Notas acerca del desastre

I.

La palabra desastre tiene una bella procedencia: llegó al castellano desde el occitano antiguo, hacia el siglo XV, formada por la unión entre el prefijo latino dis- (negación o ausencia) y el vocablo astro (estrella). De modo que en su forma primordial significaría algo así como sin estrella; o sin la buena estrella, siguiendo la tradición astrológica acerca de que la suerte de los seres humanos dependía de la influencia que sobre ellos ejercían los cuerpos celestes. Según esta idea, quien nacía y vivía signado por una estrella benéfica tendría una vida feliz, mientras quien no lo hiciera, sufriría una vida desgraciada. Por eso en nuestros días, recogiendo tal herencia, nombramos desastre al hecho que produce calamidad, destrucción y dolor.

Sin embargo, en estas notas me gustaría hablar del des-astre en el sentido etimológico más estricto, es decir, en el que hace referencia a quedarse literalmente sin una estrella en el cielo: como sabrán algunos, Betelgeuse, la estrella alfa de la constelación de Orión, la que un día de la adolescencia me atribuí como mi buena estrella, se está acercando –o ha llegado– a su fin.

No hay forma de saber exactamente cuándo ocurrirá, o si ya ocurrió, la muerte de la estrella. De hecho, no contamos con otra señal que su luz para saber de las transformaciones que en ella se operan y esa luz tarda entre 427 y 642 años en recorrer la distancia que la separa de la tierra –mirar las estrellas es siempre asomarse por una ventana hacia pasados remotos. Pero se sabe que, de cualquier manera, la muerte de Betelgeuse producirá una supernova que podría ser uno de los eventos astronómicos más impactantes observado por la humanidad: una explosión cósmica que iluminará el cielo diurno y nocturno, con tanta intensidad como la luna.

II.

Supe de Betelgeuse al leer Los limpiadores de estrellas de Julio Cortázar. En este cuento, que fue –además– lo primero que leí del escritor argentino, bastaba con llamar al teléfono 50-4765 para que un escuadrón de trabajadores se desplegara hacia la estrella escogida por el cliente, con todas las herramientas de limpieza necesarias, para devolverle el brillo que  había perdido por el uso. En ese momento yo tendría unos catorce años. Recuerdo que al referirle aquella trama a uno de mis primos mayores durante una reunión familiar, él me preguntó en tono de broma, al ver que me estaba aficionando a la literatura y a la astronomía, que si me estaba volviendo “idealista”.

Y sí. Pero la verdad era que estas aficiones se habían empezado a enquistar en mí mucho antes, cuando a los seis o siete años de edad, mi tía Cristina me llevaba a las charlas sobre astronomía que de vez en cuando dictaban en la Casa de la Cultura, donde me daban explicaciones particulares acerca de que el sol era como un balón de basket y la tierra era como una canica que giraba a su alrededor, y que las incontables estrellas eran soles que se dispersaban por un espacio inabarcable y misterioso. Por esa misma época, mi mamá me traía los libros de astronomía de una biblioteca para que yo los descifrara a través de sus imágenes, hasta que, un día, llegó a la casa con los catorce capítulos de la serie Cosmos en casetes de VHS.

La astronomía se convirtió, así, de la mano de Carl Sagan, en el primero de los oficios inútiles que me apasionaba.

Precisamente por uno de los capítulos de Cosmos supe que, después de perder buena parte de su brillo, en uno de los gestos cósmicos más dramáticos, una estrella agonizante y masiva podía terminar su vida aniquilándose a sí misma en una gran explosión. Y que a este hecho le dieron el nombre de supernova porque era como la aparición de una nueva estrella en el cielo. Y que siglos atrás la humanidad las ha podido contemplar a simple vista –el 4 de julio del año 1058 fue registrada una supernova casi tan potente como la que generará nuestra estrella.  

Hoy, con asombro, contemplo la llama lánguida de Betelgeuse, que en apenas unos meses ha perdido cerca del 70% de su acostumbrado brillo. Hasta el año pasado era el octavo cuerpo celeste más luminoso que podíamos contemplar desde la tierra, ahora los astrónomos calculan que –a este paso– dejaría de ser visible sin ayuda telescópica en unos seis años. Es decir, como en el cuento de Cortázar, la estrella ha sido desgastada por el uso. Pero esta vez no será necesario llamar a los limpiadores de estrellas: en un último canto de cisne, efímero, brillará más que todos los astros de la galaxia juntos y tal vez tengamos que mirarla oblicuamente, no sea que quedemos ciegos.

III.

Hablando de explosiones, un entremés. La afición a la astronomía nos llevó a mi primo Camilo Álvarez, a otros amigos y a mí a embarcarnos en una arriesgada empresa: construir el modelo a escala de un cohete espacial. Lo llamábamos el Liberty Pi-01. El riesgo consistía en que, para hacerlo volar, utilizábamos una mezcla desproporcionada de perclorato de potasio y azufre –y café, para darle un toque adicional de carbono–, embutida en una precaria estructura de PVC y lata. Durante el último experimento, encendimos la barra de Chispitas Mariposa que hacía las veces de mecha y corrimos a resguardarnos detrás de una muralla de tablas de madera, que en algunos puntos adolecía de brechas. Nada. El combustible aparentemente no encendió. Esperamos. Nada. Alguien dijo, casi susurrando: Nadie se mueva. Y ¡BUM! Una explosión que sacudió todos los cimientos del barrio nos deslumbró y aturdió, con tan mala suerte que en ese momento llegaron los papás de Camilo; nos descubrieron in fraganti entre el humo y todavía atontados por el estruendo.

