ese entonces. Eran dos muchachas silenciosas de miradas perdidas y risas indiferentes. No hizo falta mucho para pronto encontrarme con ellas en la misma situación de antes: sentado sobre alguna escalinata o recostado en algún sofá mirándolas actuar el papel de sus vidas, pero algo era diferente. Ninguna parecía preocupada por mis idas y venidas, a ninguna parecía importarle de verdad mi presencia ni sentían curiosidad alguna por ver detrás de la burbuja empañada en la que me escondía, ninguna se perdía mirándome o me devolvía las miradas envueltas en ternura, más bien, me miraban justamente porque estaban perdidas y eso era todo. Tan solo se quedaban ahí, mirándome, esperando no sé qué cosa, como absortas en su propio mundo interior al que yo no tenía ningún acceso.

Esta situación no tardó en desesperarme. Necesitaba saber qué contenían esos espíritus cerrados al mundo, qué había detrás de esas miradas perdidas tan comprometidas a sus silencios y lejanías. Pero cuando me encontraba a solas en los cuartos de sus vidas, rodeado de los cajones y gabinetes que guardaban las respuestas que yo buscaba me daba la impresión de que los cajones que me rodeaban solo eran pinturas en las paredes de sus cuerpos, tan solo imágenes, pantomimas de algo verdadero. Y mis intentos de acercarme no eran diferentes a los de las aves que intentan picotear las uvas pintadas en los lienzos o el de las moscas que tratan de volar al cielo al otro lado del muro de cristal.

Si alguna vez me vi rodeado de los cofres que contenían sus verdades preferí retroceder antes de ir a chocarme como pájaro o como mosca contra los muros invisibles que las rodeaban. Tanto Jazmín como Lila, me acompañaron por ese tiempo como se acompaña a los extraños que caminan en la misma dirección que uno un rato lo suficientemente largo; al cruzar la siguiente esquina nos despedimos con la mirada y eso fue todo. Quedó en mí la sensación de que nunca supe de ellas más que sus nombres y los colores con que adornaban las paredes de sus cuerpos.

Después de despedirlas vino el silencio; si algo aprendí de los cuartos vacíos y de las miradas perdidas fue eso el silencio. Este me habitaba y ya no encontraba nada que pudiera distraerlo, ni quería hacerlo. Cuando aparecía alguna otra flor en el camino pronto me daba cuenta del sinsentido de aquellos encuentros y terminaba abandonándolas o siendo abandonado antes de qué hubiera razones para cualquier tipo de nostalgia, incluso la más cordial o fingida, ni siquiera la nostalgia más resignada, como la que ahora me lleva a escribir todo esto. Tomé la decisión (más por agotamiento que por cualquier otra cosa) de estar solo. Pero la vida tiene a menudo esa cualidad particular de reírse de nuestra decisiones.

  1. Margarite

Mientras me acostumbraba a esa nueva forma de habitar la vida y poco a poco aprendía a sentir los días en su silencio y su pesadez, pasaron un par de años planos y tranquilos que terminaron cuando conocí a Margarite. Desde el principio sentí que con ella todo era diferente. No buscaba amagar la soledad ni era una cuestión de entretenimiento o curiosidad vana. Margarite fue un asunto completamente diferente, la deseaba como no había deseado nunca y en cada uno de sus gestos me perdía con un interés que nunca antes había experimentado.

Con ella fantasías y sin razones cobraban una realidad superlativa que llenaba la vida de matices. El sueño, la alucinación, fueron suplantando la vigilia y la vida se fue llenando de vida al convertirse en algo menos real pero más profundo. Sin embargo, una angustia impronunciable lo rodeaba todo.

A veces cuando me invitaba a su casa, yo me quedaba sentado en el suelo mirando las empuñaduras de sus cajones, imaginándome los mil objetos extraños que encontraría en ellos: un pedazo de marfil, una caja de muñecas diminuta, el diente de algún animal antártico, o una ramita de árbol petrificado, alguna foto antigua de una de sus vidas pasadas o algún regalo que yo le había hecho en sueños. Maravillas así debían guardar esos cajones, pero nunca me atreví, ni por asomo, a echar un vistazo, ni siquiera en los que encontraba entre abiertos… como invitándome…

En ocasiones, después de pasar la tarde mirándola leer en silencio junto a la ventana de su cuarto, se acercaba de pronto y me susurraba un secreto al oído. Yo sentía entonces que de eso se trataba la vida. Luego, tomaba mi mano y la colocaba entre su pecho como sosteniendo un crucifijo; cuando me la devolvía no podía menos que sorprenderme, me daba la impresión de que en la calidez de su abrazo y la suavidad de su cuerpo me hubieran cortado la piel miles de pequeñas veces sus cabellos, pero al revisar mis manos solo encontraba algunos pétalos del perfume que dejaba entre mis dedos.

