Stalker: La Zona

Tarkovski, el director de esta cinta, nos propone un viaje a La Zona, un lugar que se transforma, reflejándonos en su geografía. Un milagro. Llegar aquí implica un abandono, dejarse. La imagen se hace cual poema. Los hombres se encaminan buscando la habitación de los deseos, de los deseos íntimos. La habitación tiene consciencia, sabe lo que verdaderamente queremos y eso nos otorga. El viaje es emprendido por tres sujetos: El stalker, quien será el guía de este peregrinaje, de estas almas, nuestro psicopompo. El escritor, que desea recuperar la inspiración para continuar creando. El profesor, un científico que busca que su último trabajo sea reconocido. Los tres: La Santísima Trinidad.

Nos alejamos de la ciudad, de sus tonos ocres y grisáceos en una vagoneta donde los rostros recuerdan a estatuas de mármol. Llegamos a La Zona, que a diferencia del libro ‘Picnic Extraterrestre’ escrito por los hermanos Arkadi y Borís Strugatski, obra en la cual está basada la película; este lugar no tiene ninguna narrativa racional. El paisaje se pinta a sí mismo en escenas extensas, lentas, donde Tarkovski desobedece a la síntesis para hurgar en la vida interna de sus personajes, porque como él mismo afirma: “Un poeta da una sola imagen para dar un mensaje universal”. El color, árboles frondosos, hierba crecida, cruces de luz y la ruina. Múltiples flujos de agua se presentan, cascadas, riachuelos, lluvia y el descenso del dolor por las mejillas. Agua es imagen, agua es sonido: la vocería de la consciencia de los protagonistas.

Recorremos La Zona por rutas largas y difíciles, aquí los caminos rectos son una trampa. Una tela blanca atada a una tuerca es lanzada por el Stalker, marcando el sendero de forma circular, el sendero de la consciencia, mientras el blanco va purificando. Un túnel que gotea por las grietas superiores hace de aorta, de columna vertebral; nos enseña una puerta blanquecina, pronto llegaremos a la habitación. Al otro lado de la puerta está la ruina; una construcción deshecha por el tiempo y la humedad, en el suelo queda el iris encharcado de la memoria: Los objetos olvidados junto al moho, los huesos olvidados al sol.

Los defectos psicológicos se expresan en el deseo. A contraluz, lleno de sombras, un deseo que nunca se da vuelta pero siempre se espera cumplir. El bautizo sería suficiente. Los deseos son un peso al que los hombres se acostumbran, no toman precauciones y cruzan con ellos diversos portones. Es el camino de la consciencia el único que puede recordarnos la presencia de esos deseos, ¿cómo zafarse de alguno de ellos antes de a travesar la próxima puerta?

La Zona es sagrada, la habitación una pila bautismal. Los tres hombres se paran frente a la habitación, viendo como llueve y chorrea aquel líquido divino, ¿saben verdaderamente cuáles son sus deseos? Arrodillados, sin decir, sin retornar a la fe. Se reconocen pobres de espíritu pero no bienaventurados.

“No puedo esperarte eternamente. Voy a morir.”

¿Tomarán ustedes el viaje?

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