Salimos ilesos, pero del otro lado de la muralla de madera quedaron incrustados a profundidad las esquirlas de PVC y lata que hubieran tenido la fuerza suficiente para atravesar piel y carne. Solo una esquirla logró pasar por entre una de las brechas y rozó el flanco de uno de mis amigos, haciéndole un corte limpio en la tela de la camisa.

IV.                                                    

Durante los último años del colegio y los primeros de la universidad tenía la costumbre de salir al campo con mis amigos, aprovisionados de viandas y botellas de vino, a observar las estrellas. A falta de smartphones, imprimíamos cartas celestes a blanco y negro que intentábamos interpretar en el cielo nocturno. La primera constelación cuya cartografía desciframos fue Orión: aquellas son Alnitak, Alnilam y Mintaka, las estrellas del cinturón; la más brillante es Rigel; la más bella de todas, de un pálido escarlata, Betelgeuse. Por esa época repetíamos, especialmente cuando alguien se unía por primera vez a nuestras observaciones, que en la misma escala donde la tierra era una canica y el sol un balón de basket, la estrella alfa de Orión –una supergigante roja– no cabría en la cúpula de la Capilla Sixtina. Y recitábamos esta metáfora como si fuera una oración.

No pocas veces aquellas caminatas nos depararon amores furtivos. Al acabarse el vino, en el camino de regreso, las parejas recién formadas se alejaban las unas de las otras y se perdían en conversaciones en voz baja. Sin embargo, una antigua complicidad nos hacía saber que todos nosotros estábamos echando mano de un acervo común de imágenes poéticas, que –por ejemplo– en cada una de las conversaciones se estaba citando a Emily Dickinson: No tengo nada más para traer, lo sabes./ Te traigo pues lo mismo,/ como la noche sigue trayendo sus estrellas/ a nuestros ojos habituados.// Acaso ni las notaríamos/ a menos que faltasen./ Tal vez entonces fuera un acertijo/ encontrar el camino a nuestra casa. A veces llegábamos al pueblo con la marca de la belleza en los labios; otras veces, con la sonrisa de los vencidos.

Pero nunca fueron simples artefactos retóricos nuestras referencias al cielo. Esas imágenes hacían parte de una profunda praxis vital, habían sido forjadas en años de amistad y de lecturas conjuntas, y al esgrimirlas en los embates de la galantería o del amor nos entregábamos con un fervor insospechado. A mí, por decir algo, cuando me arrebataban sentimientos profundos, me daba por dedicar estrellas: Sirius del Can Mayor, Antares de Escorpio, Arcturus de Bootes o Canopus de Carina fueron algunas de las estrellas a las que les cambié el nombre –hasta este día– por el de una mujer (acaso alguna de ellas lea este texto y se reconozca en él). Estas estrellas habían aparecido en el firmamento, propicias, durante el encuentro, y todavía hoy me prestan su influjo estético al recordar el tono melancólico o huidizo de una mirada, la inflexión de una voz perdida o un cada vez más desvanecido aroma.

A Betelgeuse me la reservé para mí. Después de dedicar una estrella, extendía mi brazo hacia donde mi astro brillaba y les daba las señas que les permitiera identificarlo: alguna noche tal vez me recordarían al reconocer en el cielo a mi buena estrella.

V.

Siempre que ocurre el desastre de un amor, mis amigos y yo, vencidos y a una sola voz, recitamos este poema de Felipe Granados: Te lloré borracho/ como se debe llorar para que sea genuino.// Te lloré borracho.// Recorrí la ciudad/ con ganas enormes/ de no llevar mi nombre/ solo para que no me tocara esta tristeza.// Te lloré/ caído en los caños/ como un li-po cualquiera/ supe entonces/ que a veces la luna/ se ve mejor desde la alcantarilla.// Te lloré/ en un auto de la policía:/ es la primera vez/ que encierran a un fulano/ por el delito menor de la nostalgia.// Te lloré borracho/ y en mi delirium tremens/ yo creía/ que todos los borrachos/ te lloraban. Lo recitamos mirando hacia el cielo, figurándonos borrachos y en una alcantarilla, como si en las altas estrellas buscáramos consuelo. Por lo demás, ¡qué pequeñas nuestras penas y qué insignificantes nosotros mismos ante tanta inmensidad! ¡y qué misterioso consuelo este de entender que efímeros pasaremos y que, pese a todo, arriba seguirán brillando las estrellas!

Luego, más animados, citamos a Virgilio: Haec olim meminisse iuvabit [Todo esto lo recordaremos con júbilo].

Sin embargo, y esta última razón nos cala los huesos, hasta las estrellas, que creíamos eternas, no son más que –como diría Barba-Jacob– llamitas al viento.

VI.

Acaso ni las notaríamos/ a menos que faltasen. Estos versos de la poeta norteamericana son premonitorios. ¿Qué pasará cuando, de ocurrir, ya no pueda atisbar a Betelgeuse al dirigir mi mirada hacia Orión? Quedará eternamente incompleta aquella constelación que contemplé con mis amigos del colegio en una noche de tragos en Puerto Plata, con mis papás y mi hermana en la noche patagónica de Puerto Varas, con mis compañeros de apartamento en una noche bogotana, con extintos amores en la noche luminosa de Medellín, con mis más queridos amigos en la noches serena de mi pueblo, con mi abuelo que me regaló un telescopio.

Tal vez entonces fuera un acertijo/ encontrar el camino a nuestra casa.

VII.

En septiembre murió mi perro, donde yacen sus restos ahora crece un guayacán amarillo. Se llamaba Orión.

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