El comprador

Puede usted, señor Gabriel, decirme que estoy perdido. Es verdad que el puente no me alcanza como techo y que los grillos no resuelven una dieta balanceada. Es verdad, señor Gabriel. Aún así no debo pagar por las estrellas de arriba que parecen migas de un panadero descuidado, ni por las de abajo que parecen silencios de una mujer dormida… ni por las estrellas de los lados, ni las estrellas que hay entre los espacios que quedan entre los espacios de los espacios. Es verdad, señor Gabriel, que a veces me entretengo con los juegos de palabras. Esperará usted que diga la excusa que lo llevará a entregármelas sin ningún reproche: que cambiaré de vida, que seré un hombre presto, sin desconciertos y más sólido que los pasos de una hormiga. No soy de esos hombres señor Gabriel, llevo las dudas como collares y apenas consigo sembrar una sonrisa la entrego a quien la someta. Sé de canciones viejas más que de noticias y en el amar tengo el sabor metálico del lobo herido. No tendrá certeza de mi pago, señor Gabriel, pero sí sé que de su ofrenda podré vivir otro tiempo para concretar más dudas y más vistazos a La Marea. Sí, señor Gabriel, ella se llama como el espíritu del mar: Marea. Cuando está alegre sabe reír contra los rompeolas, desgajada en todo su cuerpo, la luz de la espuma. Cuando está triste cierra el cielo, oscurece las caracolas y el ambiente se llena de una belleza brumosa como una hoja que cae. Sí señor Gabriel, cuando hablo de Marea puede cosechar olas en mi pecho. No piense usted que soy yo de esos enamorados que pierde la noción de la realidad por una mujer, vine aquí por otra razón, usted lo sabe… y más que una súplica es un trato que hará de ellas una multitud. Entréguemelas y volveré con muchas. No pido demasiadas, señor Gabriel, solo tres y devolveré tres mil. Solo tres señor Gabriel. Sí, Las preferidas de Marea, son para ella, señor Gabriel, para ella y yo señor Gabriel, que vivimos de ellas, que las usamos para despertar y para dormir, que cenamos en ellas y hacemos el amor con ellas, sobre ellas y más en ellas que en nosotros mismos. ¿Cuáles, señor Gabriel? ¿Está usted hablando en serio? Las preferidas de ella, le he dicho: Mar, silencio y piña. Escuchó usted bien, mar, silencio y piña. Mar para traerle todos los misterios de la profundidad y para que en sus sábanas esté tranquila y turbulenta. Mar para los barcos encallados en sus ojos, para que su respiración haga estremecer la luz de los faros. Silencio para que se oculte de los piratas, silencio para que cante cuando duerma y para que camine en sueños como los fantasmas. Piña para que siempre tenga el sol en la lengua, para que las mil carcajadas del sabor amarillo le recorran el cuerpo. ¿Y qué haré yo con esas palabras señor Gabriel? ¿A caso no lo intuye? Son para escribirle poemas. No las empaque, señor Gabriel. Son para escribir ahora.

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