Acerca de la nostalgia

I

Originalmente, nostalgia (“nostos”, “algos”) quiere decir “regreso del dolor”. ¿Pero, de verdad, está ausente? ¿Dónde está si no? La ausencia del dolor es tan misteriosa como su retorno… ¿De dónde vuelve?

Inicialmente, la palabra describía una cura. La gente que volvía a casa, después de extrañarla de forma especialmente intensa, sanaba. Era la enfermedad de los que añoraban volver.

En nosotros ocurre lo contrario. No buscamos. Ni siquiera esperamos. Algo viene a nosotros, en contra de nosotros, nos encuentra y, en lugar de curarnos, nos abre una herida o, más bien, la punza suavemente, dolorosamente, con dedos finos, tiernos, de mujer.

¿A dónde queremos volver? ¿Cuál es nuestro hogar en el espacio desmesurado de la vida?

Melanie Klein sostiene que el sentimiento de soledad se origina porque antes de nacer formábamos un sólo ser con nuestra madre. Así, la soledad es el sentimiento de no estar completo. Pero nuestra madre primera no es de carne. Es La nada.

Queremos volver a ella.

¿Quiere decir esto que extrañamos nuestra ausencia? Sí. Quisiéramos no ser. Y al tiempo llevamos el vacío dentro como marca indeleble de nuestro origen. Estamos huecos en un doble sentido: fisiológico y existencial. También el corazón es hueco para que cruce la sangre. Extrañamos no ser. Al tiempo que llevamos al No ser en nosotros. Lo arropamos en un cálido torrente de sangre y tejidos, también de significados, como lo más íntimo. Como lo más propio que no podremos alcanzar jamás.

Más acá, cerca de la piel, del rumor de los cuerpos, del aire que retorna de unos pulmones que no son nuestros, del sudor compartido, de palabras confiadas al otro, añoramos las ausencias que otros seres han cavado en nuestro vacío, agrandándolo más, pero sin perder su identidad…

Monadas de ausencia. Vacíos en el Vacío. Tal es la nostalgia en el hombre. Nostalgia de una madre nunca vista y de seres, de presencias, que desaparecen. O acaso se funden, se hunden, se eclipsan… sanan volviendo a ser nada.

II

Nos engañamos al hablar de la transparencia. Nunca estamos lo suficientemente vacíos o desnudos. ¿Qué es la memoria? ¿Qué mecanismo gobierna la aparición y desaparición de los recuerdos? ¿Es el mismo que rige sobre las luces palpitantes de la noche a las que llamamos estrellas?

Lo extraño es que aquello, lo que creíamos perdido, pueda volver. Por más escondido que esté, persiste. Atado entre dos mundos, ninguno de los cuales puede asirlo. No es memoria ni olvido en sentido estricto.

Hay una nostalgia que nos hace humanos, nos devuelve el sentir y el valor. Valor de sostener lo que duele, sin llamarlo de nuevo a la vida. Sentir lo que por su naturaleza es impalpable. Ese será el grado máximo de la experiencia.

Hay una nostalgia que ralentiza, abriéndonos a ese tiempo del ayer que transcurre más lento.

A media que envejecemos, que nos cuesta caminar, todo nos deja atrás. Sólo el pasado nos espera.

La transparencia ayuda a morir. Cuando parte, no es alguien el que se marcha. Es el todo que se funde en el todo. Por eso no muere propiamente el budista o el santo.

La nostalgia, por el contrario, nos ayuda a vivir como individuos, pues es en una sola persona a donde vuelven las cosas. Nos convierte en un lugar de apariciones.

III

Escribo el libro del silencio. Página tras página en las que no escribo una sola palabra. Sólo contemplo el blanco. Me demoro en él, lo sostengo. Algo cercano a la confianza emana del lector del vacío y del vacío mismo. Nos miramos. ¿Hace ya cuánto que no te temo?

Silencio a silencio no sé cuántas páginas del libro en blanco he acumulado. 

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