Vi, con una mezcla de terror y fantasía, cómo se rompía la burbuja desde la que yo miraba el mundo, cómo poco a poco Margarite iba irrumpiendo en mí y yo la esperaba… No vale la pena revivir los sucesos que llevaron todo a su fin, pero Margarite se fue y tiempo después, cuando volví a visitar la casa en que vivía, todo estaba vacío y en ruinas, o era yo la ruina, daba lo mismo.

En los meses que siguieron descubrí que las heridas que había sentido antes al tocar la piel de Margarite eran reales: en la punta de mis dedos se habían formado pequeños surcos como laberintos afilados de los que manaban hilitos de sangre. Yo cuidaba esas heridas pensando que así, cuidaba lo valioso del recuerdo de Margarite y si veía que alguna de ellas empezaba a cerrarse pasaba por mis manos uno de los pétalos que había guardado del perfume de Margarite y se abrían de nuevo.

  1. Violeta

Entonces apareció Violeta y yo pensé que si en el mundo había un poco de justicia, si los dioses daban a cada uno tantos bienes como males, entonces Violeta era mi descanso, era el punto medio entre la aversión y la indiferencia de los primeros encuentros y la profundidad insondable en que guardaba mi recuerdo de Margarite. A Violeta la hallaba insulsa, pero al mismo tiempo no dejaba de parecerme admirable su manera despreocupada de pasar la vida. Sin embargo, yo aún cuidaba con recelo las pequeñas heridas alaberintadas de mis dedos así que, para evitar curarme con el aroma a tiempo de Violeta, pasaba las tardes que compartíamos afuera en el pasto tomando el sol y en la noche me quedaba a mirar las estrellas hasta la madrugada en lugar de acompañarla en el cuarto.

Una noche habiéndome acostumbrado al silencio que compartíamos, me acosté a su lado y a la mañana siguiente vi que la habitación entera se había manchado del color de mis heridas. La sangre había comenzado a ebullir desde los laberintos de mis dedos y el calor del cuarto había evaporado cada gota pintando el aire, las cortinas, las sábanas y todo el cuerpo de Violeta. Al despertarse, se limpió los ojos me miró decepcionada al mismo tiempo que me pedía que me fuera.

  1. Los laberintos

Después de eso, la búsqueda se transformó en un fallo del espíritu, decidí olvidarme de la idea del sentido y vivir de acuerdo a la curiosidad vacía de mis primeros días; la misma que entonces parecía rodear al mundo. Comencé a caminar de aquí para allá y en todos los lugares había alguien. Primero fue Azucena, luego Dalia y luego Veza. Cuando al final terminaba despidiéndome de todas, me daba cuenta de que les había dejado en el cuerpo heridas muy parecidas a las que yo tenía, o que cada una traía ya su propia versión de esos laberintos y yo solo ayudaba a hacerlos más profundos.

Azucena, por ejemplo, tenía dos largos surcos que le cruzaban el cuerpo desde los omoplatos hasta los hoyuelos de la cadera. Dalia tenía una línea de lado a lado de la boca que se bifurcaba en cada labio y Veza, cuando pestañeaba, dejaba ver decenas de pequeñas ramificaciones en las comisuras de sus ojos. Me despedía de cada una sabiendo que al pasar mis manos sobre sus pieles solo había ensanchado los laberintos en los que cada una se perdía.

  1. La última vez

Así, el encuentro se convirtió en un lugar vacío en el que ni los cuerpos se sienten, ni se salva uno de la soledad que lo acusa. Ya no podía dormir y sentía herido todo el cuerpo. Creo que es la manera en que el espíritu se venga de la indiferencia y el descuido con que se tratan los cuerpos: recordándoles que así como ellos despojan, serán despojados; que así como hieren, también serán heridos.

Una vida más tarde sin entender por qué ni cómo, Margarite volvió, pero los dos éramos diferentes. Si nos acercamos fue más por confundir los recuerdos con el presente, que porque nos amáramos y poco a poco ese desencuentro en la cercanía nos fue deshaciendo.

La última vez que estuve en la habitación de Margarite me senté a su lado, se recostó en la cama y vi una línea que le atravesaba el cuerpo bajando desde el centro de su clavícula hasta perderse más allá del vientre. No pude resistirlo, pasé la mano con mis heridas alaberintadas sobre las costuras que unían las mitades de su cuerpo y de pronto todo el cuarto se manchó del rojo de su sangre flotando en el aire. El color de Margarite dividida se secó sobre mis ojos y nunca más volví a verla, ni a ella, ni a nadie. Ahora habito el mundo separado de todo por este cristal empañado y estos ojos ciegos a la vida.

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